«Así liberamos a Ortega Lara»

Miembros del GAR, durante un entrenamiento en su base de Logroño. :: b. corral

«Una alegría tremenda»: el guardia civil, miembro de un operativo con unos 70 efectivos, relata cómo vivió aquella mañana de julioUn agente del GAR con base en Logroño recuerda el rescate de la víctima de ETA

J. ALACID LOGROÑO.

«Permiso concedido». El agente de la Guardia Civil descuelga el teléfono para responder a los requerimientos de este periódico: luego de unas cuantas consultas y peticiones a sus mandos, dispone de autorización para relatar cómo vivió aquella mañana de julio. Hace veinte años, integraba como miembro del GAR (Grupo de Acción Rápida) el operativo para liberar a José Antonio Ortega Lara de su escondite. En esa nave de Mondragón, ETA había mantenido secuestrado al funcionario de la prisión de Logroño durante año y medio; o, al menos, eso sospechaban los cerca de 70 efectivos desplegados alrededor del pabellón que custodiaban cuatro etarras.

«Recibimos el aviso de nuestros compañeros de información de que ahí estaba Ortega Lara, sin margen de error», rememora. «Día tras día, trabajando sin parar, habíamos conseguido tener la certeza de que el zulo se ocultaba en la nave», prosigue, «aunque cuando entraron mis compañeros se encontraron con que no aparecía el agujero. Y el etarra que les acompañaba lo negaba, lo negaba todo». Alrededor del pabellón se desplegaban miembros de cinco grupos del GAR, a quienes acompañaban los integrantes de la UEI (Unidad Especial de Intervención), recién llegados desde Madrid. «Ellos fueron quienes entraron a rescatar a Ortega», precisa el agente, veterano miembro del GAR con un historial dramático en su expediente: dos compañeros fueron asesinados por ETA en un atentado del que él salió indemne, en 1986. Once años después, aquella mañana en Mondragón el reloj avanzaba. Sin noticias del secuestrado. «Hasta que un compañero reparó en una máquina que estaba en medio de la nave. Le extrañó que un brazo funcionara perfectamente pero el otro no», recuerda, «y decidieron reventarla con una grúa, hasta romper todo el sistema que lo activaba». Bingo: allí abajo estaba Ortega. «Cuando nos avisaron nuestros compañeros, fue una alegría tremenda. Sobre todo, porque teníamos el temor de cómo nos encontraríamos al secuestrado, en qué condiciones estaba».

Porque el agente, que prefiere resguardarse tras el anonimato, volvió unos días después a Mondragón. Entró en la nave, descendió al zulo y tropezó con un paisaje que no olvida. «Terrorífico», asegura. «Me impresionó sobre todo el olor a humedad, la sensación de agobio, de suciedad». Una breve salita llevaba a otra y de esta segunda a una tercera, la estancia mínima donde Ortega pasó 532 días encerrado. Un pequeño ventilador movía un poco el aire, por un ventanuco le metían la comida, una bombilla aseguraba cierta luz... «Ortega lo tuvo que pasar mal», confiesa, todavía apesadumbrado. ¿Se conocen personalmente? «No, no coincidimos, y la verdad es que me hubiera gustado. Le habría dado un abrazo».

«Yo creo que los etarras pensaban que nunca les íbamos a pillar, estaban muy confiados»

Va concluyendo la charla, con un punto de emoción. Recuerda que durante el operativo de rescate le tocó capturar a uno de los secuestradores, el etarra Ugarte Villar, que vivía en Oñate. «Esperamos a que fuera de noche, para contar con el factor sorpresa y que estuvieran todos metidos en la cama», señala. Así ocurrió con su detenido. «No se lo esperaba para nada, creo que pensaba que nunca le íbamos a pillar, se le notaba muy confiado». Y agrega: «Estaba muy tranquilo, fue una detención sin incidentes. Nos rogó que no le esposáramos delante de su mujer y preguntó si le podía dar un beso. Se despidió y ya fuera de casa nos ofreció las muñecas para ponerle los grilletes».

Operación concluida. Emoción infinita entre los agentes, que se comunicaron por radio la buena nueva. Una mañana de julio que nuestro hombre vivió con los sentimientos entremezclados: «Porque es verdad que tenía esa gran alegría pero también lástima por Ortega Lara, no dejaba de pensar dónde había estado metido... Dios mío, todo ese tiempo en un agujero».

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