Las pequeñas paradas del Camino

Aitor Fernández sirve el desayuno al peregrino alemán Matthes Schauerte en la terraza de su bar en Ventosa. /Jonathan Herreros
Aitor Fernández sirve el desayuno al peregrino alemán Matthes Schauerte en la terraza de su bar en Ventosa. / Jonathan Herreros

La ruta jacobea sostiene la vida y la economía en las localidades de menor tamaño del tramo riojano

Pilar Hidalgo
PILAR HIDALGO

logroño. La puerta de la panadería de Grañón señala que está 'open' (en lugar de 'abierta'); por Cirueña, ahora que es temporada alta, pasean más mochilas que boinas; Azofra recibe al visitante con un rosario de carteles, señales, conchas y flechas amarillas; y una foto de la fachada de la catedral de Santiago de Compostela preside una de las paredes del bar del pueblo de Ventosa. Estos cuatro municipios, ninguno de los cuales rebasa los 260 habitantes censados, constituyen las paradas de menor dimensión de la ruta jacobea a su paso por La Rioja. En estos pequeños pueblos, en los que de no ser por el trasiego de peregrinos reinaría el silencio, «el Camino de Santiago alegra».

Ventosa

POBLACIÓN

176
habitantes tiene Ventosa, según el último dato del INE del 2017.
139
habitantes tiene Cirueña, según el último dato del INE del 2017.
204
habitantes tiene Azofra, según el último dato del INE del 2017.
255
habitantes tiene Grañón, según el último dato del INE del 2017.

Apertura a un espacio multicultural y de calma

El alemán Matthes Schauerte había empezado su etapa del día en Navarrete, pero un fuerte dolor en la rodilla le obligó a no tardar en hacer una primera pausa para desayunar. «Sólo se puede tomar un zumo de naranja así en los países del sur de Europa», declara sentado en la terraza del restaurante Virgen Blanca, el 'bar del pueblo' de Ventosa. A los pocos kilómetros de iniciar andadura, este emprendedor germano necesitaba descansar. Otros caminantes y algunos aficionados a la bicicleta de montaña se acodan en la barra para reponer energías. «Si no fuera por el Camino, entre semana me iría mal», reconoce el adjudicatario del bar, Aitor Fernández. Pero gracias a la ruta jacobea, «puedo dar trabajo a dos chicas del pueblo». «El Camino me resulta muy satisfactorio; no sólo a nivel económico, sino también personal porque aprendo idiomas y conozco a gente diferente», afirma Fernández. «Voy buscando un tiempo conmigo mismo, silencio y no pensar», declara el joven alemán. La calma de lugares como Ventosa atrapa a Matthes un ratito más.

Azofra

Creación de empleo y sostén para bares y tiendas

Ahora que la ruta jacobea vive su temporada alta, Azofra registra un trasiego constante de acentos, culturas y nacionalidades. «Como otras localidades sufrimos un proceso de merma de población; por lo que, de no ser por los peregrinos, entre semana aquí no habría mucha vida», admite el alguacil y encargado de los albergues municipales, Augusto Loma-Osorio. El alguacil indica que la llegada de caminantes «genera empleo y mantiene tiendas y bares». «En invierno, al no haber gente, se plantean incluso cerrar». Azofra cuenta con tres instalaciones municipales de este tipo, con una capacidad de 60, 18 y 16 plazas. Curiosamente, el albergue más grande de Azofra resulta de lo más solicitado por aquellos que roncan por las noches; ya que sus habitaciones no son grupales con literas, sino dobles con dos camas individuales. «Hay peregrinos que lo buscan expresamente porque desde Roncesvalles hasta Santiago son muy pocos los que disponen de habitaciones dobles y así no molestan tanto», apunta el encargado. Incluso cuenta que, en las épocas menos álgidas, «hay personas que pagan por la habitación entera» para no perturbar el sueño del otro con sus ronquidos.

