Regreso a Riojafórum

'Ofelia', obra del pintor prerrafaelita John Everett Millais, que se exhibe en el Museo d´Orsay, de París.
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'Ofelia', obra del pintor prerrafaelita John Everett Millais, que se exhibe en el Museo d´Orsay, de París.

«En la guerra, resolución; en la derrota, desafío; en la victoria, magnanimidad; en la paz, buena voluntad», WINSTON CHURCHILL

JORGE ALACID

Una luz tenebrosa apenas iluminaba el sótano de Riojafórum mientras se abrían hace un año las urnas convocadas por el PP para elegir a su nuevo líder. En medio del nerviosismo de los congregados, que en algún caso rozaba la histeria, el alcalde de un pequeño pueblo, seguidor de José Ignacio Ceniceros, se permitía una confidencia.

- Hemos perdido.

- Pero si dicen que vais ganando...

- Quiero decir que hemos perdido todos. Nosotros y ellos.

Esa dialéctica entonces recién nacida, la del nosotros y el ellos, explica la fosa que quiebra en dos mitades al primer partido de La Rioja. Se presumía que relevar a Pedro Sanz, cuyo liderazgo monolítico también separaba en dos a la región (nosotros era en su época el PP; ellos, todo lo que habitaba fuera) sería difícil, pero se ha revelado imposible. Un año después, descuellan algunas certezas que cartografían su alma maltrecha. Primer diagnóstico: falta de generosidad. Que la mayoría de fuentes consultadas achaca a Ceniceros: «Quien debe unir el partido es siempre el que gana», avisa un buen conocedor del PP riojano. «Ese paso nunca puede partir de quien pierde una elección: sólo puede cerrar las heridas de verdad el que ha vencido, porque es quien tiene algo que ofrecer al otro».

Desde esa óptica, el PP de Ceniceros prefirió imponer la victoria antes que gestionar la paz. De modo que todas sus decisiones se pueden leer según dos líneas paralelas que confluyen en el Palacete: por un lado, su obsesión por apartarse del legado de Sanz, aunque curiosamente al nuevo líder le acompaña una nómina análoga de dirigentes que hicieron su carrera al lado del anterior jefe; por otro, el mandato de cegar toda posibilidad de acuerdo con Cuca Gamarra y sus afines. Si ése era el doble objetivo, debe admitirse que la nueva cúpula ha triunfado. La alcaldesa de Logroño ha visto reducido su poder al dominio que ejerce sobre la principal agrupación de su partido, lo cual no es por cierto poca cosa. Y Sanz es hoy un fantasma político, cuya supervivencia en la vida pública sólo se entiende por la clase de relación freudiana que los partidarios de Ceniceros aún le reservan.

Pero si se trataba de coser el conjunto del partido, diseñar una estrategia atractiva acorde al nuevo tiempo político, establecer un liderazgo auténtico y alinear el ritmo del Ejecutivo a la vida propia del PP, incluyendo su grupo parlamentario, vencedores y vencidos deben aceptar que este año ha sido (casi) un año perdido. Balance de daños: la renovación, cuestionada en tres agrupaciones clave (Haro, Santo Domingo, Lardero) y estirada en el tiempo hasta más allá del sentido común en la fundamental plaza de Logroño, donde Ceniceros ni siquiera pudo plantear batalla a Gamarra (y eso que sus afines lo intentaron hasta ultimísima hora). Intentos frustrados de imponer otra dirección en municipios como Fuenmayor, cuyo alcalde aguantó el pulso al aparato, algo semejante a lo ocurrido en la segunda población de la región, Calahorra. Sobresaltos continuos en el Parlamento, que acabaron deparando ante el juez una escena insólita: Félix Vadillo y Álvaro Azofra testificando a favor de su compañera, la exportavoz Concha Arruga, con un alegato contra la democracia interna de su partido. Y un lamento común que nadie quiere sin embargo corregir: la desaparición de todo asomo de moderación. No hay voces llamando a la concordia: por el contrario, menudea un resignado relato según el cual las cicatrices que exhibe el PP tendrán consecuencias. En tiempo de urnas. «Nuestra única suerte es que enfrente no hay nada», confiesa un dirigente señalando hacia la oposición.

Cuando se pregunta a actores decisivos en esa larga mañana de Riojafórum sobre tan grave desencuentro, encuentra una alta diversidad de versiones. Hay quien, leal a Gamarra, avisa de que su candidata equivocó su táctica: «Fue muy ingenua. Debería haber hecho como Ceniceros: ir al cuello. Y una vez que tienes los votos y te pones al frente del PP, llevarlo hacia el siglo XXI. El de ahora parece la antigua Alianza Popular». Más pecados que admiten los perdedores: excesiva cercanía a Sanz. «Cuando quiso alejarse de él, ya era tarde: hubo gente resentida que más que apoyar a Ceniceros, quería tomarse la revancha. Y votó contra Gamarra porque la veían como la continuadora de Sanz». Dictamen al que añaden el siguiente recado desde el entorno presidencial: «La alcaldesa perdió. Y debería abandonar la soberbia y aceptar su derrota». Porque aunque hace un año hubiera bastado que una cincuentena de personas variase su voto, Ceniceros obró una proeza. Contra Sanz, contra Gamarra y contra Madrid, impuso sus tesis en el congreso y emprendió una gestión... que incluso entre sus incondicionales se juzga mejorable: quienes así lo entienden, detectan cierto juego sucio: «Por parte de todos, ¿eh?». Un afán vengativo que amaga con deparar un futuro en La Rioja sin Gobierno del PP y asegura días delirantes gracias a esos feos en el protocolo que no dejan de sucederse, como en la reciente visita de la ministra Dolors Montserrat y de Javier Maroto, enviado de Génova.

De Génova llegó precisamente en las horas previas a Riojafórum la invitación a que se firmara una tregua que evitara la fragmentación del partido. Se reclamó la mediación de un alto responsable del PP riojano, con buenas relaciones en ambas orillas. Y se avisó desde Madrid a los fieles a Ceniceros para que no hubiera dudas: su elegida era Gamarra. Hasta el punto de que el propio Maroto, en la sala donde se aguardaba el recuento de votos, sufrió un lapsus: dio por sentado que iba a ganar la alcaldesa y así pretendía anunciar los resultados... hasta que una voz amiga le hizo ver que también Ceniceros podía ganar. Lo cual sucedió, aunque con un resultado que el bando rebelde examina con un punto crítico: «Nosotros podremos cometer errores, pero estamos cohesionados y tenemos claro quién nos lidera, mientras que entre ellos sólo vemos barullo y muchas ambiciones». Nosotros y ellos, la dialéctica tribal. Y unos cuantos versos sueltos: Cuevas, Martín, Bretón, Escobar...

O Ceniceros y Gamarra, receptores de esos mensajes sugiriendo un armisticio, que no tuvieron acuse de recibo. Si llegaron a sus destinatarios, fueron ignorados. Y garantizaron un tempestuoso año en la vida del PP, resumido en la sentencia de uno de los dirigentes consultados para este artículo: «Seguimos en Riojafórum. Nosotros y ellos». Vencedores y vencidos. Que continúan sin dar con la puerta de salida.

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