El mercadillo, privilegio itinerante

Animación en un mercadillo. /Miguel Herreros
Animación en un mercadillo. / Miguel Herreros

Los vendedores abonan a los ayuntamientos una tasa por situarse y en algunos municipios hay listas de espera | Los espacios comerciales temporales dan vida a muchas localidades riojanas yrefuerzan el atractivo turístico de algunas

Pilar Hidalgo
PILAR HIDALGOLogroño

Kilómetro a kilómetro, los mercadillos recorren La Rioja para, normalmente un día por semana, instalar una superficie comercial temporal, en la que los vecinos de cada localidad pueden adquirir un amplio abanico de productos.

El germen de esta alternativa de compra se remonta, por ejemplo, al siglo XIII en lugares como Calahorra. Por aquel entonces la celebración de mercados constituía un privilegio que otorgaba el Rey y fue Alfonso X 'El Sabio' el que se lo concedió a la ciudad bimilenaria.

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Algunos tenderos reconocen que estar expuestos a las inclemencias meteorológicas cada vez les resulta menos rentable por la fuerte competencia que suponen las grandes superficies comerciales y los nuevos hábitos de consumo. Si siguen, señalan, es por su clientela fiel (la mayor parte de ella formada por personas mayores). No obstante, en municipios como Lardero o Villamediana de Iregua hay lista de espera de solicitudes de comerciantes que quieren instalar sus puestos. En Lardero aguardan la autorización municipal cinco vendedores y en Villamediana, cuatro esperan a que se produzca alguna baja.

Para colocar sus expositores, estos tenderos ambulantes piden permiso a los ayuntamientos y, cuando reciben el beneplácito municipal, comienzan a abonar una cantidad. «Los permisos dependen del espacio con que contemos», indica el alcalde de Lardero, Juan Antonio Elguea, quien explica que en su localidad estos vendedores itinerantes pagan «una cantidad simbólica» por asentar sus puestos en la plaza de España. En concreto, cien euros al año, que pueden formalizar en dos pagos de cincuenta euros.

En Villamediana, la tasa es de cincuenta euros al trimestre. «El mercadillo da vidilla a la plaza y ofrece un servicio a los vecinos porque disponen de más oferta», valora la regidora villametrense, Ana Belén Martínez. En municipios con gran tirón turístico como Ezcaray o Santo Domingo constituyen un atractivo más. Así, la ezcarayense plaza del Atadero reúne cada sábado la nada desdeñable cifra de 74 puestos. La plaza Jacobea de la ciudad calceatense concentra esa misma mañana alguno menos, alrededor de medio centenar.

Además de por su abundantísima oferta, el mercadillo de Ezcaray se distingue porque tiene vigilante de seguridad privado y dos aseos portátiles instalados por los comerciantes para su uso propio. Entre las curiosidades, en Arnedo no se permite la venta en estos espacios de pan, pastelería, dulces o frutos secos. Tampoco de quesos, como en Alfaro.

Y en Albelda, hasta el inicio de las obras de ampliación de la plaza Mayor, el mercadillo se celebraba una semana en este céntrico espacio y otra en la plaza de España para acercar este servicio a los vecinos de las partes nueva y antigua, respectivamente, de esta localidad. En cuanto terminen los trabajos volverá a ser así. También para facilitar la compra, diversos municipios de la comarca de Haro acogen por tradición mercadillos dos veces por semana.

Lardero
José Antonio Romo

«Te tiene que gustar el trato con la gente»

José Antonio Romo.
José Antonio Romo. / Pilar Hidalgo

Encarna la tercera generación de una saga familiar dedicada a la producción y venta de frutas y verduras. José Antonio Romo Ocón, quien a sus 48 años lleva con orgullo el título de ser «el agricultor dedicado al cultivo de verdura más joven que queda en el término de Logroño», se levanta entre semana a las cinco y media de la mañana para cumplir con su calendario de mercadillos.

José Antonio lleva 19 años realizando la misma ruta y llevando frutas y verduras frescas a cinco municipios del área metropolitana de Logroño y de Rioja Alavesa. Los lunes despacha en Ribafrecha; los martes, en Albelda de Iregua; los miércoles coloca su puesto en Lardero; los jueves, en Elciego y los viernes le toca Laguardia.

Él vende la verdura que cultiva en su huerta del barrio logroñés de Cascajos «y lo que no tengo yo y, sobre todo, la fruta la compro a mis proveedores». Esto es, a eso de las seis de la mañana ya está en Mercarioja o recorriendo almacenes hortofrutícolas.

Como todos los miércoles para las ocho de la mañana comienza a montar su puesto en la plaza de España de Lardero. «Me lleva entre hora y hora y cuarto prepararlo y otro tanto recoger», indica. Así, hasta cerca de las 15 horas se le suele ver junto a los soportales de la Casa Consistorial 'cigüeña'.

José Antonio despacha los productos de la huerta con una sonrisa y mucha amabilidad. «En este trabajo te tiene que gustar el trato con la gente», asegura. De este modo, se sobrellevan mejor los madrugones, las kilometradas, el comercio itinerante, la venta a cielo abierto (tanto en los días de frío o de lluvia como en los de intenso calor) y el que los mercadillos hayan perdido parte de su tirón. «Nos encontramos muy afectados por la competencia de las grandes superficies y eso que la gente aún sigue viniendo a los mercadillos o a las tiendas pequeñas a por productos frescos como las verduras», expone.

