ARRABAL, SEÑORIAL, MARGINAL...

MARCELINO IZQUIERDO - EL CRISOL

Lleva sufriendo el barrio de la Villanueva afrenta tras afrenta, desde que Logroño apostara por eliminar su recinto fortificado. Durante la primera parte del siglo XIX, la capital de La Rioja comenzó a necesitar mayor espacio, constreñida hasta entonces en su casco histórico, en el que poder dar riendas a sus calles, a sus viviendas, a sus negocios. Pero el Ebro, por un lado, y las defensas, por el otro, estrangulaban su expansión y desarrollo.

Cuando en 1861 el Ayuntamiento derribó por fin las murallas -que habían resultado muy eficaces tanto en la Guerra de la Independencia (1808-1814) como en la I Guerra Carlista (1833-1840)-, el caserío se extendió al sur del río, a veces de forma precipitada y anárquica, quizás porque sus habitantes apenas habían salido del casco histórico desde sus albores. El éxodo provocó tal abandono masivo de las rúas y de sus edificios, que el entramado urbano se fue degradando paulatinamente, hasta alcanzar la marginalidad, mediado ya el siglo XX.

Resulta complicado precisar con exactitud cuál es el origen histórico de la Villanueva, en primer lugar porque hasta el año 2003 no se había realizado un estudio riguroso sobre su pasado y todavía hoy quedan muchas incógnitas por despejar. Sabemos, eso sí, que la mal llamada judería surgió alrededor del siglo XII como un arrabal extramuros de la entonces villa logroñesa, en el que se asentaron artesanos (alfareros, olleros...) que realizaban actividades molestas y nocivas para la salud de los vecinos. Cuando, a principios del siglo XVI y coincidiendo con el prolongado conflicto entre Castilla y Navarra, la Villanueva -también conocida como Barrio-Mercado- fue asimilada dentro del recinto amurallado, estos artesanos se vieron obligados a buscar otras zonas menos pobladas, como el callejón de Ollerías y otros cercanos al ahora Espolón, que entonces era un insalubre descampado.

La bonanza económica y social de la que disfrutó Logroño a partir del siglo XVI, permitió que en la calle de la Villanueva (ahora Rodríguez Paterna) se levantaran imponentes casas porticadas y palacios blasonados, que hasta el siglo XVIII sirvieron de residencia a familias notables, al igual que ocurrió en las siete rúas cuasi paralelas que la unían con la muralla que miraba al Este.

Pese a albergar a personajes con ilustres apellidos, como los del procurador Martín Salcedo, Pedro Bustamante, Jiménez Enciso, Salazar o Mathias de Oribe, la mayor parte de las casonas y sus soportales o han sido víctima de la piqueta -que en Logroño nunca está quieta- o rozan la pura ruina.

Muchos han sido los proyectos y las promesas que, a lo largo de las últimas dos décadas, se han disparado con pólvora (mojada) del rey a la hora de rehabilitar una de las zonas más sensibles de la ciudad: arquitectos de renombre mundial, aparcamientos robotizados, planes punteros de I+D+i, barrio tecnológico-cultural... todo muy pomposo y grandilocuente, pero, al final, nada de nada.

¿Será ahora la buena? ¿Tendrá por fin la Villanueva la suerte que merecía y se le ha negado?

Afirmó Rousseau que «la paciencia es amarga, pero su fruto es dulce». Esperemos que el pedagogo ginebrino tenga razón.

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