Lágrimas riojanas por Miguel Ángel

Lágrimas riojanas por Miguel Ángel
Juan Marín

El cruel asesinato del edil del PP a manos de ETA inundó de dolor La Rioja y generó la mayor manifestación de la historia

Jorge Alacid
JORGE ALACIDLogroño

Hace veinte años, algunas noticias llegaban a esta redacción mediante el superado método del teletipo. Cuando era ‘urgente’, la agencia EFE solía distinguir aquellos despachos con esa palabra, pero también con un encabezamiento donde brillaba el símbolo de más: una cruz griega. El sábado 12 de julio de 1997, a media tarde, un teletipo repleto de esas crucecitas confirmó los peores presagios. Estaba fechado en Lasarte, a las afueras de San Sebastián: en una pista forestal acababa de ser encontrado el cuerpo moribundo de Miguel Ángel Blanco. Fallecería en la madrugada del día siguiente, en un hospital donostiarra.

Cuando ETA asesinaba, hubo días en que fue imposible no llorar mientras se seguía trabajando.

Lo recuerda bien Roberto González Lastra, periodista de esta casa, quien fue precisamente el primer redactor en avisar del teletipo. Estaba vigilante, al acecho. Porque el ultimátum de la banda terrorista había expirado y un final trágico parecía inevitable, por mucho que (con las conocidas excepciones) España entera, incluida La Rioja, se hubiera movilizado para detener el crimen que se avecinaba. Y porque, en realidad, ETAparecía decidida a asesinar al joven edil del PP de Ermua desde que lo secuestró: porque sabía que su chantaje (modificar a su favor la política penitenciaria del Gobierno) era inaceptable. Así que hubo lágrimas. Las hubo en esta redacción, desde luego, y se derramaron a su alrededor durante esas horas fatales, según una lógica terrible,una cruel cuenta atrás que se inició el 10 de julio: a primera hora de la tarde de aquel jueves, unos etarras interceptaron a Blanco, enviaron un comunicado a la prensa y pusieron a funcionar su despiadado reloj, que también activó un fenómeno opuesto a sus propósitos. Nacía una movilización social sin precedentes. Blanco sería asesinado. Pero ya nada volvería a ser igual para ETA. El principio de su fin.

La reacción popular se reflejó en la larga serie de insólitos acontecimientos que mediaron entre el secuestro y el asesinato del concejal. Aquellos ertzainas que se quitaron el verduguillo en Ermua mientras procuraban evitar que la ira ciudadana arremetiera contra los simpatizantes de ETA, las manos blancas que se habían popularizado ya tras el asesinato de Tomás y Valiente, lazos y más lazos de protesta contra los crímenes terroristas... Y manifestaciones por toda España como nunca las había habido, como no las habría después contra un suceso similar. Las calles se poblaron de una tristeza muda, empapada de coraje cívico. Las de Logroño, por ejemplo, albergaron a 50.000 riojanos que marcharon en silencio: un estremecedor silencio que durante toda aquella tarde del 14 de julio sirvió para contener las lágrimas. Sin éxito.

Al término de la manifestación, Jorge Gómez, periodista de Radio Rioja, leyó el comunicado cuya redacción habían encargado los organizadores de la manifestación a la Asociación de la Prensa, que presidía Luis Sáez Angulo, periodista de Diario LA RIOJA. En unas mesas de un bar de avenida de Portugal, un grupo de miembros de la Asociación se reunieron para enhebrar un texto que reflejara cuanto querían que sobrevolara las conciencias de quienes abarrotarían luego la plaza del Ayuntamiento logroñés. Fue una sesión de debate intenso, porque las emociones se agolpaban alrededor de papeles y más papeles. Y se necesitaba cabeza fría. Sáez dirigió las discusiones para que fluyeran hacia el objetivo común: que siendo emotivo el mensaje fuera también racional. Y que no olvidara nada de lo que estaba en juego. No sólo la reacción ciudadana ante un crimen tan vil: en el discurso se debía incluir también una esperanzada apuesta por el día de mañana. Porque ese tono vital, animoso aunque dolido, debía presidir el documento que se leyera ante un auditorio formado por tantos miles de personas como se esperaban en la manifestación. Que necesitaban ser reconfortadas. «Habrá un antes y un después», leyó Gómez, proféticamente, «y Miguel Ángel no habrá muerto en vano».

Hoy, Gómez cree que aquel texto cumplió su propósito. Fue un comunicado coral, aunque el cuerpo central de su redacción correspondió a quien firma ahora estas líneas. Se trataba de reflejar los dos polos entre los cuales oscilaba el mensaje: la inequívoca condena del terrorismo, con mención expresa para el dolor del familia Blanco y del conjunto del Partido Popular, alineada con la convicción de que la democracia sabría perseverar en sus objetivos, como el documento reclamaba expresamente de los representantes públicos. «Nos desborda el dolor, pero también tenemos mucho de que enorgullecernos», señalaba aquel comunicado. «En ese estado de movilización permanente debemos contribuir al aislamiento de ETAy sus cómplices».

Gómez, entonces un jovencito periodista de sólo 28, asumió con entereza, aunque también emocionado, el difícil encargo. Recuerda que mientras leía el texto «sentía que cualquier mínimo cambio en la modulación de la voz, la más breve pausa, disparaba la rabia que llevaba la gente acumulada». Impresionado por la capacidad de convocatoria a la manifestación («La plaza del Ayuntamiento ya estaba abarrotada mientas había gente sin salir de la Glorieta y miles de personas aún por la Gran Vía»), resume con precisión el mensaje central de su intervención:«Hasta aquí hemos llegado». Y prosigue:«El manifiesto enganchaba perfectamente con la sensación que teníamos todos: que nada iba a ser igual a partir de entonces en la lucha contra ETA». Conclusión:«Más allá de que espero que nunca más me toque vivir algo semejante, lo que recuerdo mejor es que aquel texto resumía perfectamente el sentimiento exacto de la sociedad riojana: que para derrotar al terrorismo teníamos que echarle valor».

Unas palabras que resumen el éxito de aquella movilización. Dolorosa, pero triunfante. Que concluyó con la lectura de ese documento cuyo inició rezaba así:«La sociedad riojana dice ‘Basta ya». Y que, en consecuencia, concluía con esta otra frase:«La paz es el camino. Volvemos a gritar que ya basta. Que basta ya».

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