Frente a las cajas bien surtidas de calabacines, berenjenas, coles, manzanas, naranjas, peras, brócoli, vainas o limones se va acercando un goteo de clientas. «Lardero es un pueblo grande, pero su mercadillo es pequeño porque al estar tan cerca de Logroño la gente no acude tanto aquí y va más a las grandes superficies de la capital», señala.

No obstante, José Antonio reconoce que tiene una clientela fija. «Lo más importante es la confianza que les das», afirma. Precisa que la mayoría superan los 45 años. «En esto también influye mucho la forma de comer, puesto que los mayores siguen guisando mientras que los jóvenes tiran más de precocinados», apunta.

Nájera
Mario Espinosa

«Este es un trabajo muy sacrificado y muy esclavo»

Mario Espinosa.
Mario Espinosa. / Félix Domínguez

Si a los vendedores de los mercadillos se les supone un ir y venir de mayor o menor amplitud, el vitoriano Mario Espinosa, a sus 31 años, tal vez se lleve la palma en cuanto al radio de acción de su recorrido. Su puesto de venta de bacalao y de encurtidos, principalmente aceitunas con sus diferentes variedades y aliños, comienza su periplo de ventas los martes en Pamplona. Al día siguiente se traslada a satisfacer a su clientela en la localidad zaragozana de Illueca, el jueves acude a Nájera, para estar puntualmente cada viernes en la alavesa Amurrio y cerrar sus peregrinar de ventas en la fronteriza Irún los sábados.

Eso le supone que, «cada día me tengo que levantar sobre las cuatro y media o las cinco de la mañana, porque lo primero que tengo que hacer es acudir a una de nuestras dos pescaderías a recoger todo el género, antes de ponerme rumbo a donde me toque ir». El viaje de cada jornada le supone «al menos una hora de ida y otro de vuelta», y para él, que se hizo cargo del puesto al dejarlo su padre «porque ya se hizo mayor y se le hacía muy pesado este trabajo», esta labor comercial itinerante, «es muy sacrificada y muy esclava, madrugas mucho y luego llegas tarde a casa».

Por si fuera poco, Espinosa, que antes de quedarse solo con el puesto de venta, «estuve algo más de tres años acompañando a mi padre», añade que «estás cada día cargando y descargando pesos, además del frío que se pasa en invierno y el calor en verano, sin olvidar las muchas horas que pasas de pie». Por el contrario, en el lado positivo de la balanza, coloca que «trabajas para ti, todo lo que se gana se queda en casa y no tienes que dar cuenta a nadie», además de «el trato con la clientela, que es algo muy gratificante».

Reconoce sin ambages que su trabajo «es rentable; si no, no estaríamos aquí» y señala que las mejores épocas de ventas «son en Navidad, en Semana Santa y en fiestas», a lo que añade para el caso de Nájera, «el verano, porque viene mucha gente de los pueblos de la comarca». (FÉLIX DOMÍNGUEZ)

Rioja Baja y Navarra
Rafael Herce

«El cliente de los mercadillos es un público mayor»

Rafael Herce, de Rincón de Olivedo.
Rafael Herce, de Rincón de Olivedo. / Sanda Sáinz

Un mes de marzo, hace ya seis años, el joven Rafael Herce Díez, de Rincón de Olivedo, comenzó su andadura como vendedor ambulante. Ahora tiene treinta años.

«Estaba en el paro y decidí sacarme el carné de autobús, porque me gustaba, pero no encontré trabajo como conductor. Un amigo de mi padre se dedicaba a la venta ambulante en la zona de Vitoria y hablando con él y animado además por mi madre me dije, voy a intentarlo»,rememora Rafa, que añade que compró una furgoneta y entabló relación con los proveedores.

El rinconero explica que al principio miró la posibilidad de instalarse en mercados de abastos e incluso visitó los de Logroño y Calahorra para ver si montaba allí su puesto pero al final optó por la venta ambulante en los mercadillos.

Comienza el montaje de su tienda a las nueve horas y en verano a las ocho y media. Recoge a la una y media.

Sobre todo vende bacalao de Islandia con variedad de cortes, aleta, filetes pequeños, grandes, colas, lomos, todo sin espinas; también desmigado y las bacaladas con espinas de toda la vida, cocochas, cabezas de bacalao. El bacalao es su producto estrella y, después, el embutido. Como complemento tiene sardinas, queso, olivas, frutos secos, algún caramelo...

Los lunes va rotando entre cuatro pueblos: Ribafrecha, Tabuenca, Ujué, Bureta. Cada dos martes está en Magallón y los otros dos alterna Ablitas y Aguilar del Río Alhama. Los miércoles acude a Aldeanueva de Ebro y los viernes a Cervera del Río Alhama. Los jueves lleva su puesto a Cascante (está allí cada dos semanas), Funes y Cornago (un jueves de mes en cada uno). El sábado se dedica a Ólvega, Enciso y Ambel y el domingo descansa aunque alguno se pone en Rincón de Olivedo.

«Estos seis años he estado a gusto y la venta no ha bajado. Eso sí, el cliente de los mercadillos es un público mayor», revela Rafa. (SANDA SÁINZ)

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