La vida tras perder la vista: «¿Suerte o desgracia? Depende de cómo se mire...»

Ángel Palacios sufrió hace diez años un desprendimiento de retina que le dejó prácticamente si visión; su familia y su pasión por la cocina le han hecho seguir./justo rodríguez
Ángel Palacios sufrió hace diez años un desprendimiento de retina que le dejó prácticamente si visión; su familia y su pasión por la cocina le han hecho seguir. / justo rodríguez

Con motivo del Día Internacional de la Discapacidad, Ángel Palacios relata su vida tras perder casi la visión | Antaño profesor de Cocina en Santo Domingo y cocinero en prestigiosos restaurantes, ahora lidera el proyecto 'Cocinar a ciegas' de la ONCE

MARÍA CASADO LOGROÑO.

Vuelves de pasar unos días de vacaciones en familia en una de las tierras más bonitas, Asturias, y unas molestias en los ojos te obligan a ir al médico. De ahí urgentemente al hospital a intervenir. Y la verde Asturias se convierte en uno de tus últimos recuerdos visuales. Sin avisos, sin segundas oportunidades. Ángel Palacios (47 años, Logroño) pasó de una miopía magna de nacimiento, con alta graduación y más del 80% de capacidad, a perder la visión completa del ojo derecho y mantener un resto visual del 7% en el izquierdo, poco campo visual y dificultades en las tres dimensiones.

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«Cuesta asumirlo. Nadie está preparado para algo así, pero sólo queda salir adelante», recuerda hoy, diez años después. Entonces tenía 37 años y dos niños, Asier, de nueve, y Nahia, de cuatro. En ese momento Ángel era profesor de Cocina, Servicios y Cafetería en la Escuela de Hostelería de Santo Domingo, y lo compaginaba con trabajos de cocinero en prestigiosos restaurantes, que prefiere no citar para no dejarse a nadie aunque es imposible no nombrar que alguno de sus platos llegó a la Casa Real, y tenía contacto con chefs de primer nivel, como Francis Paniego o Martín Berasategui. «A los 14 años empecé a estudiar Hostelería, es lo que siempre he querido», recuerda.

Así que cuando en abril del 2007 la luz se apagó tuvo que reencontrarse. «El primer año fue muy duro: de operaciones, de estar en casa. Tengo una nebulosa de ese tiempo, pero recuerdo perfectamente el primer día que intenté salir de casa con mi hijo: cruzar el patio y llegar a la puerta fue una odisea y me volví para adentro...». Médicamente había poco más que hacer y le dieron el alta. Profesionalmente le propusieron la jubilación, «pero yo no pensaba en eso... Es difícil de asimilar», relata. Ahí empezaba el nuevo camino.

«Cuesta asumirlo (la pérdida de visión por desprendimiento de retina) pero sólo queda seguir» Ángel Palacios Cocinero con 7% de visión

«Estoy orgullosísimo de lo que tengo: de mis clases de 'Cocina a ciegas', mis alumnos y mi familia» Ángel Palacios Cocinero con 7% de visión

«No me pierdo los bailes de mi hija o los viajes; lo importante es la actitud, continuar viviendo» Ángel Palacios Cocinero con 7% de visión

La rehabilitación, clave

Sin saber cómo afrontarlo decidió acudir a la ONCE. «Cuesta digerir que tienes que ir a la organización de ciegos, pero me afilié y comencé rehabilitación», explica. Y recuerda «el equipazo brutal con el que se trabaja», desde trabajadores sociales, psicólogos, etc. «Lo que hacen es genial, pero no solo con la persona afectada, también con la familia. Porque no eres solo tú el que tiene que cambiar conductas, lo ha de asimilar todo el grupo familiar», subraya.

En esa rehabilitación le enseñaron, además de las cuestiones psicológicas, a centrar la mirada, a seguir conversaciones... Y lo hace de forma tan natural que cuesta creer que durante la larga conversación de este reportaje apenas haya podido adivinar la figura de quien aquí escribe.

Cuando esa fase en la ONCE estaba a punto de terminar alentado por Carlos, el animador sociocultural, surgió la opción de dar clases de cocina. «En casa seguía cocinando, era mi punto de fuga. Volví a reaprender y resetearme para poder cocinar... Aunque con limitaciones: me volvía a quemar porque no controlaba; me daba pánico freír...». Y así adecuó la cocina a la falta de visión. «Al principio me daba temor hacerlo en plan clases, pero nos animamos y ya llevamos más de ocho años con el programa 'Cocinar a ciegas', cuyo nombre surgió por un libro», apunta.

La cocina: pasión y salvavidas

Lo que empezó con cuatro o cinco personas hoy tiene a más de 25 participantes y con un nivel de elaboración alto. «Lo primero fue enseñar técnicas para controlar la situación: cómo medir la sal con la mano, trucos para freír, cortar, palpar... Porque el tacto es nuestro medidor. Y ahora cada uno tiene en el grupo un punto fuerte que explota, unos cortan, otros miden temperaturas, etc.». La dimensión de 'Cocinar a ciegas' ha saltado fronteras y ha sido 'copiado' en otras regiones y tienen un número importante de seguidores en el grupo de Facebook hecho por ellos, que incluso emite en 'streaming', les siguen cocineros de renombre...

La cocina es su vida, no hay más que escuchar la pasión con la que habla de ella, con la que explica que le encantan los guisos y los arroces caldosos, que se le resisten los asados a la brasa, que uno de los platos estrella cuando vienen invitados son «huevos trufados al lavavajillas» (hechos literalmente en el friegaplatos)... Pero si algo le llena la boca es hablar de su 'Cocina a ciegas' y de lo que se está consiguiendo socialmente. «Los alumnos son mayores, pero son casi como los que tenía en la escuela de hostelería, llenos de ilusión. Me emociona que, por ejemplo, Rosalía, una mujer mayor que apenas ve, haya podido volver a cocinar a sus nietos. Esa satisfacción es máxima, nada comparable con lo anterior», asegura.

Sin vistazos al pasado

Con todas estas potencialidades y ese talento, pensar en lo que pudo haber sido es un movimiento humano, pero Ángel lo descarta. «¿Dónde habría llegado profesionalmente si todo hubiera continuado? No lo sé y no me lo planteo, el pasado no se puede cambiar. Solo sé que estoy orgullosísimo de lo que tengo, de mis clases de 'Cocina a ciegas', de mis alumnos, a los que siempre les digo que me dan más de lo que yo les enseño, y sobre todo de mi núcleo familiar, ellos son mi fuerza». Y cuando dice esto último gira la cabeza a donde se sienta su mujer, Sonia, la que para él ha sido fundamental. «Hay que adaptarse a lo que te da la vida, esta es la que nos ha tocado, y hay que disfrutarla. Esto nos ha unido más, nos ha hecho más fuertes», asegura ella con una sonrisa, siempre pendiente de él.

También ha sido y es una experiencia fuerte para sus hijos. «Nos planteamos vivirlo como algo que les aporte aspectos positivos a ellos. No me pierdo las actuaciones de baile de mi hija, si van a hacer submarinismo floto por el agua mientras ellos bucean con su madre... Lo importante es la actitud, seguir viviendo», asegura Ángel. «Mi hija me dice que cómo la recuerdo o que si mis recuerdos son en color o blanco y negro...», cuenta con una sonrisa. Cuando hablan de lo sucedido, Asier, ya en la universidad, le suele decir a su hermana: «Has tenido la suerte de crecer con papá, yo apenas lo veía, siempre estaba trabajando». Por eso, Ángel concluye: «¿Suerte o desgracia? Todo depende de cómo se mire».

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