Y tras la tormenta... ellos trajeron el sol

Eva, junto a sus hijos, Alfonso, Abraham e Irene, en el colegio de Arenzana de Abajo, al que han dado vida con su llegada. /  JONATHAN HERREROS
Eva, junto a sus hijos, Alfonso, Abraham e Irene, en el colegio de Arenzana de Abajo, al que han dado vida con su llegada. / JONATHAN HERREROS

La llegada a Arenzana de Abajo de una familia de Huelva, con tres hijos, ha permitido conservar el colegio abierto

M. CASADO ARENZANA

Sale el sol en Arenzana de Abajo y no es una metáfora. Un rato antes de llegar Diario LA RIOJA en la localidad riojalteña ha caído un tormenta. Así lo recuerdan los nubarrones a lo lejos y los charcos. En el plano metafórico también hay sol, aunque sin olvidar los nubarrones amenazantes que se instalaron hace tiempo en los pueblos pequeños en lo referido a la perdurabilidad del colegio. Hace un año, como reconoce su alcaldesa Purificación Ruiz, las cosas estaban complicadas: cinco alumnos y pocos indicios de nuevas incorporaciones, aunque no puedan descuidarse.

Pero en verano llegó una familia con tres niños, de vacaciones, proveniente de Nerva (Huelva). No tenían empleo, venían a casa de un familiar y el padre de la familia, José Antonio, se acercó a buscar trabajo al Ayuntamiento. Ahí le recomendaron acudir a Nájera e inscribirse, en la Oficina de Empleo y esperar a posibles ofertas. Pasó el verano y en octubre el Consistorio de Arenzana pudo sacar una oferta temporal a la que optó José Antonio. Al principio se vino solo, pero en enero se trajo a su mujer, Eva, y sus tres hijos: Alfonso, de diez años, Irene, de ocho, y Abraham, de tres.

En estos meses surgió la posibilidad de que optar a la subasta del bar del pueblo, del colectivo 'Círculo Obrero Católico' desde 1907. Y con el apoyo de los lugareños, la familia se ha quedado con la concesión de cuatro años. «Estamos muy contentos porque tenemos trabajo los dos y mi marido hace todo lo que puede: el bar y tareas en el campo. El atender el bar incluye también la vivienda en el propio edificio», explica Eva, de 30 años.

A su alrededor le escuchan atentamente sus dos hijos mayores que muestran mucha madurez. Para ellos también ha cambiado mucho su vida: hace menos de medio año vivían a 800 kilómetros. «Echo de menos el sol y a mi yaya», reconoce Alfonso. Su hermana Irene también recuerda a la abuela. Pero ambos están felices. «Nos lo pasamos muy bien y la gente del pueblo es buena con nosotros», recalca el chaval de diez años.

En la calle le espera su amigo Miguel con un patinete, uno de los primeros que conoció cuando llegó en verano de vacaciones, y del que no se separa ni en clase ni fuera. Y es que la conexión entre los niños es muy alta: se mezclan de diversas edades, incluso a Alfonso y Miguel se une con frecuencia Agustín, un poco mayor, o Irene y María, más pequeñas. Es lo habitual en los lugares donde se reducen las opciones de amistad, hay más unión.

«Han mejorado en el colegio»

La decisión fue un reto, lo mismo que el bar, «no había puesto un vino nunca, pero ya vamos aprendiendo», dice Eva con una sonrisa. Ella es quien atiende el bar a diario, con la ayuda de Consuelo. Sus ilusiones son altas e incluso han puesto el 'pinchopote' los viernes, ofrecen cañas a mejor precio los sábados o dan el vermú los domingos.

Tras conocer el bar, toca acercarse al colegio Gil Albarellos al que acuden todos los días. «A mí me gusta mucho ir a la escuela, me lo paso muy bien», destaca Irene que quiere ser profesora. Mientras, Alfonso da un auténtico recital de motos y cuenta que sabe llevarlas y le encantaría competir. Abraham, entre tanto, es feliz con la mariquita que ha cogido por el camino y saltando en los charcos. «La atención que tienen en el colegio es muy buena, han mejorado mucho», admite Eva. Su vida ha cambiado, pero gracias a su llegada también ha salido el sol en Arenzana de Abajo.

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