ESPLÉNDIDO AISLAMIENTO

LÍNEA DE PUNTOS JORGE ALACID

No por casualidad el poeta John Donne, el autor de la estrofa célebre según la cual «ningún hombre es una isla», nació en Gran Bretaña, país tan paradójicamente orgulloso de su condición insular. Donde se acuñó hace largo tiempo esa idea de «espléndido aislamiento» para justificar su desdén hacia las cosas del continente. Una noción que sobrevoló el pleno del Parlamento, cuyo orden del día se estrenó con los dardos lanzados hacia los bancos del Gobierno, convertido su presidente, de acuerdo con la oposición, en una suerte de jefe de la famosa aldea gala: Abraracurcix, aquel que se paseaba sobre el escudo portado a hombros por sus subalternos para evitar que pisara el suelo. Aquel que sólo temía una cosa: que el cielo cayera sobre su cabeza.

Una metáfora pertinente para dibujar el aislamiento, nada espléndido sin embargo, que atenaza al Gobierno cada vez que se somete a este tipo de sesiones, un potro de tortura si sirvieran para algo. José Ignacio Ceniceros ya sólo tiene palabras de elogio para los suyos. Ahora alaba sin rubor a su propio portavoz, nada menos, una vez que ha decidido por su cuenta qué preocupa y qué no a los riojanos, lejanos los días en que masajeaba el ego de Ciudadanos viniera o no a cuento. No ignora el presidente lo que percibe cualquiera: que desde que firmó el Presupuesto, Diego Ubis se postula como jefe de la oposición. Olvida que lidera en realidad al grupo sin cuyo apoyo no habría Gobierno. Ni presidente Ceniceros.

Es lo único que olvida Ubis. Por el contrario, siempre recuerda exigir su cuota de protagonismo (ayer, a cuenta de los libros de texto: gratis total, como es tendencia en esta preocupante hora). Siempre que puede suma sus votos a los de PSOE y Podemos (ayer, a propósito de un nuevo instituto para Logroño: no lo verán sus ojos). Y siempre que sube al atril menciona su obsesión favorita: la ADER, por supuesto. Que ahí sigue, con su gerente al timón. Porque tampoco olvida Ubis que el Parlamento es liturgia. Escenificación, pose, teatro. Ojalá fuera teatro del bueno. Porque las expectativas languidecen a tal rapidez que esta legislatura, que iba a ser la del cambio, debe ya leerse en términos más comedidos. Ambiciones, las justas.

Así que toca conformarse. Resignarse a que brille alguna gema entre tanta nadería, como cuando la doctora María Martín recetó a la diputada Nuria Del Río una dosis de sonrisas, luego de que le afeara esa doble ocupación (consejera y secretaria general del PP) que tanto le reprochan sus queridos rivales del interior del PP. O la ironía del consejero Alfonso Domínguez («No sé qué contestarle porque no sé qué me ha preguntado», repuso al diputado Martínez Flaño) o las perlas habituales de Germán Cantabrana, portavoz de nuevo de Podemos al menos durante los próximos diez minutos. «Ser gilipollas no está penado por ley», clamó. Como si pensara que ya estamos tardando.

Flaño venía de desatar cierta inquietud entre sus señorías con su elíptica cita al difunto dúo Amistades Peligrosas. «Hoy voy a ir al grano», amenazó. Pero hubo suerte. No cumplió su intención, como es norma: aquí se amaga pero casi nunca se remata. Es lo que sucede si los partidos se convierten en islas, espléndidamente aisladas entre sí. O si se desprecia el consejo lanzado desde el Palacete en esa peculiar campaña para festejar el 8M recién retirada: «Antes de hablar, piensa».

El lema que debería figurar en el frontispicio del Parlamento.

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