Respuestas a la riojana

Ceniceros, en las escaleras del Palacio de Gobierno. / J. MARÍN

«Hablo, pero no puedo afirmar nada; buscaré siempre, dudaré con frecuencia y desconfiaré de mí mismo» Cicerón

Jorge Alacid
JORGE ALACIDLogroño

José Ignacio Ceniceros acude el miércoles a la entrevista vestido de José Ignacio Ceniceros. Terno azul oscuro, camisa celeste, corbata a topos: ninguna concesión a lo imprevisto. También acude disfrazado de Mariano Rajoy, cuya comparecencia ante los tribunales que juzgan la corrupción del PP no ha podido seguir en profundidad: reclamaban más su atención otros asuntos propios de su cargo, como las fiestas de Alesón. Atiende a los periodistas con la cordialidad habitual, confiesa al término de la cita que todavía se pierde de vez en cuando por los laberínticos corredores del Palacete (¿Metáfora? ¿Sarcasmo?) y obsequia a las grabadoras con un menú compuesto por un completo catálogo de respuestas a la riojana, según el modelo que media España ha podido ver esa mañana, con Rajoy de protagonista. De primero, contestación concluyente a cada pregunta; de segundo, sin embargo, tiende a abrir una puerta que puede significar justo lo contrario de cuanto acaba de sentenciar. Y de postre, titubeos, suspiros prolongados, mayúsculos silencios. José Ignacio Rajoy. Mariano Ceniceros.

Lo cual significa que a medida que prosiga la entrevista condenará a los periodistas a bucear hasta el fondo de sus palabras en busca de algún titular. Como esa vaga idea de que tiene intención de presentarse a la reelección al frente de la lista de su partido, una pretensión que decora con esa clase de latiguillos que aparecerán a menudo durante la hora y media de cita: que lo de liderar la candidatura del PP ya quedó claro en el congreso de su partido. Donde por cierto estuvo este periodista. Quien juraría que nadie concluyó semejante intención de cuanto se debatió en Riojafórum. Y nueva ración de respuestas a la riojana: cuando le preguntan si es partidario de las primarias en su partido, se deduce que ni sí ni no. Tal vez, todo lo contrario.

Así va avanzando la tarde en esta misma estancia donde hace medio año Ceniceros ya anticipó su intención de pelear por la presidencia del PP, un duelo que ganó por los pelos a Cuca Gamarra, para quien reserva los mejores elogios. De similar grosor a los destinados a Luis Martínez Portillo, alabanzas que incluyen ese punto de guindilla con que Ceniceros suele guisar sus mensajes. ¿Las heridas de Riojafórum están cerradas? Sí, pero no. O quién sabe. ¿Habrá nuevo Estatuto esta legislatura? Por supuesto. Aunque si no lo hubiera, no será culpa desde luego de su Gobierno. ¿Mejorarán las infraestructuras regionales? Sin duda. Aunque la culpa de su feo aspecto, ya se sabe, la tiene el de siempre: la tiene Zapatero. Sobredosis de respuestas a la riojana, que incorporan incluso una de nuestras voces autóctonas favoritas: la palabra canso. Que Ceniceros emplea para aceptar que así, canso, se debe encontrar quien oiga de sus labios los anuncios mil veces reiterados sobre el AVE, la 232 y resto de comunicaciones que aíslan más que conectan con el resto de España a sus administrados. Lo que no evita su propia ración de promesas, como esa confesión de que «la 232 no se puede desdoblar de hoy para mañana». La frase maldita, tantas veces escuchada.

La entrevista confirma lo sospechado. Que durante sus dos años de mandato, el presidente ha exagerado alguna de las vertientes más genuinas de su personalidad. Cordial pero huidizo. Simpático aunque siempre con el freno de mano puesto, al menos ante la prensa. Un dirigente de la familia política de las tortugas, especie en donde se integran por ejemplo los galápagos, animales que se parapetan de la realidad gracias a un completo surtido de conchas. Sólo muy de vez en cuando, así en el Parlamento como en estas comparecencias ante la prensa, Ceniceros baja la guardia. Golpea con alguna frase desconcertante y regresa a su caparazón. Cumple el ritual de comparecer ante los medios como quien viene a visitar al dentista, mientras intenta disimular (sin éxito) que preferiría desanudarse la corbata y perderse por esas playas catalanas donde anuncia su inminente aterrizaje, sin renunciar nunca a ejercer de sí mismo: el dirigente sinuoso, cuyo rastro tan difícil resulta de seguir, así a sus rivales como a sus afines...

Esos queridos contrincantes de su partido con quienes se divierte jugueteando en el alambre del despiste permanente, según su recurrente gusto por las metáforas: esa imagen de que todos sus adversarios del PP pueden aún subirse a ese carro que pilota. Porque ese carro viaja despacito. Como la canción del verano. Despacito como las cosas del Gobierno.

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