Salvar al soldado Ureña

Judit, con la cabeza de Holofernes. Obra de Nicolas Regnier, propiedad del Museo del Prado.
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Judit, con la cabeza de Holofernes. Obra de Nicolas Regnier, propiedad del Museo del Prado.

«Siempre hay un tiempo para marchar aunque no haya sitio a donde ir», TENNESSEE WILLIAMS

JORGE ALACID

Entre los ignotos misterios que envuelven la negociación del Presupuesto del 2018, el más raro tiene de protagonista a Javier Ureña, cuya figura capitaliza además otros dos enigmas menores. El primero tiene alguna trascendencia, con forma de pregunta: qué se la ha perdido a Ciudadanos en la ADER. O, mejor dicho, qué buscan por ahí Diego Ubis y compañía. Porque en ninguna de sus comparecencias, así en el atril del Parlamento como ante los medios de comunicación, se ha dignado el portavoz naranja a explicar la razón de su malestar con la estrategia de la agencia, más allá de esa vaga denuncia de que podía estar mejor gestionada. Por supuesto. Y Ciudadanos, también.

Ubis tiende a adornar sus quejas con una invocación a la necesidad de que la Agencia, tutelada desde casi diez años por Ureña, clone el modelo escandinavo (sic) o el israelí (y más sic). Pero jamás se molesta en pasar de las musas al teatro, de modo que tanto sus señorías como la prensa acreditada en el Legislativo se suelen quedar como estaban. Preguntándose qué semejanzas guarda La Rioja con Noruega. O con Israel, el Estado más extraño del mundo, cuya singularidad reside precisamente en que es incomparable. Desde luego, La Rioja no vale como espejo.

El segundo factor de desconcierto en este paisaje presupuestario (con la ADER al fondo) tiene que ver con el propio Ureña. Aunque en los papeles que ambas delegaciones se pasaron durante sus conversaciones se incluía expresamente al jefe de la agencia (con nombre y apellidos) para reclamar del Gobierno su destitución, como llave que garantizaría el plácet naranja, nadie se atrevía a identificarlo como tal ante la opinión pública. Una táctica dinamitada la mañana en que la portavoz del Palacete, dando cuenta de los acuerdos del Consejo de Gobierno, se encargó de situar a Ureña en la diana. Curioso. Muy curioso. Desde entonces, el ínclito ha tenido que acostumbrarse a pagar como peaje en cada comparecencia verse obligado a salir al paso de las preguntas de la prensa, que se interesa no tanto por la política de la Agencia como por saber si su responsable se marcha o se queda. Un desgaste innecesario.

Que por otro lado es santo y seña de la gestión gubernamental: eso de meterse en charcos muy evitables... Aunque en este caso el Gobierno dispone de alguna coartada: puede comprenderse en esta confusa estrategia seguida alrededor de Ureña que cueste prescindir de quien, como alto funcionario de la propia Agencia, se mantendría en la sede del Espolón en caso de despido o renuncia, lo cual equivaldría a una especie de tutela en la sombra de su sucesor que a nadie parece convencer ni convenir. Y puede también aceptarse que su jefa González Menorca, que a fin de cuentas lleva poco más de un par de años al frente de la Consejería, prefiera retener a su lado a un colaborador que sí se conoce hasta el último rincón de la ADER.

Menos comprensible, según confidencias que salen tanto del Palacete como del PP, es que el Gobierno se haya enrocado en salvar a uno de sus soldados cuando la cabeza de Ureña sirve como pista de aterrizaje para que el Presupuesto culmine el viernes su singladura parlamentaria, repartiendo felicidad entre Ceniceros y los suyos. Porque si no cede al ultimátum naranja, lanzado con su diplomacia habitual por la diputada Grajea, tanta dicha deberá congelarse. Y porque si el presidente acaba por enseñar la salida al jefe de la ADER, habrá sentado un oneroso precedente. En esta última tesitura perderá además la batalla de la opinión pública: dará la imagen de un presidente débil, zarandeado por un socio veleta.

Pero en la primera hipótesis tampoco sale indemne el Gobierno. ¿Qué méritos reunía Ureña para que su permanencia amenazara con colapsar la negociación presupuestaria? Por decirlo en palabras de un responsable gubernamental, extrañado por la estrategia de sus jefes: «¿Es que Ureña es imprescindible?».

Más enigmas: porque flota en el aire la duda de si Ubis estaría dispuesto a renunciar finalmente a su apoyo prometido al Presupuesto si la ADER se queda como está. O puede suceder lo de siempre: que nunca pase nada. Lo cual tampoco sería tan extraño: también iban a desaparecer las subsecretarías de la Administración y las compatibilidades de ciertos cargos y ahí está Ciudadanos: mirando a otro lado.

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