Riojano, ésta era tu caja

Representación de la avaricia, según El Bosco, en su lienzo 'Mesa de los pecados capitales', que se
exhibe en el madrileño Museo del Prado.
/
Representación de la avaricia, según El Bosco, en su lienzo 'Mesa de los pecados capitales', que se exhibe en el madrileño Museo del Prado.

«Qué desperdicio de talento: eligió el dinero en vez del poder. No puedo respetar a alguien que no entienda la diferencia»

Bankia, final de partida. Su antiguo presidente Rodrigo Rato, gran esperanza blanca de la derecha española, se sentará en el banquillo por su responsabilidad al frente del grupo en los dos ejercicios en los que puso en marcha su salida a Bolsa, materializada en el 2011. La Audiencia Nacional acaba de abrir juicio oral contra él y otros 31 miembros del consejo de administración de la caja y de la auditora Deloitte (encargada de verificar su estado financiero: como se ve, con gran éxito). La nómina de acusados recuerda la lista de invitados a la boda de la hija de Aznar: el vicepresidente de la entidad, José Luis Olivas y el exconsejero delegado, Francisco Verdú, además del exministro de Interior, Ángel Acebes, el exsecretario de Estado de Hacienda, Estanislao Rodríguez Ponga, Arturo Fernández (expresidente de la patronal madrileña), así como otro exconsejero de la caja, José Manuel Fernández Orniella, mano derecha de Rato cuando fue vicepresidente del Gobierno. Hasta Izquierda Unida dispone de su imputado.

El juicio a la cúpula de Bankia tiene algo de juicio al conjunto del sistema financiero-político, esa trama de intereses opacos que llevó al coma a todo un país durante los años en que sus ciudadanos sufrieron en mayor grado el impacto de la crisis económica. Que fue también política. Lo prueba que la derivada del 'caso Bankia' alcanza incluso al Parlamento de la región menos poblada de España. El Legislativo riojano alberga una comisión de investigación nacida para responder a la pregunta célebre, según la máxima de Vargas Llosa en 'Conversaciones en la catedral': cuándo se jodió todo. Cuándo entró en barrena el sistema que aseguraba a La Rioja, con sus magros 350.000 vecinos, cierta autonomía financiera. Que una vez devorada su caja por el gigante alumbrado entre Caja Madrid y Bancaja quedó desfigurada. Casi inexistente. La antigua caja de ahorros de los riojanos dejó de serlo: dejó de ser caja y dejó de ser de los riojanos.

La pregunta sigue en el aire. Al menos en el Parlamento, por donde han ido desfilado una serie de comparecientes cuyo testimonio, lejos de alumbrar una respuesta que explique semejante fracaso, sólo agrega sombras a la oscuridad reinante. Lo cual instala a sus señorías en la melancolía propia de quien ha decidido mirar hacia atrás y queda noqueado por la nostalgia: lo que pudo haber sido... Etcétera. Porque a Caja Rioja se le auguraba un final menos abrupto del que terminó conociendo en los felices días de borrachera económica que vivió España bajo el mandato de Rodríguez Zapatero. Como recuerda un antiguo miembro de su consejo, «el Banco de España nos sacó a la pista a bailar y luego que cada caja se buscara su pareja».

Un bonito desbarajuste. El caos. Caja Rioja descartó aliarse con su socio natural, Ibercaja, puesto que su fusión obligaría a liquidar sucursales y empleos sin cuento: cosas de la duplicidad. Rechazó después comprometerse con otra entidad vecina, la actual Kutxa Bank, por razones de alta política: los esponsales con una caja vasca comprometían a La Rioja, cuyo Gobierno litigaba con las instituciones vascas por las 'vacaciones fiscales'... Y fallido el acuerdo con CAI y Caja Insular, acabó dirigiendo sus pasos al escenario celestineado entre el Banco de España y el Ministerio de Economía, la clase de destino que aguarda al pez más pequeño: ser engullido por los tiburones.

Conocedores de los entresijos de aquel apareamiento entre desiguales confiesan su resignación: no había otra salida. Defienden que Caja Rioja, en líneas generales, se juzgaba bien gestionada, como ha revelado la ronda de comparecencias ante la comisión parlamentaria. «No se cometieron barbaridades con el ladrillo, sobre todo desde la llegada de Jorge Albájar a la dirección general», defiende un exconsejero, quien no oculta la conexión directa entre sus gestores y el Palacete. Pese a lo cual, admite un par de cosas: que la solución finalmente elegida «no ha sido la peor para Caja Rioja, entre otras cosas porque se salvó la Fundación». Y dos, que triunfando entre los antiguos consejeros «cierta sensación de formar parte de un fracaso», encuentra coartadas para la absolución: «Nadie lo pudo prever. Como nadie pudo prever otros desastres: quién iba a pensar que hasta el Popular se iba a ir al desguace».

En efecto, quién lo iba a decir. Sí se podía profetizar que la comisión parlamentaria encallara en una suerte de limbo. Mientras sus señorías esperan a los peritos del Banco de España que nunca llegarán, a punto de cumplirse cinco años desde la intervención, del actual bloqueo tal vez salgan gracias a la nueva documentación recién aparecida, que incluye el estado de las cuentas entre el 2008 y el 2010. Donde se esconde la solución al enigma de Caja Rioja: saber si entre todos la mataron o si ella sola se murió.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos