Mariano y Rajoy

Obra perteneciente a la 
serie 'Los triunfos de 
César', debidos al 
artista italiano Andrea 
Mantegna. Se exhiben 
en el palacio de 
Hampton Court (Royal 
Collection)./
Obra perteneciente a la serie 'Los triunfos de César', debidos al artista italiano Andrea Mantegna. Se exhiben en el palacio de Hampton Court (Royal Collection).

«Si tienes que romper la ley, hazlo para tomar el poder: en los demás casos, obsérvala»

JULIO CÉSARJORGE ALACID

Baja del coche oficial con esos andares que le han ganado justa fama como incansable paseante, atiende marcial el himno de España y camina hacia la comitiva que le rinde honores, formada por una abigarrada mezcla de idiomas, uniformes y banderas: la globalización invade el imperio de la ley y el orden, como atestiguan estas instalaciones que se dispone a inaugurar. Responden por cierto al poético nombre de Polígono de Experiencias. Si se oculta en semejante nomenclatura algún guiño del destino, Mariano Rajoy se desentiende: no está la mañana para metáforas. Sopla un invernal viento que avala la tesis de abril como el mes más cruel, así que el presidente se resguarda en el interior del edificio, una austera construcción a mayor gloria de guardias civiles, gendarmes y policías de medio mundo que despedirán la mañana exhibiendo su maestría en el combate contra el terrorismo.

Hablando de terrorismo: el día elegido finalmente por el titular de Moncloa para su aplazada visita a La Rioja amanece con ETA diciendo adiós a su manera, como quien te hace el favor de dejar de matarte. Como un chiste de Gila sin gracia. De modo que será inevitable que el hacha y la serpiente aparezcan en cada comparecencia ante el atril. Es también el caso del propio Rajoy, quien se despacha a gusto contra la banda etarra desde el micrófono. Un mensaje contundente inscrito dentro de los actos propios de su viaje a Logroño para honrar el pulso que libran las democracias contra el terror. Del que ETA fue durante largo tiempo un acabado ejemplo, lo cual justifica la sensación de alivio que triunfa entre los anfitriones de Rajoy durante toda la mañana: los muertos a manos etarras son un recuerdo pretérito. No forman parte ya del presente inmediato aunque el presidente se alinea con quienes alertan de un futuro sombrío, donde amaga con triunfar la versión interesada que el terrorismo y sus mariachis intentan colar de matute. «La única política antiterrorista es aplicar la ley», sanciona Rajoy.

Avanza el orden del día, sin abandonar esa espartana estancia donde casi no caben las autoridades llegadas desde Madrid, las de casa, la prensa nacional y local y los uniformados de un sinfín de países, más esos invitados que completan el paisaje propio de esta clase de actos: los que pasan por ahí. Con quienes Rajoy compartirá cordial el aperitivo, regados por vinos de Marqués de Cáceres. Tinto añada 2014. Calificada buena. Sólo buena. Mejora en botella, como algún estadista. Tal vez el propio presidente, quien brinda con las dos almas del PP riojano que le rodean durante el ágape: Ceniceros, Escobar y Bretón se agrupan por una vez con Gamarra y Del Río en amistosa compañía. Toca disimular. Disimular más que nunca: el reciente nombramiento de Ana Elvira Martínez como mano derecha de la alcaldesa acababa de ensanchar la grieta entre unos y otros, pero de eso no se habla ante el jefe supremo. Hay en marcha un concurso de sonrisas. Algunas no parecen fingidas.

Porque llega la hora de desinhibirse. Ese momento en que Rajoy deja de ser presidente y se convierte en Mariano. Alguien con quien hacerse un selfi. Le reclaman para la foto sus anfitriones del PP pero también los antedichos: los que pasan por allí. O esa pareja de policías portugueses con quien departe en feliz armonía, entre risas y más vino de Rioja: la copa del presidente siempre debe estar llena. Debe ser otra metáfora, muy pertinente en una jornada cargada de símbolos. Como la placa de la casa cuartel de la Guardia Civil que preside la sala donde atenderá gentil a este periódico. Donde Rajoy vuelve a ser Rajoy: el enigmático dirigente cuyas respuestas tienden a quedarse en mitad de la escalera. Asegura que tiene puestas por igual sus complacencias en Ceniceros y Gamarra, viene a decir que el Presupuesto para La Rioja no está mal (pero podría estar mejor) y sólo titubea cuando le preguntan por la sentencia de La Manada: se ignora si le gusta o le espanta. De sus palabras, que pronuncia mirando ensimismado hacia el suelo a través de sus gafas de fina montura, se deduce tanto lo primero como lo segundo. Para salir de la duda, hay que atender a sus manos: son ellas las que enfatizan, subrayan o se abandonan a la incertidumbre.

Fin de la cita.

Desde la eterna tierra de nadie donde se ha hecho fuerte, vuelve a ser Mariano. Vestido de Rajoy (corbata salmón, traje gris, camisa blanca sin gemelos) se concede unos minutos para el off the record mientras cavila en voz alta sobre la necesidad de que la suerte guíe nuestros pasos por este valle de lágrimas y se aleja raudo con su media sonrisa de Chesire. «He dicho lo que tenía que decir», acaba de alegar a propósito de su ministro Catalá. Lo cual le vale para contestar a cualquier pregunta. Lo cual vale para preguntarse qué es en realidad lo que ha dicho.

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