Medicinas buenas... para nada

Medicamentos homeopáticos en distintos formatos en una imagen de archivo. :: fotolia/
Medicamentos homeopáticos en distintos formatos en una imagen de archivo. :: fotolia
Nuestro bolsillo

España regula con décadas de retraso los 'medicamentos' homeopáticos | Los preparados homeopáticos no deberían poder decir que sirven para curar nada a menos que lo demuestren

Pablo Álvarez
PABLO ÁLVAREZLogroño

Es posible que no haya una polémica científica más agria que la que se refiere a la homeopatía. En realidad, es injusto llamarla «polémica científica», porque la ciencia en este caso sólo está de un lado: el de quienes afirman que esta práctica médico-industrial nacida en el siglo XVIII no tiene la más mínima base que la sustente.

Sin embargo, es indudable que la homeopatía tiene un mercado que la soporta, es decir, un buen número de consumidores que confía en ella. Lo cual no deja de ser curioso, teniendo en cuenta que sus efectos terapéuticos, según la opinión científica prácticamente unánime, no van más allá del placebo.

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En España, a esa situación ya de por sí extraña se une otra administrativamente kafkiana: ninguno de los «medicamentos» homeopáticos que se vende en nuestro país ha sido autorizado. Un reglamento de 1994 abrió la veda a que esos productos solicitaran esa autorización: más de 19.000 se inscribieron, lo cual colapsó la capacidad de las autoridades, que además nunca prestaron demasiada atención al asunto.

Curiosamente, aquel reglamento decía que la no respuesta de la administración equivalía a la no autorización del producto, pero aquí no pasó nada: se siguieron vendiendo los preparados en las farmacias sin ningún problema.

Lo de «ningún problema» es literal, porque ningún problema puede venir de un preparado homeopático. Estos productos se basan en un corpus de extrañas creencias sin validación científica entre las cuales sobresale la de que una enfermedad se cura con una dosis mínima del elemento que la provoca. Aún dejando de lado que no siempre es fácil eso de decir qué elemento provoca una enfermedad, el resto es delirante: los principios activos se diluyen una y otra vez en agua, hasta que, en algunos preparados, quedaría el equivalente a menos de una gota de agua diluida en todos los océanos de la tierra. Evidentemente, a esas alturas ya es absolutamente imposible encontrar nada de «provecho» en el preparado homeopático, que acaba siendo, básicamente, agua con azúcar y lactosa. Eso sí, a buen precio.

Pues bien, según la UE, los preparados homeopáticos deben ser llamados «medicamentos». Y los estados miembros estaban obligados a trasponer una normativa que regule su uso, cosa que España no ha hecho todavía.

Ahora, Sanidad parece dispuesta a hacerlo, según contó a las comunidades en su última reunión. En el borrador se explica que esos «medicamentos homeopáticos» tendrán que indicar en su envase «sin indicaciones terapéuticas», a no ser que lo demuestren con unos ensayos equivalentes a los de cualquier medicamento estándar. Algo que ningún fabricante de estos productos (una industria millonaria) ha conseguido hacer jamás.

Así pues, seguirá habiendo en la mayoría de las farmacias (algunas se niegan, pero son una dignísima minoría) «medicamentos sin indicaciones terapéuticas». O sea, medicinas buenas para nada. Evidentemente, hecha la ley, hecha la trampa. Hasta ahora, muchos de esos preparados simplemente indicaban en sus prospectos que se trataba de un remedio «tradicionalmente usado contra...», lo cual es decir sin decir, y habrá que ver si la nueva regulación lo permite.

El lado fiscal

Al menos, la regulación sí servirá para acabar con una situación de limbo que también tenía sus particularidades económicas: en teoría, esos medicamentos debían pagar una tasa, pero como no estaban registrados, no la pagaban, ni nadie se lo exigía. Está por ver (aunque parece que no) si se les van a exigir los retrasos. Al menos, a partir de ahora pagarán. Evidentemente, los consumidores podrán seguir comprando estos productos, aunque es de esperar que no lo hagan como sustitutivos de la medicina real. Porque un producto homeopático sólo tiene dos perjuicios: el del bolsillo (baratos no son) y el derivado del abandono de la medicina de verdad.

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