«Pueden repetirse las elecciones, pero el afán de esos dos millones de personas no desaparecerá»

Simón, a las puertas del Parlamento de La Rioja. :: justo rodríguez
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Simón, a las puertas del Parlamento de La Rioja. :: justo rodríguez

Pablo Simón Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Pompeu Fabra El politólogo riojano apunta a la reforma de la Constitución como vía para asumir los «costes» del conflicto catalán

TERI SÁENZ* ESAENZ@DIARIOLARIOJA.COM LOGROÑO.

La trepidante montaña rusa de acontecimientos que han conducido a la declaración de independencia de Cataluña sorprendió a principios de semana a Pablo Simón (Arnedo, 1985) en el Parlamento de La Rioja aconsejando cómo mejorar la Ley Electoral. Con la íntima esperanza aún de que la situación pudiera reconducirse y encontrar otro final, el analista remite al principio y lamenta la «falta de liderazgo» que anuncia un futuro incierto.

-¿Cuándo se quebró todo?

-Si le pregunta a un independentista, le dirá que en el 2010 con la sentencia del TC sobre el Estatut; si interroga a algún partidario de la unidad de España, a partir de que Artur Mas convoca elecciones en el 2012 y se arrojara en brazos de ERC y la CUP. En mi opinión, el punto de inflexión fue la lista plebiscitaria del 2015, cuando se crea la coalición Junts pel Sí con un mandato clarísimo de ruptura. A partir de ahí se ha ido cerrando el callejón donde ahora estamos atrapados con una pasarela muy estrecha en la que ya casi todo va de distribuir costes, porque todos vamos a salir muy dañados.

-¿Cabe una solución sin costes?

-Imposible. Desde el 6 y 7 de septiembre (aprobación en el Parlament de la Ley del Referéndum) hay un dilema cegado: restablecer la legalidad en Cataluña y, a la vez, buscar un encaje territorial cercano al nacionalismo moderado. El Estado como tal no puede no reaccionar frente a esta situación, pero sabe que esa reacción (artículo 155) carece de precedentes, comporta enormes riesgos, generará un shock dentro de Cataluña y un efecto expansivo en el conjunto del Estado. ¿Cuándo había visto usted antes tantas banderas de España en los balcones? Eso aboca a una coyuntura donde hace falta más liderazgo para asumir los costes, porque ahora es más difícil virar. Seguir a la opinión pública es ir cuesta abajo; dar un paso atrás es ir cuesta arriba pero eso, a los políticos que sólo miran al corto plazo, les da miedo . Hay que reconocer el hecho de que debe buscarse una reforma de la Constitución en la cual se 'venda' muy bien que va en ganancia de todas las comunidades el Estado y no te estás plegando a las demandas de un solo territorio.

-La reforma constitucional siempre se asocia a más dinero, mayores competencias, asimetrías.

-Hablamos por supuesto de distribución de la financiación, pero también de cierto reconocimiento simbólico. Para Cataluña, por ejemplo, el tema de la lengua es central. Y si su percepción es de amenaza, a lo mejor hay que blindarla. Eso impele necesariamente a un equilibrio entre los territorios que quieren devolver competencias y los que anhelan más. Reconocer que en este 'café para todos' en el que estamos ahora hay quien lo quiere solo, cortado o con leche. Pero todo ello tiene que hacerse dentro de la ley, y los independentistas han medido muy mal sus fuerzas con la mitad de la población y la opinión internacional en contra. Sólo tienen fuerza para una cosa que están logrando a la perfección: una crisis constitucional enorme y que su autogobierno pueda retrotraerse al nivel de 1977 con el 155.

-¿Qué culpa tiene la 'otra parte'?

-El PP ha permitido que el problema se enquiste. Es comprensible que en el 2012 no se pueda afrontar una reforma de la financiación con España casi al borde de la quiebra, pero a partir del 2014 debes abrir cauces de negociación. Y no digo transigir a las demandas. ¿Por qué no se abrió entonces una comisión de reforma constitucional y se hace ahora a toda prisa? Así se hubieran quitado al independentismo dos argumentos clave: hacemos un referéndum porque no nos queda más remedio y el PP sigue en que España es irreformable.

-¿Dónde queda el diálogo que ahora tanto se invoca?

-Esa apelación es fascinante, porque lo que esconde es cómo dialogar una rendición. Un diálogo sin condiciones, cuando en realidad hay una enorme gama de grises. Podemos ha sido muy equívoco y narcisista poniendo pegas a la reforma constitucional y el PSOE siempre habla de federalismo como una palabra mágica que nunca concreta y en la que sus propios líderes no se ponen de acuerdo.

-¿Pueden unos comicios evaporar el sentimiento independentista?

-Pueden repetirse las elecciones mil veces, pero el afán de esos 2 ó 2,5 millones de personas no va a desaparecer. Lo razonable es gestionarlo, buscar un compromiso en aquello que la mayoría de la sociedad catalana y la española comparte: hay que cambiar el statu quo. Sería un drama que el cierre de todo este proceso fuera un repliegue en clave nacional y tras sufrir la crisis económica más brutal de las últimas décadas que ha dejado sangrantes cicatrices en forma de paro y recortes, hubiera unas elecciones generales hablando sólo de banderas y territorios. No lo podemos permitir como país. Y anote esto: España es uno de los pocos países donde la extrema derecha es irrelevante... de momento.

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