LA VERDADERA PATRIA

LA OPINIÓN - JORGE ALACID

Los firmantes del manifiesto sellado ayer en San Millán con el coincidente compromiso en favor del idioma compartido pasearon luego de la sesión inaugural del Club de Amigos de Futuro en Español por las estancias de Yuso. Allí recordaron la noticia fundacional del español, que duerme en armonía con documentos semejantes donde se anota otro feliz alumbramiento: el nacimiento del euskera. Lección de historia: en los muros del monasterio conviven en paz dos de las lenguas españolas. Una acabada metáfora de la fuerza de la unión que contrasta con las turbulencias de estos pesarosos días de otoño. El idioma une, advirtió José Ignacio Ceniceros en la intervención de apertura. Es la verdadera patria, sentencia el Manifiesto de San Millán, redactado a partir de las aportaciones de una veintena de personalidades de ambos lados del Atlántico. Las dos orillas del español.

Las discusiones entre los firmantes habían conducido el documento original hacia su redacción final como manda la Academia. Limpiando el proceloso océano de españolismos y americanismos que poblaban el texto inicial; fijando un canon común, un espacio que las distintas sensibilidades convocadas pudieran aceptar hasta hacer suyas las particularidades del vecino de mesa. Y dando esplendor a la declaración postrera, unos folios que leyó con melodiosa voz colombiana Mario Jursich y sancionaron sus compañeros con una ovación, luego de un pugilato verbal donde descolló el atributo esencial del idioma de Berceo: el ingenio. Su alta carga plástica, ese intangible que perfuma cada maniobra por el espinazo del español y triunfa en un rincón de Bogotá, brota en un arrabal de Buenos Aires o cristaliza entre las vibrantes discusiones de los firmantes de Yuso.

Allí, Juan Francisco Ferré clamaba contra la voz ordenador, impuesta en el español (de España) en demérito del preferible computadora; a su vera, Toño Angulo Daneri alertaba el mal endémico del analfabetismo en América Latina y conectaba con otras alarmas disparadas hacia el mismo concepto: la idea de educación. Que excitó el debate hasta fraguar un consenso similar al observado en torno a otra noción que concitó igualmente su propia controversia: la esgrima contra el inglés. Ese evitable sentimiento de inferioridad que Héctor Feliciano llamó a derrotar con una finta quijotesca: la gallardía. Hablando en consecuencia de tú a tú al gringo. Y apelando (de nuevo) al ingenio: ese pozo sin fondo de donde mana el rico manantial del idioma que hermana todos los aromas. El idioma de la diversidad, cuyo potencial último siempre está pendiente de explorarse. Valga un ejemplo: en el español latinoamericano se recurre al hermoso verbo «tarzanear» para aludir a quienes hablan un inglés primario, estilo Johnny Weismuller. Una palabra pertinente para definir el propósito que emparenta a los firmantes del Manifiesto de San Millán: alejarse de tartamudeos y tarzaneos. Exprimir el inmenso mar del español. Una voz única, con millones de acentos.

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