El embalse de los treinta años

El pantano de Ortigosa, en la mañana del sábado. /Antonio Díaz Uriel
El pantano de Ortigosa, en la mañana del sábado. / Antonio Díaz Uriel

Se cumplen 55 años de la finalización de las obras del pantano de Ortigosa, que comenzaron ¡en 1932!

MARÍA MALO

El 20 de septiembre de 1932 este mismo diario publicaba una noticia de alcance: «El presidente de la República inauguró el domingo, en medio de un entusiasmo indescriptible, las obras del pantano de Ortigosa».

Como cuentan las crónicas de la época, el 18 de septiembre de 1932, Niceto Alcalá Zamora, presidente de la República, y su ministro de Obras Públicas, Indalecio Prieto, inauguraron las obras de la construcción del pantano tras la colocación de la primera piedra. Para este acto se realizó una «invitación oficial» que recogía datos tan curiosos como que la presa sería de «hormigón ciclópeo, con un volumen de 190.000 metros cúbicos, una altura máxima de 64 metros y una longitud de la coronación de 275 metros». El presupuesto de realización de las obras ascendía a 12.500.000 pesetas (al cambio de hoy, 75.126 euros).

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El 31 de diciembre de 1962 terminó su construcción. Unos trabajos que se interrumpieron en numerosas ocasiones por falta de financiación, que resistieron a la Guerra Civil y finalizaron con la dictadura franquista. Su nombre también sufrió cambios. Según la versión oficial, el ingeniero González-Lacasa falleció sin ver su gran obra finalizada. Ello, unido a que se había convertido en un ortigosano más, fueron razones más que suficientes para concederle semejante honor.

Pero, ¿qué supuso para los ortigosanos esta gran obra? ¿Sintieron realmente, como describe el periodista de LA RIOJA en 1932, «un entusiasmo indescriptible» o fue, más bien, todo lo contrario?

Las aguas se tragaron el barrio de Los Molinos, que llegó a albergar hasta siete fábricas de mantas y paños

En la actualidad, el pantano de Ortigosa, al 20% de su capacidad según los últimos datos de la Confederación Hidrográfica del Ebro, deja ver las ruinas y los vestigios de los que un día tuvieron allí su hogar. Familias enteras que se vieron obligadas a abandonar el barrio de Los Molinos, que llegó a albergar en sus mejores tiempos hasta siete fábricas de mantas y paños, molinos de harina (de ahí el origen de su nombre) y serrerías.

Esteban Pinillos, un ortigosano de 88 años, lo recuerda con nostalgia: «Lo que hicieron con aquella gente fue una doble inmoralidad. Primero les expropiaron las tierras por cuatro perras. Al tiempo, se las alquilaron para obtener dinero y reanudar las obras. Así consiguieron sacarles lo poco que habían recibido de la expropiación».

Pilar Crespo nació en Los Molinos en 1930. Cuenta como todas las mañanas los niños del barrio iban a la escuela a Ortigosa. «El tío Canuto bajaba a los Molinos a abrir su fábrica. Recuerdo que siempre le preguntábamos la hora y él sacaba su reloj de la chaqueta, como el que tenía mi padre, y nos la decía». Era su forma de saber si llegaban puntuales al colegio.

Esteban también rememora al tío Canuto: «Tenía una serrería con muy buenos carpinteros. Cuando se moría alguien en Ortigosa ellos preparaban el ataúd y, al acabar la jornada, los operarios lo subían al pueblo».

La familia de Pilar permaneció en Los Molinos hasta que cumplió los catorce años. «No nos fuimos por el asunto del pantano, subimos a Ortigosa por el trabajo de mi padre. En Los Molinos no teníamos casa, estábamos de renta. Primero en La Choza, después nos fuimos a otra vivienda. Algo de dinero sí que nos dieron por las tierras, pero muy poco», rememora.

Sin embargo, según reconoce Esteban, «hubo familias que sí tuvieron que marcharse fuera. Los Chaleguindas, que hacían escobas, se fueron a Chile». La fábrica de mantas de Jesús Navarrete sí se vio perjudicada. Álvaro Navarrete, hijo de uno de los últimos propietarios, relata que la fábrica fue trasladada a Pamplona «tras ser cerrada por causas de fuerza mayor, como era la construcción de un pantano». Explica que en esos años «Industria ponía los activos a 200 kilómetros» de su ubicación originaria. Además de la fiscalidad más baja de la que ya gozaba Navarra, hubo otros motivos familiares para elegir esa localización: «Mi tío Jesús María trabajaba en la Diputación en Navarra».

Así en 1948, la fábrica de Jesús Navarrete comenzó su actividad en Pamplona: «Tuvieron que venir unas 25 familias para que todo aquello comenzara a funcionar, todas de Ortigosa». En Pamplona permaneció abierta hasta el inicio de los 70, cuando la reconversión industrial causó que, esta y otras muchas fábricas del sector textil, desaparecieran.

Por el contrario, los hubo que vinieron a Ortigosa para trabajar en las obras y, cuando terminaron, se quedaron: «Como mi suegro, José, que era encargado de obra», explica Esteban.

Las obras comenzaron con mano de obra asturiana, por la vinculación de esta zona de España con la República. Años después, tras la victoria de los nacionales, se decantaron por otra opción más económica: los presos. Cada día que sumaban de trabajo lo restaban de la pena de cárcel. «No eran presos políticos; en su mayoría eran delincuentes con delitos por robo, aunque también había alguno, los menos, que tenían delitos de sangre», explica Esteban.

Pilar atesora aún recuerdos muy dispares de esa época. Menciona a la «tía Juana, una señora que tocaba la pandereta» o que en Los Molinos solo había «tres calles». Pero, al igual que no tenían escuela, tampoco tenían iglesia. Y los domingos tenían que subir a misa a Ortigosa.

Nadie en la inauguración

Si bien el inicio de la construcción del pantano fue tan importante que vinieron las primeras autoridades del país, de la finalización de las obras ningún ortigosano tiene recuerdos. No fue nadie a cortar ninguna cinta ni apareció en los periódicos con grandes titulares. «Está claro que no se hizo ninguna fiesta -explica Esteban- porque la construcción del pantano fue una pesadilla, no había dinero y el trabajo era intermitente. No había maquinaria y sí mucha mano de obra». Un trabajo que en sus inicios rondaba un salario medio diario de 6 o 7 pesetas (4,2 céntimos de euro). Él, en la fábrica de mantas Rubio, trabajó como aprendiz: «Siendo un chaval, me pagaban 4,5 pesetas (2,7 céntimos de euro) al día. Los obreros de Rubio cobrarían el doble», comenta.

Otro foco importante de trabajo fue el de la explotación de la cantera. La extracción de la piedra necesaria para la construcción del muro de la presa trajo consigo un hallazgo muy ligado a la imagen de la Ortigosa actual: las cuevas de estalactitas y estalagmitas.

En la actualidad el pantano es un atractivo turístico de importancia en La Rioja. Insufla vida a la zona en los meses de julio y agosto. De hecho, en verano fue catalogado como 'El mejor pantano para bañarse de España' por la AEMA -Agencia Europea del Medio Ambiente-. Aunque también cumple con su finalidad primaria: la producción de energía, el abastecimiento de agua de boca y el regadío de los pueblos.

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