El grupo de los trece

'La rendición de Breda', cuadro de Velázquez popularmente conocido como 'Las lanzas', obra del Museo del Prado./
'La rendición de Breda', cuadro de Velázquez popularmente conocido como 'Las lanzas', obra del Museo del Prado.

«Los verdaderos amigos se tienen que enfadar de vez en cuando»

LOUIS PASTEURJORGE ALACID

A diferencia del sistema empleado para elegir a los jefes territoriales del partido, seleccionados mediante el estupendo sistema de un hombre (o una mujer), un voto, el nombramiento de la nueva junta que pilotará el PP de Logroño seguirá el dictamen previsto por los estatutos internos: una suerte de democracia orgánica, que prima el voto delegado. En una mesa se reunirán cuando balbucee el 2018 trece personas. Sólo trece. Que serán quienes refrenden a la alcaldesa Gamarra al frente de la nave logroñesa o juzguen preferible encargar tal cometido a otro potencial candidato, para lo cual se precisan un par de requisitos. El primero, que algún alma intrépida se anime a presentar batalla. Y el segundo, igual de obvio: que ese misterioso alguien sepa convencer a esos trece dirigentes de que representaría mejor que la alcaldesa la sensibilidad de la militancia y merece por lo tanto encargarse de semejante privilegio.

Lo cual parece improbable. No tanto que gane esa confrontación interna, que también, como lo antedicho: que en un rasgo de audacia nuestro hipotético aspirante encuentre suficiente agua en esa piscina y decida lanzarse a chapotear. Es improbable por razones políticas y también aritméticas: el guión escrito por el PP reserva silla en la mesa con trece asientos a un grupo de personas de la máxima confianza de quien ocupa ahora la Alcaldía. Así que Gamarra lleva ventaja: ella misma se sienta en ese selecto sanedrín, donde le acompañan el portavoz municipal (Javier Merino) y el del Gobierno local, Miguel Sainz. A propuesta del grupo municipal también forman parte de ese ramillete de dirigentes un concejal y un vocal escogido entre los afiliados de Logroño: en total, cinco personas del total de trece.

Claro que si un pretendiente hoy desconocido decidiera disputarle el trono a Gamarra, podría disponer del auxilio del Gobierno regional, habida cuenta la frialdad reinante entre ambas instituciones. En ese caso, podría beneficiarse de que, siempre según lo dispuesto en los estatutos, el comité regional que domina José Ignacio Ceniceros envía a dos integrantes de ese club de los trece, cuya identidad sigue pendiente de desvelarse. A quienes se añade una tercera persona: el representante de Nuevas Generaciones, organización controlada por la dirección del PP.

El fiel de la balanza se inclinaría de un lado o de otro (si hubiera tal) en función de cómo voten los recién elegidos en representación de las cinco juntas de distrito. Su identidad confirma lo sospechado: que entre ese quinteto también Gamarra cuenta con dirigentes de su confianza, apagadas durante el proceso de selección las tentaciones del sector logroñés afín a Ceniceros de calibrar la dimensión de sus ambiciones mediante la presentación de aspirantes alternativos aunque finalmente no hubo tal.

De modo que si alguna vez, como se malician por el Ayuntamiento, la cúpula regional coqueteó con la idea de enfrentar su propia candidatura a la que Gamarra se apresuró a anunciar ante sus pares en uno de esos borrascosos cónclaves que siguieron al congreso de Riojafórum, todo conspira para pensar que en el Palacete hicieron agua. No surgen voluntarios para un desafío que, de resultar fallido, amenazaría con laminar la carrera de quien resultara derrotado. Aunque también huele a derrota su contrario. Que nadie se haya atrevido a dar ese paso, porque un triunfo en Logroño hubiera completado el mapa nacido de la elección de Ceniceros como jefe máximo: controlar al conjunto del partido, a partir del dominio de cada agrupación local.

Lo cual no ha sucedido. Calahorra y Nájera escapan de la disciplina mayoritaria, así como algún municipio menor. Si Logroño también se acaba alistando entre las juntas del PP con ideas propias respecto a la dirección, se abrirá paso el sombrío dictamen que expresaba un fiel de Ceniceros recién entronizado su líder: se puede ganar un congreso y luego cerrarlo en falso. También se puede adoptar otra solución: que alguna de las partes ice la bandera blanca. Rendirse a la evidencia. Por penoso que sea aceptarlo, el elector suele interpretar la disidencia como división: como desvelan las fotos de la reciente cena de Navidad, la frialdad reina entre los populares y se detecta incluso en la asignación de mesas. Y nadie hace nada para disimularlo, inmunes todos a la máxima según la cual sólo la unidad (aunque sea fingida) garantiza votos.

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