«Llegue a robarle dinero a mi abuelo cuando vivía en casa pero él nunca lo dijo»

María, 31 años Casi 6 años sin jugar

M. M. LOGROÑO.

Enfrente del instituto donde estudiaba tomaba café en un bar con su cuadrilla. Un buen día, el dinero que sobró lo echó en la tragaperras. Y tocó. ¡2.000 euros!. «Quise ahorrarlos pero los fundí», dice. Así, cuando apenas rozaba la mayoría de edad y de la forma más tonta, María (nombre ficticio) se zambulló en una espiral de desazón y trampas de la que ahora, felizmente, se siente liberada.

«En Gran Vía había un centro de juego al que iba. Un día me topé a la salida con un amigo de mi hermano mayor, me dio tanta vergüenza que a partir de entonces me quedé en casa y jugué en Internet», inicia su relato. Estudiaba y trabajaba («ganaba muy bien y nadie me controlaba») pero cobraba el día 1 y para el día 5 ya no quedaba ni rastro de la nómina. Bingo, ruleta, póker, tragaperras... «Me gustaba el bingo en Internet, pero daba igual el juego», indica. Nadie sabía nada; sin embargo, algo despertó las sospechas de la madre que acudió a ARJA a interesarse, mientras su hija permanecía ajena.

«Llegué a quitarle dinero a mi abuelo que entonces vivía en casa y él no dijo nunca nada aunque pienso que lo sabía», narra con amargura .Las deudas de María comenzaron a crecer y con ellas su desesperación, angustia, nervios... y un buen día explotaron en forma de un ataque de ansiedad. Una ambulancia la trasladó a Urgencias y allí su madre lanzó la terrible pregunta: «¿Qué sucede?». Y ella lo soltó todo, allí mismo.

Su madre la envió a ARJA, pero ella fue muy reticente en la primera etapa. Su caso no es único. Precisamente, la psicóloga Ana de Luis comenta que el grupo de los jóvenes es el más reacio e irregular en las terapias: «Enseguida se sienten seguros y dan por concluidas las sesiones. Se confunden y no sé si llegan a entender que es crónico».

El caso es que a María le costó aceptar la ayuda e incluso se preguntaba si realmente estaba tan mal. De eso hace ya casi seis años. «Fue muy duro pero al final me ayudaron. Me prometí a mí misma que no iba a caer y no he recaído nunca. Llevo un tatuaje en el brazo que me recuerda todos los días que no voy a volver a caer. Ahora me siento muy orgullosa. Incluso tengo dinero ahorrado», añade exultante. «Yo creo que esta ludopatía no se cura definitivamente, se aprende a llevarla. Es como un alcohólico que aprende a vivir con ello. Hay que estar siempre en alerta».

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