Siete horas sobreviviendo al Irma

Un barco 'embistió' la tienda Bvlgari en Philipsburg, capital de la zona holandesade San Martin / L.P.

El logroñés Luis Pérez de Colosía relata cómo fueron las siete horas en las que el huracán Irma estuvo sobre su cabeza y como consiguió sobrevivir una semana en una pequeña isla devastada

Luis J. Ruiz
LUIS J. RUIZLogroño

La isla de San Martín (Antillas Menores, mar Caribe) es entre pequeña y diminuta. Es poco más que el término municipal de Logroño. Algo menos que el de Calahorra. En una hora y sin atascos (algo impensable e imposible) se completa la vuelta a la isla. Al norte, es territorio francés; al sur manda la bandera holandesa. Una pequeña torre de Babel en la que conviven más de 100 nacionalidades distintas y en la que los extremos se tocan. Durante siete horas, en la madrugada del 7 de septiembre, fue devorada por el huracán Irma. En el centro de la isla estaba Luis Pérez de Colosía, el joven logroñés que permaneció desaparecido (incomunicado, dice él) durante casi una semana. Se estrenó en esto de los huracanes con el Irma, el más potente de la historia. Hace una semana consiguió llegar a Guadalupe (otra isla de la zona). Sus pasos lo siguió el María, un primo-hermano del Irma.

Luis es funcionario de educación del Gobierno francés. Esto es, da clases de castellano y tras hacerlo en Martinica y en Guadalupe, este año pidió destino en San Martín. “Llegué el 31 de agosto. No tenía todavía alojamiento y decidí quedarme en un albergue de la zona holandesa que era económico”, recuerda en una larga conversación telefónica desde las Antillas. Lo primero que le dijeron fue que se preparara. Llegaba Irma.

“Me enteré que en la noche del 6 al 7 de septiembre pasaría el huracán. Poco a poco iban diciendo que subía de intensidad, que estaba en 4, que subía a 5… Me metieron miedo, mucho miedo. Todo el mundo me decía que me preparara bien, que eso haría tamblar los cimientos de cualquier casa…”. Ahora, a toro pasado y desde la distancia, asegura que se esperaba más. Quizá fue que acertó a lo hora de escoger el alojamiento: paredes de hormigón, ventanas anticiclones, en un pequeño repecho de la isla. “Pensé que iba a ser el apocalipsis…”, resume.

Tanto miedo le metieron que decidió huir de aquel albergue y buscar refugio en un hotel de la zona francesa. “Lo estuve viendo y estaba decidido a irme pero cuando regresé a por mis cosas un vecino estaba muy tranquilo y al final decidí quedarme”. Esa fue, quizá su mejor decisión. “Tuve mucha suerte quedándome”, asume.

Compartió miedos y víveres con siete personas. “Pusimos cinta americana en las ventanas y en la puerta y nos fuimos a dormir”. Sí, a dormir en pleno Irma. “Me desperté a las 4.26 horas. Había mucho viento, sonaba fuerte y contra la puerta golpeaban muchos objetos que volaban en el exterior”. Volvió a quedarse dormido (tapones de por medio) y se despertó de nuevo a las 6.15 horas. Miré por la ventana y vi que el tejado de la casa del vecino había desaparecido. Él estaba paseando por la calle. Se acercó y llamó a nuestra puerta. ‘Es el ojo. El ojo’ dijo”. Estaban en el corazón del huracán. “Apenas había viento y sobre nosotros estaba todo nublado una gran tormenta. En el ojo del huracán todo está en calma”. Aprovecharon para recoger algunas placas de uralita pensando en evitar daños mayores y le echó un ojo a su vehículo. Estaba intacto. Pero lo peor estaba por llegar.

“El ojo duró unos 45 minutos. Liego vino lo peor. La segunda parte fue la gorda. El viento era muchísimo más fuerte, los árboles estaban pelados… y temblaba todo. Notabas la presión en los oídos. Movía la puerta entera, toda la estructura. Pensábamos que no iba a resistir”. A las 10.30 horas, empezó a calmarse. A las 12 ya se había dio. “Fueron unas siete horas, menos de lo que habían anunciado”.

Ahí es cuando Luis Pérez de Colosía se emociona. “Es bastante desolador. Estaba repleto de escombros, trozos de todo por todos los lados. Conozco a gente que lo ha perdido todo. Psicológicamente es muy duro. He pasado varios días muy mal”, describe. Él tuvo suerte. Su coche fue el peor parado. Está repleto de marcas del huracán. “Durante el huracán sí había comunicaciones; después era imposible…”. Pero se abrió una ‘ventana’ de cobertura, llamó a su madre y le dijo que no sabía hasta cuando estaría incomunicado. Por eso se sigue sorprendiendo de la repercusión que ha tenido su ‘desaparición’.

