«¿Quién reunifica a mi marido?»

Hubo discursos, hubo ramos de flores, hubo silencio y una emoción común. Que se disparaba contra el mediodía de Logroño cuando tomaron la palabra Mercedes y Nelly, todavía con el corazón en un puño. Ese imborrable nudo en la garganta que les atenaza cada vez que desfilan ante sí las palabras malditas: ETA, asesinato, terroristas... Nelly, que perdió en 1987 a su marido, un agente de Policía asesinato por la banda etarra en un atentado ocurrido en Armentia (Álava), mostraba la entereza que distingue a las víctimas del terrorismo. Enorme dignidad sin grandes diplomacias: «Yo estoy en contra de eso de reunificar a los presos como pretenden ahora. Que cada cual pague su pena donde le haya tocado». «¿Quién reunifica ahora a mi marido?», se preguntaba. A su lado, Mercedes asentía: «Yo a mi hermano Enrique lo tengo aquí en Logroño, pero no en la cárcel, sino en el cementerio, claro». Llegaron del brazo y del brazo se fueron del Espolón. Y al unísono contestaron a la misma cuestión que flotaba en el aire de Logroño: «¿Olvidar? Jamás. Imposible».

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