NO NOS METAMOS EN ESO

JORGE ALACID

Minuto cinco del pleno. Alfonso Domínguez corre por la banda, salva el atril, se infiltra entre los bancos de Ciudadanos y se pone a las órdenes de Diego Ubis, entronizado como pontífice máximo del acuerdo presupuestario, según un protocolo con besamanos incluido. ¿Gol? Hablaba mientras tanto Jesús María García de abejas y xilella fastidiosa, nada menos, pero apenas recibía atención de sus pares: las cámaras solo tenían ojos para Ubis. Que coge un papelito, avanza hacia la presidencia, charla con un funcionario, asiente y regresa al sillón sin atender las palabras de Raquel Sáenz, quien se desgañita sin éxito desde el estrado. Minuto 25. Pedro Sanz, a lo suyo: es la hora de abandonar la butaca. No es el único en ausentarse: algún consejero ya no aguanta más y decide adelantar la hora de la siesta.

Pero el hombre del día es Domínguez. Cabildea por los pasillos con su manojillo de folios, pone a Jesús Ángel Garrido a trabajar de conciliábulo por los corredores del Parlamento, entra y sale del salón de plenos y contiene la respiración. Porque con Ciudadanos nunca se sabe si todo está atado y bien atado. Así que mantiene todo el tiempo informado a su jefe y observa de vez en cuando las orientaciones de su compañero Carlos Cuevas, que desde el congreso de Riojafórum ejerce en el Consejo de Gobierno como una suerte de secretario de organización del PP con sueldo público, auscultando La Rioja interior para que toda reivindicación, desde la humilde farola hasta la venerable barandilla, acabe anidando en el presupuesto.

Prosigue el pleno. Los diputados van corriendo turno desde el atril, ajenos al desinterés generalizado por sus palabras. Saben que protagonizan un espectáculo inane, donde muchas partidas allegadas a última hora se parecen sospechosamente a las aprobadas hace un año y nunca ejecutadas. Pero qué importa. Se trata de fingir. De pedalear en sus bicis como los malos ciclistas. Aquellos que carecen de un objetivo definido. Los que se van al suelo si dejan de darle a los pedales.

El pleno presupuestario se organiza a mayor gloria del momento de las votaciones. El resto del debate sobra. La cocina ha funcionado con tal grado de eficacia que este guiso sale del puchero en plan lentejas: o las comes... Etcétera. El único margen del que disponen sus señorías es la letra pequeña de la ley, donde cabe la aportación de urgencia cuyo destino es el antedicho: el limbo donde duermen las promesas que se aceptan sin ninguna intención de cumplirse.

Pocas veces como en esta clase de sesiones emerge con tanta crudeza la evidencia de que el Parlamento va por un lado y la realidad por el suyo. La EPA acaba de sancionar el feo estado de la economía riojana, como si hiciera falta recordarlo: el año pasado ya fue la región que menos creció de España, mientras los administrados soportan los salarios más bajos del país. Pero son datos que apenas interesan. Desaparecen del debate, monopolizado por las naderías propias del clientelismo, ese regionalismo de campanario donde la alta política parece vetada. ¿Un programa de futuro que ataque de verdad los problemas de La Rioja? Por favor. Como diría el gran Mariano Rajoy, no nos metamos en eso.

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