Una grieta recorre La Rioja

'Expulsión del paraíso', obra
de Miguel Ángel pintada en 
el techo de la Capilla Sixtina. /
'Expulsión del paraíso', obra de Miguel Ángel pintada en el techo de la Capilla Sixtina.

«Nuestras discordias tienen su origen en las dos más copiosas fuentes de calamidad pública: la ignorancia y la debilidad»

SIMÓN BOLÍVARJORGE ALACID

Durante su largo mandato de poder casi omnímodo, a sus críticos les espantaba que Pedro Sanz tendiera a controlar cada rincón de La Rioja con un celo tan exhaustivo que amenazaba con asfixiar a sus administrados. Es dudoso que el presidente entendiera ese hábito como un defecto: más bien, lo interpretaba como una virtud. La región debía ser una roca monolítica desde cuya cúspide él pudiera dominar todo el territorio, gracias a las limitaciones geográficas de una región tan magra y a la estrategia colonizadora dictada a su partido. Solo o en compañía de otros servicios auxiliares repartidos por los centros neurálgicos de la región, Sanz se aseguraba de que la vida pública viajara canalizada. Sin estridencias ni sorpresas. La unidad era el valor supremo, según sus particulares tablas de la ley, cuyos mandamientos se resumían en dos: aquí no pasa nada y y el PP (aquel PP) estaba en todos los lados. Como sentenció su antecesor, José Ignacio Pérez, a Sanz sólo le faltó ser nombrado obispo.

Pero esa unidad del PP saltó por los aires, hace cerca de tres años. En lugar de un partido, ahora hay dos. Más o menos. Con una particularidad temible para los intereses del conjunto de la región: que la quiebra provoca un cisma entre el interior de La Rioja y su capital. Entre la ciudadanía urbana y la rural. Una división peligrosa, porque coincide con dos movimientos tectónicos igualmente preocupantes: por el mismo tiempo, otras dos fuerzas también muy representativas y nucleadoras observan derivas semejantes. Son dos entidades muy nutridas de seguidores, que contribuían a garantizar esa unidad perdida.

En una esquina del mapa, Asaja, la poderosa asociación agraria que ejerce también como grupo de poder. Una especie de lobby agrario, nacido en defensa de los intereses de sus asociados, cuyo número exacto afirman desconocer incluso los propios afectados. Deben contarse por miles, en cualquier caso. Diseminados por toda La Rioja, velan por un modelo productivo respetuoso con sus intereses: un caso de éxito, de extraordinario éxito. Que también sufre, ay, los vaivenes propios de cada organización en crecimiento constante. Los hijos se hacen mayores, reniegan de los padres y amagan con irse de casa, hasta que son sus progenitores quienes les enseñan la puerta: una secuencia que de algo sonará por Asaja. Su particular cisma (como es natural en una organización rural) no significa tanto la quiebra entre campo y ciudad, sino una desunión más sutil. También inquietante: una profunda discordia entre La Rioja Alta y La Rioja Baja. A la que no es extraña ese otro debate recién abierto en el seno de la DOC, donde Asaja ocupa por cierto una posición relevante: será casualidad, pero la segregación ocurrida en el seno de la organización agraria coincide con el alumbramiento de ese invento, Rioja Oriental.

De modo que con un PP desunido y una Asaja también escindida, la mirada se dirige a la izquierda. En la otra esquina del mapa regional, UGT. La Unión, como le llaman los suyos. Que lleva unos cuantos años de sobresalto en sobresalto, hasta llegar a su actual estatus, con el timón encomendado a Jesús (Chechu) Izquierdo. Último eslabón en una cadena reciente, de Chema Buzarra a esta parte, a quien sustituyó al frente del sindicato mayoritario en la región, con 13.000 afiliados, el llorado Carmelo Cabezón, dimitido en el 2007 para integrarse en la lista del PSOE por Logroño. Su relevo, Javier Granda, elegido en un congreso extraordinario en abril de ese año y reelegido en el ordinario de mayo del 2009, dejó el cargo en el 2013 en manos de Cristina Antoñanzas, quien sólo tres años después se incorpora a la confederal de UGT con Pepe Álvarez al frente. Su sucesor, Juanjo Bárcenas, marca un peculiar récord: sólo ocupó la secretaría general entre abril del 2016 y enero del 2017. Resumen: en diez años, cinco secretarios generales.

Desde entonces, este tercer vértice que ayudaba a sostener la pirámide regional oscila entre dos ejes: la lealtad debida a esa tupida red tejida entre apellidos que se repiten década tras década, una saga de cargos a menudo hereditarios donde resalta la figura de Ángel Fernández («Sigue siendo el auténtico jefe de hecho, aunque no de derecho», apunta un antiguo dirigente) y quienes opinan que Izquierdo, lejos de ser el títere de Fernández que citan sus críticos, ejerce como líder genuino de la Unión. Que no está tan unida. Como el PP y Asaja, conoció días mejores. Igual que la propia región, tan quebrada. Donde la unión auténtica acaba siendo la empresarial: una cabeza única dirigirá la FER y la Cámara. Así que Jaime García Calzada deberá ejercer como un Moisés al revés: en vez de separar las aguas, tendrá que fusionarlas. Y de paso contribuir a sellar La Rioja entera.

En efecto, un mandato bíblico.

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