LAS MUÑECAS RUSAS

LÍNEA DE PUNTOS - JORGE ALACID

Noticia bomba en el Parlamento: el PSOE ya ni aplaude cuando sale aprobada alguna de sus propuestas. Señal de que va ganando. Gana a menudo por incomparecencia de sus rivales, señaladamente los del PP, empeñados esta legislatura en disponer sus escaños para el juego de las sillas musicales, con esos diputados que entran y salen y Ana Lourdes González como cuarto árbitro, esgrimiendo la pizarra con el dorsal que en cada sesión desvela quién viene y quién se va. Ciudadanos propone su propio pasatiempo: adivina con quién vota esta mañana. Es decir, si apoya al Gobierno que tanto le debe o si se transforma en oposición. Aunque la juerga máxima se vive en las bancadas de Podemos, una suerte de gran familia española, cuyos cuatro diputados ejercen de cuñados de sí mismos. De manera que los socialistas, quienes disponen por supuesto de sus propias contradicciones, al menos pueden alardear de que uno los encuentra allá donde los dejó.

Por el contrario, el grupo que apoya al Gobierno vive atenazado por las paradojas. Véase el caso del pleno de ayer. José Ignacio Ceniceros afeaba a la oposición que sacara a pasear por el Parlamento a la asombrosa juez Elósegui, puesto que la controversia que protagoniza entiende el presidente que casa mal con las características propias de un Legislativo regional, pero acto seguido incluye en el orden del día una discusión sobre la prisión permanente revisable, allá penas si su Gobierno carece de competencias en semejante material. Ser consecuente no se lleva mucho esta temporada por el antiguo convento de La Merced, donde la tendencia triunfante es el lío. El alboroto eterno, para estupefacción tal vez de las recién llegadas: Cati Bastida, a quien acompañó un nutrido grupo de vecinos de Autol para verle jurar su cargo, aunque pronto se apresuraron a dejarla sola, aburrida en su escaño. Donde abría y abría los ojos, como preguntándose si había merecido la pena batallar para hacerse con el sitio que dejó vacante Regina Laorden, cuya retirada niega la teoría según la cual en la política se entra sólo por interés: también se puede ingresar, permanecer y marcharse a la ocupación privada con sentido de la elegancia.

Debe aceptarse que el estreno de Bastida y su flamante vecina de asiento, la reaparecida Esther Agustín, mereció la pena atendiendo a un acontecimiento que a ellas les sonaría novedoso: la enésima interpelación de la socialista Emilia Fernández al consejero de Educación de turno, un clásico como el concierto vienés de Año Nuevo o el arnedano Robo de los Santos. O el clímax: cuando Ceniceros anunció ayer una nueva ley, de nomenclatura encantadoramente soviética. La Ley de Simplificación y Mejora de la Regulación Económica, nada menos. La grandilocuencia al poder.

Así que mientras avanza la legislatura entre fuegos artificiales, juegos florales y una producción legislativa muy mejorable, cualquier asomo de dinamismo por el Parlamento siempre puede esperar. Para que triunfe habrá que aguardar a que se despeje la reforma del reglamento, que a su vez ayudará a que se reforme la ley electoral, requisito imprescindible para que se reforme el Estatuto. Las muñecas rusas, el espectáculo de moda.

Con permiso de Podemos.

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