Jonathan Herreros
Gregorio y José Luis Cañas, con unos peregrinos en Cirueña.
Gregorio y José Luis Cañas, con unos peregrinos en Cirueña. / Jonathan Herreros
Chuchi Villar y Susana Blanco, en su panadería en Grañón.
Chuchi Villar y Susana Blanco, en su panadería en Grañón. / Jonathan Herreros

Cirueña

Conversaciones y fotos que dan ambiente y vida

José Luis Cañas y su amigo Gregorio Cañas toman la fresca sentados sobre el poyete de una casa, aunque la mañana ha salido «falsa» y amenaza tormenta en Cirueña. «Antes en este pueblo estábamos casi 100 vecinos, pero ahora sólo dormiremos en él 29, y en invierno incluso menos», relata José Luis. Ellos son los únicos locales a mediodía en la calle. «Si no ves a alguien que va al médico, no te encuentras con nadie», asegura el mayor. Así, no extraña que diga que aquí el goteo de peregrinos «alegra». «Algunos paran, te preguntan esto y lo otro y charlamos un rato. Otros se sacan fotos con nosotros y nos hace ilusión cuando nos las mandan desde el extranjero», confiesa José Luis. Durante la elaboración de este reportaje la pareja de cirueños volvió a retratarse con varios caminantes. Y es que cómo no inmortalizar el paso por una localidad que lleva a gala la longevidad de sus gentes. «La mayoría de los que vivimos aquí tenemos de 80 años para arriba. El más joven de los que está de quieto es mi hijo y ya ha cumplido los 50», comenta José Luis.

Grañón

Donde el inglés resulta casitan común como el español

Antes de que el Camino de Santiago se interne en tierras castellanas, Grañón retiene un tiempo más al peregrino en La Rioja. En la última 'pequeña' parada de la ruta jacobea en la región, el inglés resulta un idioma casi tan común como el español. El bar que abre sus puertas frente a la iglesia se llama 'My way', tras los mostradores de varios establecimientos y de la farmacia lo mismo se despacha en la lengua de Cervantes que en la de Shakespeare, te cuentan por su vocablo internacional que una 'food truck' sirve cantidad de desayunos entre los que parten con el alba de Santo Domingo de la Calzada y en la Panadería Jesús puedes comprar tanto una barra sobada como un 'corn bread' (pan de maíz) o hasta un 'stollen' (una variedad de pan típica de Alemania). «Ahora también elaboramos pan de cereales o una especie de barra sin corteza que gusta mucho a los sudamericanos», explica Chuchi Villar, el panadero, en lo que constituye todo un ejemplo de cómo adaptarse a tan variopinta clientela. «Nos amoldamos a ellos, aunque este negocio no subsiste por los peregrinos, sino por los del pueblo», sostiene su mujer, Susana Blanco. Dice que contar con una oferta tan plural «no significa que compren más, pero sí que se van más contentos».

Una albergue con voluntarios y actos comunitarios

Los grañoneros señalan con orgullo que «Grañón es uno de los puntos más especiales del Camino», en buena medida gracias a la singularidad de su Hospital de Peregrinos San Juan Bautista. Este albergue para caminantes se sitúa en lo que hace tiempo fue un hospital para peregrinos ubicado en un anexo a la parroquia, de ahí el nombre que conserva. Lo atienden hospitaleros voluntarios, que rotan cada quince días y no obtienen más pago que «el ambiente de compañerismo y de convivencia que se crea entre gentes de diferentes países», declara el mexicano Luis Antonio Sánchez, antes de completar su estancia en Grañón atendiendo a los peregrinos. Para crear ese clima, el albergue grañonero desarrolla un ritual de actos en grupo. Cada jornada a las 20 horas se sirve la cena comunitaria, tras la que todos lavan sus platos juntos sobre la mesa. Luego en el coro de la iglesia se vive una emotiva ceremonia, en la que se invita al silencio y la reflexión sobre la ruta jacobea. «Hay gente que viene con mucha carga interna y esto ayuda a sacarla», admite Sánchez. Unos cánticos con la guitarra o el ukelele hacen el resto.

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