La Rioja

Malabaristas en el semáforo

  • Dos jóvenes de Madrid actúan en los semáforos del centro de Logroño amenizando la espera de los conductores... y pasando la gorra

Es lunes, quizá el peor día de la semana para los trabajadores. Pasan unos minutos de las 13.30 horas, acaba la primera parte de la jornada laboral y el centro de la ciudad se convierte en un hervidero de vehículos que provocan un insoportable atasco de apenas unos minutos. El tráfico es lento, torpe y no tiene otra solución que la paciencia. Los semáforos en verde duran segundos, mientras que, en rojo, parecen alargarse horas enteras para los conductores. Para colmo, en algún semáforo intermitente siempre podemos toparnos con un anciano de paso lento y prudente, un torpe al que se le desparraman los papeles de una carpeta sobre el asfalto de la calzada o dos amigos que, después de años sin verse, se encuentran y, de pronto, súbitamente, mantienen una banal conversación delante de la luna de tu coche mientras tu furioso estómago reclama ya la comida.

Aunque es más común en las grandes ciudades, a veces también puede suceder que, en la inevitable y desesperante espera de un semáforo en rojo, encerrado en el vehículo, puede que escuchando una espeluznante ‘radiofórmula’ en una emisora que ha saltado al arrancar y que las prisas no te han empujado a evitar cambiando de cadena; aparezca un ‘voluntario’ y ‘autónomo’ limpiacristales o un vendedor de pañuelos de papel que más que vender parezca exigir la compra de un paquete. Esta tesitura puede poner la guinda a un día de furia. Y más si es lunes. Quizá, si fuera viernes, para celebrarlo, se adquieran esos pañuelos que permanecerán años olvidados en la guantera o se acceda a que nos limpien la luna del coche a cambio de unas monedas. El buen humor hay que aprovecharlo y esos pequeños gestos a veces reconfortan más a quien da, lavando su conciencia de forma efímera, que a quien recibe.

O también puede ocurrir, aunque esto es más extraño, que uno se tope en un semáforo de Logroño a unos artistas circenses. De pronto, el tráfico se detiene en la Gran Vía, junto a la glorieta de Vara de Rey, y de la nada salen dos muchachas haciendo juegos malabares con unas mazas. Las hacen volar, las mantienen en equilibrio sobre sus rostros, dan los buenos días, saltan y se pasean con agilidad por la calzada, frente a los vehículos, mientras los peatones cruzan el paso de cebra. Algunos viandantes ni las ven, otros se detienen a observarlas con atención. Son apenas unos segundos de actuación callejera. Hasta que el semáforo vuelve a parpadear. Entonces las muchachas, jóvenes de Madrid, hacen una reverencia, dan las gracias educadamente al público como si estuvieran bajo la carpa de un circo, en la pista central, y pasan la gorra por entre los coches, a punto de reemprender la marcha. Algunos dan, otros no…

Las chicas se apartan a la acera y esperan de nuevo que el semáforo se ponga en rojo para saltar a escena. En bambalinas espera un sombrero vuelto del revés a modo de hucha y que custodia un perro atado a una barandilla. Es un pastor alemán entrado en años, tumbado y de temperamento tranquilo, pero cada vez que algún peatón se acerca al sombrero ladra, tal vez por precaución, dispuesto a saltar sobre él si pretendiera arrebatar el botín a sus dueñas. La historia de las malabaristas de la Gran Vía se repite minuto a minuto durante unas horas en la mañana del lunes 10 de octubre del 2016, hasta que desaparecen y regresan al anonimato. Uno piensa en quiénes son, qué hacen aquí, si mañana irán a Pamplona o Vitoria, quizá, o si se colocarán en otra calle de la ciudad, porque apetece volver a verlas, contemplar sus malabarismos. Mientras tanto, al menos, han templado los ánimos en el tedioso tráfico logroñés de la jornada laboral de un lunes cualquiera. Así hemos empezado la semana con una sonrisa.