Un perro se muda de Cordovín a Cañas para estar cerca de su 'amada'

Pipa y Ron, junto a la vivienda de la primera en Cañas. :: la rioja/
Pipa y Ron, junto a la vivienda de la primera en Cañas. :: la rioja

Un can cambia de pueblo (de Cordovín a Cañas) y de dueño para estar cerca de su 'amada'

JAVIER OSÉS

Desde que el mundo es mundo, perro, hombre y fidelidad son sinónimos. Se cuenta la historia de animales que han muerto de pena tendidos sobre la sepultura de sus dueños. Otros que han salido a su auxilio cuando eran atacados, exponiendo su propia vida. Y hace unos años, un anuncio televisivo contra el abandono animal nos dejaba a los espectadores al borde del llanto: en él, se veía a una familia que iba de vacaciones de verano detener el coche en una carretera solitaria, abrir la puerta, obligar al perro a bajarse y luego continuar la marcha hacia Salou o Santa Pola mientras el can miraba con infinita tristeza cómo esos majaderos se perdían en el horizonte de brea, moscas y sol. Un mensaje sobreimpreso en la pantalla decía: «Él nunca lo haría».

¿Seguro que no lo haría?

Bueno, seguro, seguro, no. Y, si no, que se lo pregunten a Ron.

El dueño de Pipa ha devuelto a Ron quince veces a Cordovín y las quince ha vuelto

Y es que el amor (o el sexo) echa por tierra todos los tópicos.

Ron es un perro lanudo, un setter negro con mechas blancas o un setter blanco con mechas negras, amigable, pacífico y saltarín. Como cualquier otro perro. Pero con una singularidad. La singularidad de que un buen día se fue de su Cordovín natal, siguiendo el embriagador aroma de una perra en celo, y se presentó en Cañas, a tres kilómetros de distancia. «Ya le puedes decir que no va a conseguir nada», le decían al dueño, «ya que a la perrita (que se llama Pipa) la tiene encerrada como si fuera una monja de clausura». Pero Ron se las apañó para fecundarla, no se sabe cómo ni cómo no. Y desde entonces no se ha movido de la puerta de la casa de su amada.

Ya va para dos años. Y si el dueño de Pipa lo ha devuelto quince veces a Cordovín, donde sus dueños, quince veces que ha regresado andando por los caminos, entre viñas, trigos y sol, mucho sol. «A veces lo he llevado con el tractor», cuenta el amo de Pipa, «y cuando he vuelto a Cañas ya me estaba esperando en la puerta de casa».

Cuando tiene hambre, se acerca al restaurante La Casona y disputa las sobras a los gatos que merodean por allí. Y, una vez saciado, vuelve donde Pipa.

Se podría decir que Ron es un perro infiel. O todo lo contrario. Se podría decir que Ron es el perro más fiel del mundo. No fiel a sus dueños. No. Sino fiel a Pipa, su amada.

«Guau, guau, guau», le dice cuando la ve acercarse.

Y ella, con una voz dulce, melancólica y femenina, le responde: «Guau».

Un guau que a Ron le suena a música.

A música celestial.

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