Una oreja para Urdiales en Bilbao

EFE

El torero arnedano se llevó el trofeo en el cuarto de la tarde

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Un total de tres orejas se han repartido hoy en Bilbao, por distintos méritos, Diego Urdiales, Manuel Escribano y Paco Ureña, de una corrida de Victorino Martín de muy desigual comportamiento pero en la que ha destacado especialmente la brava clase del quinto de la tarde.

FICHA DEL FESTEJO:

Cinco toros de Victorino Martín y un sobrero de Salvador Domecq, sustituto del sexto devuelto por flojo, grandón y de escaso fondo. Los titulares, dispares de cuajo y en general muy justos de raza o de fuerzas. Destacaron en los extremos el peligroso y orientado primero, para mal, y el enclasado quinto.

Diego Urdiales, de azul turquesa y oro: estocada desprendida atravesada (palmas); pinchazo en los bajos y estocada (oreja tras aviso).

Manuel Escribano, de nazareno y oro: dos pinchazos, media estocada desprendida y descabello (ovación tras aviso); estocada (oreja con fuerte petición de la segunda y dos vueltas al ruedo).

Paco Ureña, de caña y oro: estocada desprendida (oreja); pinchazo hondo y tres descabellos (silencio).

Entre las cuadrillas, brillaron por su efectividad y buena ejecución de la suerte los dos picadores de Diego Urdiales, Manuel Bernal y Manolo Burgos; y en la brega, El Víctor y Víctor Hugo.

Quinto festejo de abono de las Corridas Generales, con media entrada (unas 7.000 personas), en tarde nublada y con viento.

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La tarde en Bilbao se quedó tan cárdena de nubes como el pelaje de los "victorinos", que conformaron un lote desigual en todo, tanto por cuajo, con varios bien rematados frente a otros escurridos de carnes, como por juego, desde el peligroso y evidente sentido del primero a la gran clase del quinto.

Pero, entre ambos extremos, al resto de los ejemplares les faltó una buena dosis de raza y/o de fuerzas para estar a la altura del historial de la famosa divisa extremeña.

En ese contexto ganadero, la terna solventó la papeleta con muy distinto acierto aunque con el idéntico balance final de una oreja por coleta que no expresa con claridad el valor de cada faena.

A Manuel Escribano, por ejemplo, le correspondió en suerte, y nunca mejor dicho, el toro estrella de la corrida, ese quinto bajo y de finas hechuras que rompió a embestir con claridad y entrega desde el mismo momento en que lo recibió con una larga a portagayola.

Una vez que cubrió el tercio de banderillas con la misma facilidad que con el desrazado primero de su lote, el diestro sevillano fue cogiéndole paulatinamente el aire a un astado que tuvo siempre idéntico ritmo y clase. Y fue solo cuando le dio aire y espacio en los cites cuando la faena cobró verdadero vuelo, aunque de corto recorrido...

En realidad, los grandes momentos fueron apenas dos series con la derecha en las que Escribano encontró el acople para que el toreo y el toro fluyeran con la ligazón armónica que merecían tantas virtudes bovinas, justo antes de, en otro de sus aciertos, lo matara de una perfecta estocada que provocó la fuerte petición de esa segunda oreja que el presidente, aquilatando méritos, no concedió.

Otro trofeo había cortado Diego Urdiales en el turno anterior, una vez que tuvo que sortear las amenazadoras coladas del orientado toro que abrió plaza, la típica "alimaña" de Victorino.

Pero con ese cuarto el torero riojano, al que la afición obligó a saludar tras el paseíllo en recuerdo de sus anteriores éxitos en esta plaza, pudo mostrar el poso y el puro fondo de su toreo, a pesar que el "victorino" tuvo solo contadas virtudes.

Sobre la base de la simple y noble movilidad del astado, aunque sin gran recorrido ni celo en las embestidas, Urdiales fue alargándolas centímetro a centímetro, ofreciéndole todas las ventajas durante una faena construida con paciencia e inteligencia.

Mediada la obra fue ya cuando pudo el de Arnedo empezar a recoger los frutos de su "inversión", recreándose con gusto y torería en el limpio trazo de los muletazos, acompasando pecho y cintura en cada pase tanto por la derecha como al natural y provocando los olés más rotundos de la tarde.

No aguantó demasiado tanto buen trato el de "victorino", que, por su escasa raza, acabó por rajarse. Pero aun tuvo tiempo de sacarle Urdiales algún pase airoso y de sabrosa suavidad antes de tumbarlo de la estocada que siguió al feo pinchazo que, precisamente, le impidió llevarse un segundo trofeo.

La oreja que paseó Paco Ureña, en cambio, fue el premio a la voluntad que puso en la muy dilatada faena al tercero, también medido de casta y que, por ello, le agradeció más los muletazos en paralelo y a media altura que otros de mano baja y en redondo que le suponían mayor esfuerzo.

En busca de un acople que llegó interminente, se alargó Ureña de más, hasta que una fulminante estocada justificó la aparición de los pañuelos. Ya con el sexto, un sobrero grandón y desfondado, su reconocido empeño no dio para tanto.

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