Cuando el silencio mira a los ojos

Procesión de 'Los Picaos' en San Vicente. 
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Procesión de 'Los Picaos' en San Vicente. :: fotos sonia tercero

El respeto y la emoción se respiran a cada paso en una procesión cargada de un silencio lleno de matices y de tradición Cientos de personas vuelven a abarrotar las calles de San Vicente ante la procesión de 'Los Picaos'

JÖEL LÓPEZ

san vicente de la sonsierra. Mirar a los ojos a un disciplinante es mirar al otro lado del tiempo. Pupilas de hoy que brillan con la luz de siglos en las que incontables miradas anónimas convierten al disciplinante de ahora en cualquiera de los que haya recorrido las calles gastadas de San Vicente de la Sonsierra.

En la puerta de la Cofradía de la Vera Cruz, un cofrade, solo, con gesto sereno y respirando hondo el viento que no dejaba de levantarse no duda: «Sin fe esto no se puede entender». La gente comienza a llenar las calles y reconoce que «no molestan porque se siente su respeto y su silencio».

En San Vicente de la Sonsierra el silencio tiene un ritmo especial. Si uno, en un momento dado, cierra los ojos es capaz de escuchar de qué está hecho el silencio de la procesión de Los Picaos.

Este silencio se cose con el sonido de curiosos que, poco a poco, se van callando y se apostan en esquinas, recovecos y curvas de un recorrido que se angosta a medida que la emoción se destila.

Un cofrade toca con ritmo y pausa la campana, los pasos se mueven y se paran con cadencia mecánica y descansan sobre cayados que también suenan.

Y tras los primeros metros, se escucha la Banda municipal con unas piezas que lejos de inquietar apaciguan. Notas amables y respetuosas que van rebotando por las paredes de piedra de unas calles irregulares que se estrechan más y más.

Los susurros de los cofrades encargados de evitar problemas de circulación se cuelan en este silencio tan peculiar. En tercer plano, se oyen voces femeninas cantando una letanía que habla del perdón.

Y como un latido arrítmico pero cadencioso suenan los golpes de los disciplinantes sobre sus espaldas. Sonido que solo cesará en toda la procesión cuando deban ser picados para que el castigo y la penitencia pueda ser sangrado. Es entonces cuando el silencio resulta atronador.

Los ocho picaos de ayer, con sus acompañantes del brazo fueron, poco a poco, recibiendo su disciplina con una serenidad a la que aludía el cofrade antes de empezar.

A este silencio le quedaba una nueva hebra: Los grilletes arrastrados contras los adoquines de las Marías. Con ese silencio enhebrado de miles de sonidos el camino se llena de emoción.

Los cientos de personas agolpadas, las cámaras encendidas y los teléfonos móviles desaparecen cuando suena el silencio cosido a mano a lo largo del tiempo por una tradición que se mantiene inalterable durante siglos.

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