Mis ojos a cambio de tus piernas

Julián y Arturo, dos amigos. :: /virgen de las tres fuentes
Julián y Arturo, dos amigos. :: / virgen de las tres fuentes

JAVIER ALBOValgañón

En una película del año 1989, 'No me chilles, que no te veo', Richard Pryor y Gene Wilder interpretan a un ciego y un sordo que, para poder defenderse tras convertirse en los principales sospechosos de un crimen, tuvieron que ayudarse mutuamente: Wally, el ciego, se convierte en los oídos de Dave, y éste en los ojos de Wally.

Es ficción, pero en la vida real hay muchos casos de personas que han sido auténticos ejemplos de apoyo mutuo; una suerte de 'simbiosis' necesaria como la de Arturo Alonso Capellán (1921-1999) y Julián Sancho Sancho (1913-1996), dos inseparables amigos de Valgañón que se complementaban.

«Eran un ejemplo de generosidad mutua», resume Javier García Mateo, de la asociación Virgen de las Tres Fuentes. Y es que Arturo no podía caminar. Una poliomielitis le causó una inmovilidad total de las piernas y se desplazaba en un carro de ruedas de manillas que él mismo se había construido. Julián, por su parte, apenas veía, pero tenía dos buenas piernas y brazos con los que empujaba el carro de su amigo, mientras éste le iba guiando: «Ahora a la derecha», «cuidado con el escalón»... Y así, siempre juntos, la villa riojalteña y la posteridad les recuerda.

Julián empujaba el carro de Arturo y este le iba guiando. Eran dos amigos que se complementaban

«Lo único que les distanció fue que, a principios de los años 60, Julián se fue junto a su familia a vivir a Bilbao, donde falleció, aunque pasaba largas temporadas en Valgañón», recuerda García Mateo. La amistad no perdió fuelle. Cuando Julián regresaba al pueblo, sobre todo en verano, ayudaba a Arturo en la carpintería que éste tenía en los bajos de su casa, haciendo el trabajo más duro, bien garlopa, sierra, cepillo... Y, sobre todo, aprovechaban para pasear. «Era normal verlos subir por la carretera de Tres Fuentes con Julián empujando el carro, y también bajar a Ezcaray», rememora el guionista de esta historia.

En los años 70 Arturo se compró un motocarro. Los desplazamientos se hicieron más largos y Julián ya no empujaba sino que iba montado. Así, hasta que el vehículo se rompió y, como no había dinero para arreglarlo, Arturo retomó su viejo vehículo y, por supuesto, la ayuda de Julián.

Arturo vivía solo, y era un autodidacta. Sabía tocar la guitarra, la bandurria, el acordeón, la armónica y, solo o con sus tíos Ciro e Inocente, e incluso con Julián, que aprendió de él los acompañamientos, amenizaba las fiestas de pueblos y aldeas. En los bajos de su casa tenía una pequeña carpintería en la que fabricaba y reparaba utensilios para las labores del campo. Por encargo, también fabricaba culatas para escopetas. «No se me olvida cuando construyó un cochecito de madera para sus sobrinos que era la envidia de los demás niños», recuerda Javier, que añade a esta habilidad su afán por inventar cosas. «Tenía obsesión por la rueda del movimiento continuo y en su casa tenía instalada una rueda sobre un eje, a la que iba poniendo contrapesos para lograr su objetivo», cuenta.

«Eran dos inteligencias privilegiadas que supieron encontrarse y ayudarse mutuamente, aportando cada uno sus mejores dotes físicas», dice de ellos Rafael Torres. Dos amigos unidos por un motocarro que posaron un día igual que se les recuerda: juntos.

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