¿Y si no hubiera habido pantano?

MARÍA MALO

Aventurarse es la única manera posible de responder a esta pregunta. En la actualidad ninguna otra fábrica relacionada con la industria textil funciona en los pueblos vecinos. Tampoco se cultivan los campos. Por tanto, la expropiación de aquellas tierras prósperas y aptas para el cereal, no sería óbice ni cortapisa para desenmascarar el éxodo rural que está terminando con los pueblos de Cameros.

Quizás la fábrica de la familia Navarrete sí que hubiera extendido su producción unos años más, lo que habría permitido alargar la vitalidad de Ortigosa hasta el inicio de la década de los 70. Pero sobrevivir a la industrialización del sector textil se hubiera antojado más que difícil. Además, la desaparición de la oveja merina y de la trashumancia con Extremadura tampoco ofrecía esperanza alguna. Todo ello, en parte, fue lo que sucedió a la fábrica de Jesús Rubio que, situada en una zona previa a la que hoy ocupa el pantano, se vio abocada a dar por finalizado su periplo industrial en el año 1966.

Ortigosa sufre un mal endémico cuya solución se antoja complicada: la despoblación y el éxodo

Cuesta hacerse a la idea de que todo el potencial que Ortigosa tuvo en el S. XX se esfumara de la noche a la mañana. El pueblo acogió en este siglo sus obras arquitectónicas más características: en 1910 el puente de hierro, que une Santa Lucía con el camino que lleva a la entrada de las cuevas; o en 1924 el puente de cemento que une los barrios de San Martín y San Miguel. Sus fábricas funcionaron a pleno rendimiento, sobre todo, durante la Primera Guerra Mundial y la Guerra Civil: se elaboraban mantas para los ejércitos, así como parte de la vestimenta de los soldados. También pasaron aquellos tiempos en los que Ortigosa exportaba su producción a Inglaterra, enviando la mercancía a través del puerto de Bilbao.

Ahora la situación se antoja bien distinta. Ortigosa sufre un mal endémico cuya solución se antoja muy complicada: la despoblación y el éxodo. Se ha convertido, igual que el resto de sus vecinos cameranos, en un pueblo fantasma que vive del visitante y anhela tiempos pasados. La supervivencia será, como sucedió tras la llegada del tifus en los inicios del siglo XVIII, el mayor reto que le queda por vivir.

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