La Rioja

PLAZA DE JOSEF MENGELE

No me quedó otro remedio que leer una y otra vez el comunicado que el pasado martes hizo público el equipo de gobierno del Ayuntamiento de Logroño sobre el cambio de nombre de seis calles franquistas porque no me lo podía creer. Al principio pensé que se trataba de un error o de un fake de mal gusto, tan habitual en las redes sociales. Pero no.

Permutar José Calvo Sotelo (ministro de la dictadura de Primo de Rivera, colaborador de Mussolini, protomártir de la 'gloriosa cruzada' y conspirador golpista) por el de Leopoldo Calvo Sotelo (presidente del Gobierno de la democracia durante el bienio 1981-82), aprovechando la coincidencia de apellidos, bien parece un broma pesada de bastante mal gusto. Y ya lo de cambiar las denominaciones del parque dedicado al general González Gallarza por parque Gallarza y la plaza Martín Ballestero por plaza del Barrio de Ballestero supone un insulto a la inteligencia de los logroñeses.

Lo cierto es que la noticia bien podría ser diana de chanzas, burlas y ocurrencias varias de no ser por la seriedad de su trasfondo. ¿Se imaginan si en vez de Juan Yagüe, José Sanjurjo o Jorge Vigón los nombres a debate fueran los de Josef Mengele, Nicolae Ceaucescu, Iñaki de Juana Chaos o Pol Pot? ¿De verdad se escudarían entonces, señores munícipes, tras la inoportunidad, el «trasnochado guerracivilismo» u otros motivos comerciales?

No es el huevo, sino el fuero, lo que está en entredicho. Son los pilares de nuestra democracia los que se resienten cuando se muestra ambigüedad frente a la dictadura y el totalitarismo, sean del color que sean. El tacticismo político encaminado a acaparar el espectro electoral entre la extrema derecha y el centro conlleva el riesgo de legitimar lo que en el resto de la Europa civilizada ya fue condenado hace siete décadas.