IZQUIERDA EXQUISITA, DERECHA RANCIA

LÍNEA DE PUNTOS JORGE ALACID

En su libro 'La izquierda exquisita', el recién desaparecido Tom Wolfe describía con precisión de entomólogo la conducta que observan los militantes de ese territorio ideológico cuando entran en contacto con el status quo dominante. Era una visión crítica. Porque además de un estupendo escritor y atinado observador de la naturaleza humana, Wolfe era un caballero conservador. Un encendido seguidor del orden establecido que animaba a preservar, a quien le hubiera parecido igualmente chocante asistir unos años después a la contemplación del izquierdista español, de la década de los 80 a esta parte. Entonces, en tiempos de Felipe González, se le identificaba por dos atributos. Porque vestía la célebre trenca de Adolfo Domínguez y porque en los restaurantes de moda reclamaba la carta de vinos para protagonizar ante los demás comensales un curso acelerado de cata. Luego solía pedir los más caros. En Francia le llamaban la izquierda caviar. Sus integrantes se distinguían por esa misma particularidad que Wolfe había detectado. Su superioridad moral. La eterna superioridad moral de la izquierda que tanto daño ha hecho a la propia izquierda.

Hoy, a la neoizquierda española se le reconoce porque se compra la ropa en el híper aunque comparte con sus hermanos mayores la devoción por emplear un vocabulario que sólo los suyos entienden. Círculos y circunloquios. De modo que si Wolfe hubiera acudido un día al pleno del Parlamento de La Rioja para analizar la trayectoria de Podemos, tal vez hubiera concluido como los demás miembros que ocupamos la grada de prensa: que no hemos avanzado tanto. Y que examinados uno por uno, este cuarteto de diputados a ratos parecen dirigentes creíbles. Voluntariosos, aunque confundidos como el resto de sus congéneres ante este ecosistema político tan líquido. Parlamentarios que cuando se convierten en grupo (en masa) o se adocenan en el aparato de su partido acaban siendo temibles. Sobre todo para la propia izquierda. O la nueva izquierda.

Véase lo ocurrido en la sesión de ayer. Que llegó precedida por el enésimo episodio oscuro en las entrañas de Podemos, tan proclives sus miembros al navajeo contumaz. Pregunta Natalia Rodríguez al titular de Agricultura sobre el asombroso reparto de viñedo pero sus dos compañeros varones abandonan el asiento. La cortesía parlamentaria ya no es lo que era. Y su colega de escaño no le regala ni medio aplauso cuando deja el atril. Nuevo intento: pregunta a continuación Rodríguez sobre el currículum de los altos cargos regionales y cuando regresa a la butaca apenas recibe el silencio de sus pares. Esa frialdad tan parecida al desprecio.

Una pena. Porque La Rioja les necesita. Necesita a todos. A la izquierda exquisita y a la izquierda que se conforma con ser terrenal. Aunque sólo fuera para compensar la presencia entre sus señorías de miembros de la derecha de toda la vida, ala rancia, a quienes la bandera arcoíris se les sigue atragantando. Quienes piensan que nada puede ilusionar más a una mujer que ponerse los tacones para salir en procesión en las fiestas de su pueblo. O quienes sostienen que debe retribuirse al profesorado concertado igual que al público, sin que en el primer caso se reúnan los requisitos de libre concurrencia, mérito y capacidad que exige la misma Administración que paga a unos y a otros con sus dos varas de medir.

Si a esa derecha destinara Podemos sus reproches con el mismo celo que sí dedica a las luchas intestinas, tal vez alguna recompensa encontraría, en vez de recoger lo contrario: el desconcierto. Entre sus bases, la propia izquierda y sus alrededores. Es comprensible. Sus apóstoles son víctimas de sus contradicciones, como cualquiera de nosotros. Y acaban melancólicos y crepusculares, preguntándose si puede dirigirse un país desde un chalé de 600.000 euros. Y si no sería mas pertinente que en consecuencia la sede riojana de Podemos se mudara a Piedralgallo.

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