Juventud, sangre y fuego

'La fuente de la eterna juventud', obra de Lucas Cranach 'el Viejo', que se exhibe en el museo berlinés Gemäldegalerie./
'La fuente de la eterna juventud', obra de Lucas Cranach 'el Viejo', que se exhibe en el museo berlinés Gemäldegalerie.

«Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida y le faltan al respeto a sus maestros»

SÓCRATESJORGE ALACID

Mientras que más de un compañero del Consejo de Gobierno pasa las hojas del calendario de su mandato con un talante más burocratizado que político, Conrado Escobar puede presumir de lo contrario. De haber embarcado a su jefe y al resto de consejeros en un viaje de rumbo incierto por las turbulentas aguas de la Administración del siglo XXI, respondiendo a un modelo de Poder Ejecutivo donde importa más hacer que estar. No contento con gestionar la renta ciudadana, capítulo estrella del contrato social sellado en el Parlamento en la actual legislatura, el multiconsejero reclamó también esta semana la púrpura que arroja sobre su polivalente departamento ese paquete de medidas destinado a acaparar más protagonismo: su plan de emancipación juvenil.

Que Escobar presentó a su irreverente modo. Inscribiendo la defensa de tal propuesta en el mismo argumentario que entregó a la imprenta allá en 1937 Manuel Chaves Nogales, intelectual (en teoría) en las antípodas del titular de Política Social y tantas otras cosas. ¿Por qué invocó Escobar al autor de 'A sangre y fuego' mientras desgranaba esas ideas nacidas para favorecer la inserción de la juventud riojana en el edén donde ya habitan sus mayores? ¿Qué páginas de ese libro totémico merecían la atención de quienes asistían a la pomposa presentación del plan que permitirá, entre otras regalías, ahorrarse un pellizco de la factura de luz a quien deserte del hogar familiar?

Pues alguna perla como la que sigue: «Todo revolucionario me ha parecido siempre algo tan pernicioso como un reaccionario» (Chaves dixit). Otro ejemplo: «Hombro a hombro con los revolucionarios, yo, que no lo era, luché contra el fascismo con el arma de mi oficio». Que en su caso era el oficio de periodista: no consta que Escobar lo sea, igual que tampoco se le atribuyen veleidades revolucionarias. De donde se deduce que esgrimir en su favor el alegato de Chaves sólo se justifica porque comparte con él un análogo carácter templado, conciliador. Propicio a ubicarse allí donde se gana el favor del ciudadano: en el centro. El centro político.

Lo cual es precisamente el pecado que le endosan quienes explican que Escobar fuera apartado del reparto de canonjías que siguió al congreso del PP. Pese a que Ceniceros le debía gran parte de su éxito, su consejero multitarea tuvo que resignarse a que le adelantaran (por la derecha) otros dirigentes de ambiciones coincidentes, más predispuestos a hacer sangre y hacer fuego. Con la particularidad de que todos son (más o menos) de la misma generación: hace tiempo que dejaron atrás los 35 años donde Escobar coloca el tope de edad para beneficiarse de su flamante plan emancipador. Ninguno se aloja en la franja que sí acoge a los hijos de la pujante efebocracia, voz acuñada ya hace un siglo por Ortega y Gasset cuando alertaba del peligro de la tiranía de los más jóvenes, tendencia que ignora fronteras y obliga a los gobiernos de medio mundo a ir detrás de ellos. De los jóvenes. Potenciales votantes riojanos el próximo año, a quienes la coyuntura aconseja masajear el ego como aviso para (candidatos) navegantes. Lo recuerda el Diccionario Oxford, cuando elige la palabra fetiche del recién finado 2017: 'youthquake', mezcla de juventud y seísmo. Ergo: «Cambio cultural, político o social importante que parte de la influencia de la gente joven».

Gente joven. La que quiere emanciparse y no puede. La que desconoce eso que ningún político se atreve a desvelar: que la juventud se curará con el tiempo. Y entonces el problema no será emanciparse: será cobrar la pensión.

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