En el albergue estaban tranquilos. Todos compartían víveres. “Había comprado 12 litros de agua pensando en una semana, pero hubo quien no compró y todos compartimos. No sabíamos si nos íbamos a morir de hambre o de sed”. Tampoco sabía qué hacer, dónde ir, dónde dejar sus cosas…

Lo primero que hizo fue ir a la capital de la zona francesa, Marigot. “Estaba totalmente destruida. Las tiendas los bares, todo destrozado”. También se pasó por su instituto. “También estaba afectado. A última hora lograron evacuar a un montón de gente y sirvió de refugio. Había gente en camillas, en estado de shock. Les consiguieron salvar”.

Ahí empezaron los problemas. La frontera entre territorio francés y holandés se activó. “Llegamos con el coche con mucha agua que nos habían dado en el instituto y al llegar a la frontera no nos dejaron seguir con el coche. Era de noche y tuvimos que regresar caminando y sin luz entre los restos del huracán. Al día siguiente regresaron a por el vehículo. Estaba allí… pero lo habían pasado al lado francés por lo que pudo regresar hasta el albergue. “Luego pasamos la frontera un par de veces más… A veces podías pasar, a veces no”.

El domingo, tres días después del huracán, recibieron comida “gracias a que un rabino llegó al albergue a recoger a un israelí que había allí. Nos llevó a un supermercado y nos dieron comida. El agua, como ya teníamos, la repartimos entre la gente que había por allí”. Y llegó el momento de ir al aeropuerto. “Fue un caos. Después de un larguísimo atasco de tres kilómetros nos dijeron que la gente salía en función del número de lista, después que tendrían prioridad los niños y las mujeres…” Así hasta que el martes se ‘plantó’ en el aeropuerto francés. “Estuvimos más de 30 horas al sol, en la calle, para poder llegar a la terminal. Todo el día bajo un sol de los que ‘pican’”, recuerda. “Nos dijeron que volábamos a las 10 horas del jueves 14 a Guadalupe. Finalmente fue a las 15 horas”. En esa espera fue cuando, por fin, pudo volver a contactar con su casa… y enterarse de que su foto circulaba por media Rioja. “Me quedé alucinado…”, acierta a decir.

Luis pierde ese tono tranquilo cuando se le pregunta por la información que ha llegado a Europa sobre gente matándose por un trozo de pan o una botella de agua. “Quiero denunciar esas barbaridades y burradas que se han dicho. La gente ha exagerado. No he visto nada de violencia y lo único que han hecho ha sido asustar a las familias de los que estábamos aquí”. Recuerda videos de internet de españoles lamentándose de sus pérdidas. “Valientes sinvergüenzas. Oyéndoles me da vergüenza. O el huracán me llevó volando a otra isla o yo no he visto nada”, dice recordando una escena en la puerta de la joyería Bulgari a la que nadie se acercaba o su experiencia personal transportando una caja con alimentos por la isla sin ningún incidente. “El lunes 11 vi a un centenar de personas haciendo fila para comprar pan. Sin ningún incidente. El problema es que es gente que vive en su opulencia y que solo genera racismo y xenofobia. He pasado por los barrios peligrosos o malos de San Martín estos días y no ha habido ningún problema. La gente se ayudaba, se habían organizado para que todo funcionara…”. “¿Saqueos? Claro que los hubo. Pero en esa situación, sin justificarlos, lo puedes entender. También es verdad que había quien se llevaba una televisión en medio de la catástrofe. Era un poco surrealista…”.

Ahora, en Guadalupe, vive en una especie de impás. Tiene destino en San Martín, pero su colegio está destrozado. “No sé que va a pasar. Muchos alumnos se han marchado también y no se para cuándo se podrán retomar las clases. Al menos tres meses, supongo, aunque dicen que irá más rápido…”. De momento se quedará en las Antillas… huracán tras huracán.

LAS FOTOS DEL DESASTRE

Filas a la espera para llegar al aeropuerto

Instituto en el que iba a trabajar Luis Pérez

Daños en Martinica

Daños en Philipsburg

Una playa en Philipsburg

San Martín

San Martín

Place de la Savane en Fort de France, Martinica

Place de la Savane en Fort de France, Martinica

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