Nostalgia del porvenir

Nostalgia del porvenir

«No hay melancolía sin memoria, ni memoria sin melancolía» marcel proust

JORGE ALACID

Cuando el lunes Cuca Gamarra concluyó su discurso sobre el estado de la ciudad, Ceniceros no estaba allí. (Pero sí Conrado Escobar, que lo siguió atentamente).

Cuando al día siguiente la alcaldesa despertó, el presidente sí estaba allí.

Entre ambas escenas, mediaba una cuarentena de folios donde se contenía la visión, amalgamada con promesas de toda índole, que Gamarra posee de la ciudad que preside. Una intervención ejecutada con brío y conocimiento de causa: lleva seis años al frente de Logroño. De modo que no puede extrañar que la alcaldesa sepa el terreno que pisa, más allá del grado de convencimiento (y de persuasión) que emane de sus palabras y de la solidez de los compromisos, de cumplimiento mejorable, que colonizaron su discurso. Nacida en Logroño en 1974, Gamarra es licenciada en Derecho. En los escaños de la oposición, atendiendo su discurso durante las dos horas que le concedió el protocolo, se sentaba su espejo: Beatriz Arráiz, nacida en Logroño en 1974, licenciada en Derecho. Quien leyó igualmente sus papeles con energía similar y se permitió asimismo adornarlos con el tipo de promesas que corresponde a quien pretende algún día gobernar el Ayuntamiento.

Se trataba por lo tanto de un combate desigual: porque a quien ejerce el Gobierno le ampara la posibilidad de huir de la abstracción e ingresar en el terreno de los hechos, mientras que la oposición deberá transitar siempre por el contrario por los caminos de la evanescencia. La liturgia tampoco le ayuda. Así como el Ejecutivo acomoda su discurso sin límite de tiempo, Arráiz y resto de controladores de Gamarra tienen muy acotado su turno de réplica. Deben ir a lo concreto, mandamiento que aplican con diferente éxito: puesto que no pueden competir con el equipo gubernamental en el terreno práctico, tendrían que acomodar su mensaje al territorio de lo inaprensible. Derrochar la ilusión propia de quien tiene el futuro por delante, un entusiasmo que debería ser contagioso. Y acertar en el centro de la diana cuando lancen sus dardos.

Ahí residió en realidad el nudo central de la argumentación socialista. Ese raro momento. Cuando Arráiz lanzó a Gamarra la siguiente pregunta: «Se comprometió a no presentarse en el 2019, ¿lo va a cumplir?». Esa es la herida abierta en el corazón de la alcaldesa, donde volvió a golpear su contrincante: porque así como Arráiz aspira (con alguna opción de éxito) a gobernar el PSOE de Logroño, Gamarra ya fracasó en un intento semejante a escala regional y tiene pendiente saber si retendrá el poder en el PP logroñés o si sus rivales del interior del partido envían a alguien para disputarle ese trono.

Es un murmullo que crece y se dispara en dirección al calendario: como se ha advertido al principio, Gamarra cumplirá en diciembre 43 años. Por eso tal vez la música de su discurso ante el pleno logroñés sonaba como sonaba: la canción de quien atisba un porvenir que empieza a alejarse de sus expectativas. La clase de síntomas que no puede compartir Arráiz: a pesar de su condición de coetánea, porque ella nunca ha gobernado. Así que la portavoz socialista puede amenazar con conquistar la luna y será creíble. Una certeza que pudo haber inspirado la columna vertebral de su intervención, en vez de competir en la letra pequeña con la alcaldesa de obras municipales y promesas de pelaje menor. La oposición no puede permitirse ser derrotada en el terreno del entusiasmo. Debe poseer (o al menos parecerlo) una dosis adicional de frescura, el alimento esencial para cortejar al futuro votante. De lo contrario, se instala donde el Gobierno al que critica: en el país de la melancolía. El reino de lo que pudo haber sido.

Así que Gamarra se marchó del salón de plenos mejor de como había entrado. De momento, el presente sí que es suyo. Sin necesidad de contestar a esa pregunta que le dirigió Arráiz y que aún flotaba en el aire. Porque cuando abandonó el atril, Ceniceros ya no estaba allí.

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