«Fue un mazazo, creía que mi hijo tenía un quiste, nunca un cáncer»

Miguel Serrano, que está superando un cáncer, levanta los pulgares en señal de victoria, mientras su madre, Lidia Sáenz Gil, le arropa. :: enrique del río/
Miguel Serrano, que está superando un cáncer, levanta los pulgares en señal de victoria, mientras su madre, Lidia Sáenz Gil, le arropa. :: enrique del río

Miguel Serrano, de 14 años, está ganando la batalla a un rabdomiosarcoma embrionario, un tumor casi impronunciable que le detectaron en abril pasado

Carmen Nevot
CARMEN NEVOTLogroño

Un día, sin esperarlo, el cáncer infantil se coló en su casa. Un intruso indeseado que logró parar el tiempo y marcar un abismo entre el ahora y el mañana. Era justo antes de Semana Santa del 2017. A Miguel Serrano le empezó a salir un «bulto extraño» en la zona del cuello, junto a la mandíbula. «Lo raro era que no me dolía, pero crecía», cuenta. Este súbito compañero de viaje no le impidió continuar con sus planes. Los días de vacaciones disfrutó con sus amigos en el 'urban camp', pero de regreso, al bajar del autobús, a su madre se le dispararon todas las alarmas porque «el bulto era muy grande».

La siguiente escala la hicieron en el servicio de urgencias del Hospital San Pedro. Ya no salió, Miguel debía quedarse ingresado para hacerle un rosario de pruebas. «Nos tocó una pediatra maravillosa -cuenta Lidia Sáenz, madre de Miguel- y enseguida le hicieron una biopsia. El bulto crecía a muchísima velocidad: «Cuando lo notó era como una almendrita y rápidamente parecía que se había comido un melocotón», detalla.

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En poco tiempo la pediatra le llamó a su despacho y «en ese momento me dijeron que era malo, que no sabían si era un linfoma o un sarcoma, pero era malo. Ese primer golpe fue un mazazo porque hasta entonces pensaba que lo que tenía mi hijo era un tipo de quiste, nunca un cáncer; no te esperas esta enfermedad a estas edades».

En ese instante los acontecimientos se precipitaron y las emociones giraban como en una centrifugadora. La doctora ya había contactado con el Hospital Miguel Servet, en Zaragoza, y con los oncólogos para que nos recibiesen al día siguiente. «Fue todo rapidísimo -recuerda Lidia-, desde que se empezó a notar el bulto hasta que nos dieron el diagnóstico tardaron tres semanas».

En Zaragoza le volvieron a estirpar un trozo de tumor, una parte para el banco de tumores y la otra la mandaron a analizar, pero llegó antes el diagnóstico definitivo de la biopsia que le habían hecho en el San Pedro, que en el Miguel Servet. El bulto de Miguel Serrano, que entonces tenía 13 años, tenía un nombre imposible y complicadísimo: Rabdomiosarcoma embrionario. Era un tipo de cáncer poco habitual que, de hecho, no habían visto en el hospital de Zaragoza desde hacía por lo menos una década y, además, era extraño que afectara a niños mayores de diez años.

Algunos datos

-1.000 niños son diagnosticados cada año en España de cáncer.

-5-7 niños son los que se diagnostican en La Rioja al año con esta enfermedad. El cáncer más habitual entre los más pequeños es la leucemia, seguido del de huesos y neurológico.

-70-75% porcentaje de niños que superan el cáncer en España, mientras que el índice de curación en adultos ronda el 50, 55%.

-10 céntimos es la cantidad por kilómetro que, según Lidia Sáenz, abona el Gobierno de La Rioja por desplazamiento y 7 euros es la dieta por día para un acompañante del paciente de oncología pediátrica que es tratado en el Hospital Miguel Servet de Zaragoza, que es el centro de referencia de La Rioja.

En la familia no habían oído hablar nunca de esa enfermedad, así que Lidia la buscó en Google para saber qué se había empeñado en romper la rutina familiar y en ponerles el mundo del revés «y ya está, no miré más en Internet, había que confiar en que estábamos en manos de un buen equipo médico y confiar en los expertos».

Identificado el enemigo, había que empezar de inmediato el tratamiento en la capital aragonesa porque en La Rioja no hay oncopediatría. Y aunque crecía y envolvía rápidamente los tejidos era de los rabdomiosarcomas menos agresivos.

Enseguida empezaron con la 'quimio', le suministraron entre 10 y 12 sesiones. Cada quince días acudía al hospital, recibía su dosis y permanecía ingresado unos tres días. Los dos días siguientes a cada sesión «sentía cansancio y luego volvía a estar bien hasta la siguiente y vuelta a empezar», cuenta el propio Miguel, que dejaba a los médicos atónitos con su fortaleza. Entre medias, entró de nuevo en quirófano. Querían eliminar lo máximo posible del tumor pero estaba demasiado profundo y fue necesario recurrir a la 'radio'. 28 sesiones en total, en otros tantos días, «porque la radio hay que darla toda seguida», explica la madre. Los últimos días con este tratamiento fueron los peores porque «se le quemaba la boca y le salieron llagas, entonces sí que lo pasó mal».

Y de la 'radio', de nuevo a la 'quimio'. Esta última «fue la más dura, la que peor le sentó, porque fue justo después de la radiación y entonces estaba bastante perjudicado, pero ya está todo superado», afirma Lidia. Con el cáncer en clara remisión, sólo tienen que regresar a Zaragoza para controlar un pólipo «que hay que seguir observando y a que le hagan pruebas todos los meses».

Miguel tuvo que dejar el colegio, el día que le dieron el diagnóstico fue de las primeras cosas que le dijeron. Debía permanecer alejado de su clase porque con la 'quimio' se quedaba sin defensas y «cualquier infección que coja que para nosotros no es nada, para él puede ser un mundo». Al Hospital Miguel Servet acudía un profesor aunque el pequeño no tenía muchas ganas de trabajar en esos momentos. En verano, recurrió a uno particular para dar un empujón a los estudios y poder empezar tercero de la ESO en el IES D'Elhuyar, como así hizo en septiembre del 2017. Gracias a la asociación riojana de familiares y amigos de niños con cáncer (FARO), que coordina con la Consejería de Educación un servicio de profesor a domicilio, preferiblemente del mismo centro, dos docentes, uno del área científica y otro de lingüística acudían a su casa para darle las asignaturas, hasta que después de las vacaciones de Navidad regresó al colegio, a su clase.

«Ahora me encuentro tranquilamente», asegura Miguel, mientras su madre sonríe, le mira y comenta: «Es un valiente». «Quitando el primer susto que es lo que te descoloca -recuerda Lidia- después hemos estado muy positivos». Miguel tiene un hermano pequeño, de 11 años, que ha sido un buen compañero en esta aventura aunque al principio, también porque todo era desconocido, le decía que no le contagiara, pero «una vez que le explicamos que no era por contagio lo llevó bien».

Sólo tiene buenas palabras para la pediatra que le atendió en un primer momento: «Le estaré agradecida toda mi vida», y para la Asociación FARO y Aspaona, que es su equivalente en Aragón. Si ha habido un pero ese ha sido, según Lidia, las ayudas económicas del Gobierno de La Rioja por los desplazamientos y manutención, «que son ridículas». «Te dan 10 céntimos por kilómetro y 7 euros al día sólo por un acompañante -detalla- y nosotros, porque somos afortunados, y realmente dices el dinero es para estas ocasiones, pero igual hay gente que no se lo puede permitir».

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