Cuando Ubis encontró a Ceniceros

Ceniceros y Ubis charlan con la presidenta del Parlamento, al término de la sesión del jueves. :: s.t.

«Ama hasta que te duela. Si te duele, es buena señal» santa teresa de Calcuta

JORGE ALACID

Puesto que el tránsito del odio al amor conoce a menudo de escasas fronteras y puesto que el roce, ya se sabe, tiende a fomentar el cariño entre quienes lo practican, incluso en los fríos muros del Parlamento de La Rioja anidó alguna vez algo parecido al cariño entre sus pares. Los más veteranos recuerdan esos guiños que se propinaron Pedro Sanz y Mario Fraile, ricos en devoción mutua, allá penas que militaran en formaciones opuestas y que las caricias administradas adquirieran el formato de zancadilla alevosa o codazo al riñón. Imposible olvidar idilios más recientes, como el protagonizado en las largas tardes de la mayoría absoluta del PP entre el citado Sanz y los diputados del Partido Riojano: el uno no sabía vivir sin los otros.

Y viceversa.

La nueva política también propicia extraños compañeros de viaje. Al Gobierno que preside José Ignacio Ceniceros le brotó de saque un socio imprescindible, que se materializó en la persona de Diego Ubis. Porque el portavoz de Ciudadanos capitanea su grupo con tanta dedicación que tiende a reservarse la exclusiva de lo bueno y lo malo que resulte de su alianza con el Palacete. Tantas horas de intimidad (mesa de diálogo mediante), fomentaron en esas estancias del Espolón algo parecido a la complicidad entre ciertos miembros del Ejecutivo con el mentado Ubis, que en cuanto coincide con ellos se agrupa a su alrededor, comparte confidencias y, como algunas especies del reino animal diestras en la disciplina del camuflaje, adopta incluso la apariencia de sus (en teoría) rivales políticos. Hay quien tilda a Ubis de vicepresidente de facto, maldad destinada a socavar su autoridad entre los suyos y (de paso) a poner en solfa también el grado de liderazgo con que Ceniceros ejerce de presidente: sin Ubis, vienen a concluir esas voces malévolas, Ceniceros no sería nadie.

Y viceversa.

De su idilio han dado cuenta las paredes del exconvento de La Merced a medida que la legislatura avanzaba y el romance atravesaba las tinieblas propias de toda relación, incluyendo las inevitables tempestades. Ambas partes sellaban cada año su compromiso poniendo su firma en el documento central que dota de sentido su vínculo, los Presupuestos, y a despecho de quienes entre sus fieles les conminaban a no fiarse del otro porque no veían claras sus auténticas intenciones, Ceniceros y Ubis perseveraban en salvaguardar su sociedad porque entendían que a La Rioja le iba bien. También les iba bien a ellos, pero eso no es lo importante: así lo aseguraban al unísono. Un acto de desprendida generosidad que probaba la intensidad de su afecto.

El segundo debate de la región protagonizado por Ceniceros pasará a la pequeña historia del parlamentarismo regional por algunos pasajes insólitos (Ceniceros abandonando su inmovilismo, los portavoces ofreciendo un más que aceptable nivel de elocuencia), que eclipsan otros detalles de la letra pequeña que no deberían pasar desapercibidos. Por ejemplo, que fue el momento elegido por Ubis para devolver a Ceniceros las cartas de amor que se remitieron. El espectáculo del portavoz naranja arrojando contra el atril del Parlamento los documentos donde se juraba cariño eterno con el PP, esas proposiciones de resolución que se negó a defender apenas 24 horas después de haberlas presentado, llegó después de una intervención donde, ceño fruncido, arremetió contra todo. Con una excepción: que evitó defender con el ahínco que se presumía a su propia compañera, Rebeca Grajea, destinataria el día anterior de una de las raras invectivas de Ceniceros. Como si ya no militaran en el mismo grupo.

Tal vez ese Ubis desconocido parecía que por fin había encontrado al Ceniceros genuino del que sólo había oído hablar. El dirigente taimado, diestro en el arte de engañar a quienes lo tienen por otra cosa, que ya confundió antes a sus colegas de partido (Pedro Sanz el primero), y luego a la oposición toda: maestro en el juego del despiste, puede que Ubis haya sido su última víctima. Y de ahí esas gruesas palabras que el líder de Ciudadanos le dirigió el viernes: un discurso constructivo, sí, muy pródigo en propuestas, pero contaminado por una carga de despecho que obligaba a frotarse los ojos a quienes sólo habían conocido al otro Ubis, el diputado naranja entregado al cumplimiento de su pacto con el PP con la fe y la fiereza propia de quienes se consideran algo más que amigos.

¿Dónde se encontraría el origen de semejante enojo? Se ignora. Pero debe ocultarse en el texto que leyó desde el estrado. Un discurso de 11 páginas que dedicó un par de ellas en exclusiva a clamar contra la ADER. Por ahí habría que buscar la explicación a tanta furia, a un malestar tan iracundo. Porque resulta difícil crecer que la razón del desamor de Ubis con Ceniceros, esa mayúscula desconfianza que trufaba sus palabras, resida en que se les ha roto su pacto de tanto usarlo.

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