La Rioja

Las últimas palabras de Quevedo

Miguel Pascual, junto a la verja de la librería Quevedo.
Miguel Pascual, junto a la verja de la librería Quevedo. / Justo Rodriguez
  • La histórica librería cierra tras 40 años como referente comercial y cultural en el centro de Logroño

  • Miguel Pascual, hijo del propietario de otro negocio emblemático como fue Balmes, echa por jubilación la (literaria) verja en Avenida Portugal

Como en la última página de los miles de libros que ha despachado en las cuatro últimas décadas tras el mostrador de Librería Quevedo, a Miguel Pascual le ha tocado escribir el epílogo del negocio. A los clientes que aún siguen fielmente atravesando cada día la característica entrada a pie de calle y se sorprenden del cartel que anuncia el cierre para el 30 de septiembre, les responde con las dos mismas palabras: «Me jubilo». «Sí, me ha llegado la edad, pero hay más», confiesa el también presidente en funciones de FER-Comercio para justificar su decisión. «El mundo del libro en papel es muy frágil e incierto», prologa. «Está claro que hay que dar un giro, pero lo que no sé, intuyo que como la mayoría de mis colegas, es hacia dónde».

El primer capítulo de la historia de Quevedo que está a punto de concluir estaba ya escrito en otra librería con la misma vitola de clasicismo hasta en el rótulo. Se llamaba Balmes, se ubicaba en la calle Gallarza junto a la entrada principal de la plaza de Abastos y la abrió en 1952 su padre Adriano. Un recoleto establecimiento que alcanzó la categoría de rincón mítico entre la chavalería de la época en cuyos anaqueles rebosaban fotonovelas y tebeos -«aún no se llamaban cómics»- restos editoriales y coleccionables de cromos. «Un outlet de entonces», rememora un Miguel Pascual criado a la sombra del Capitán Trueno y Emilio Salgari, pero también de Marcial Lafuente Estefania, Keith Luger, Silver Kane y hasta de Corin Tellado.

Involucrados también en el sector de la distribución editorial, la expansión del negocio llevó a los Pascual a hacerse en 1976 con otro pequeño local enclavado en el corazón de Logroño. Apenas ocupaba 50 metros cuadrados al comienzo de Avenida Portugal y hasta entonces había albergado una tienda de regalos. Apenas movieron nada dentro. Y del exterior, sólo cambiaron el nombre. Para bautizarlo, otro homenaje a uno de sus autores más apreciados.

Una vez fallecido su padre, Miguel acometió la primera reforma de Quevedo en 1986 con el objetivo de mantenerse fiel a un modelo de negocio de proximidad centrado en tres líneas: libros, prensa y (ya sí) cómics. Y sobre todo, en una manera personal de atender al público sobre un característico hilo musical. Rigurosa con el que acudía a comprar el best seller de turno o cómplice con quien requería un consejo literario de primera mano y charlar sin prisa de cine, de arte, de política. «De política un poco menos, que siempre levanta ampollas», bromea Miguel con media sonrisa.

Las reflexiones

Logroño crecía hacia adentro, el comercio ni imaginaba que llegarían ni grandes superficies o algo llamado Internet y por la puerta de Quevedo pasaba la vida de la ciudad entera. El punto de inflexión se escribió en el 2002. Tras aventurarse a finales de los 80 en proyectos como la Librería Grimm en Avenida de la Paz, Pascual decidió aquel año acometer una segunda rehabilitación. Esta vez, a fondo. Buscó las estanterías idóneas para encajar en un espacio reducido su nutrido volumen de referencias, amplió la entrada para borrar la frontera entre el local y la acera y encargó una singular persiana ribeteada con decenas de palabras relacionadas con el papel. Folio, manuscrito, anagrama, lámina, códice, ensayo... «Cuando se eche definitivamente, seguirá hablando de literatura», cae en la cuenta Miguel con la nostalgia justa de quien sabe que el libro electrónico es arrollador y las ventas online, imparables. «En nuestro caso se suman tres crisis», recapitula. «La económica, la lectora y la tecnológica. ¿Cómo puede competir un pequeño negocio con Amazon? ¿Especializándose? ¿Y en qué? A lo mejor en Madrid y Barcelona es posible. ¿Pero aquí?», se pregunta sin esperar más respuesta que la duda que tanto elogia, como el título de la obra de Victoria Camps que ahora tiene entre manos.

Las reflexiones de Miguel a la hora de la despedida rehuyen de lo apocalíptico. Y también de la lástima por cerrar una saga que «afortunadamente» no continuarán sus hijas, centradas hace tiempo en sus respectivos trabajos. «Sólo me da pena cuando la gente me dice si no me da pena dejarlo», reflexiona. La parte del cuerpo que más le duele en el epílogo es la social. «El comercio urbano se esfuma», concluye. «No sé hacia qué modelo de ciudad vamos, pero será distinto», añade aferrado de nuevo a una fiel incertidumbre y pronosticando que, prácticamente descartado el traspaso, el local acabará siendo «una cafetería más, tal vez otra franquicia de yogures».

Como en las buenas novelas, reserva la última página a los agradecimientos. Para sus colaboradores más cercanos Míchel y Jesús -«mi otro yo»-, para todos los amigos, para todos los clientes. Incluso para quien alguna vez ha entrado a Quevedo y lo único que compró fue una miaja de conversación. Fin.