La Rioja

POLÍTICA MADRILEÑA

De siempre se ha dicho que los electores de Logroño son unos desagradecidos. Y lo han dicho alguna vez desde todos los partidos, no se crean. Sólo cambia el momento, y las siglas que se hayan quedado pilladas en uno de esos renuncios a los que nos tienen tan acostumbrados las elecciones locales por estas tierras.

La queja es, en realidad, bastante repetida: en realidad casi viene a dar igual cómo lo haga un alcalde. O alcaldesa. Lo que importa es cómo lo haga Madrid.

Las legislaturas han pasado en Logroño sin que ningún primer edil se haya ganado en décadas el título de prócer, ni tampoco el de ganapán. Y sin embargo, cada tanto tiempo ha habido un revolcón de tamaño regular, inexplicable por la ejecutoria del defenestrado. Por poner un penúltimo caso, no creo yo en absoluto que el alcalde Santos se mereciera el revolcón que se llevó a manos de Gamarra. Ni tampoco, ya puestos, que Gamarra se mereciera el bofetón más o menos sonoro que se ganó en la primavera pasada.

Pero así son las cosas. Ni uno ni otro podían hacer casi nada porque, en fin, los alcaldables logroñeses sólo son pececillos arrastrados por una abusona corriente nacional. Puede que en los municipios más pequeños la gente vote a los alcaldes que conoce, y que en los más grandes figuras del estilo Carmena arrastren lo suyo. Pero en un Logroño las cosas son así. Aunque dé un poco de pena, la verdad.

Quizá por eso a los munícipes les dé de vez en cuando por hacer un poco de teatrillo madrileño. Se ponen chulapos, sacan el argumentario que han visto en el telediario y se lanzan cuesta abajo. El asunto que toque da un poco igual, pero a veces las circunstancias ayudan.

Ayer, verbigracia, en Logroño se aprobaban las ordenanzas fiscales. Es decir, los impuestos que van a pagar los logroñeses el año que viene. El PP aceptó un par de enmiendas de Ciudadanos y otra del PSOE, que a cambio votaron a favor.

Qué más querían en Cambia, claro: la «gran coalición» de Madrid, repetida en Avenida de la Paz, y Pablo Iglesias-Gonzalo Peña investido del título de único líder de la oposición de verdad.

El debate recordaba a lo madrileño en otro sentido. Mientras Cambia se lanzaba al cuello de Ciudadanos y PSOE («neoliberales», les llamaba, casi lo peor que se puede llamar a un socialista) y mientras una cabreadísima Beatriz Arraiz se lanzaba al cuello de Peña, en la bancada popular sonreían, jugaban con el móvil y miraban al tendido.

Enfrente, también vivía muy a gusto el regionalista Antoñanzas, ajeno a estas zarandajas madrileñas. Y quizá pensando para sí que a lo mejor salía del Pleno sin la acostumbrada ración de palos con la que le suelen recibir sus compis opositores de vez en cuando.

Quiá. Antoñanzas se llevó lo suyo y lo del inglés en una moción sobre cuidados paliativos, abroncado por hacerse eco de una petición que en change.org se ha llevado 65.000 firmas. Le tendrían ganas, digo yo.

Y ahí, también, sonreían los del PP. Felices. Pensando: qué grande eres, Mariano. No sólo te has quedado con La Moncloa, sino que además nos has ordenado el gallinero. Genio.