EL DÍA EN QUE ETA SE DISPARÓ

LA OPINIÓN - ROBERTO GLEZ. LASTRA

Ciega y sorda a los ruegos, como siempre, ETA desoyó el clamor popular, no el de los políticos sino el grito desgarrado de la calle, y escenificó un asesinato a cámara lenta que conmocionó al mundo, incluido, esta vez sí, el País Vasco. Aquellos dos tiros en la nuca de Miguel Ángel Blanco, que acabaron con la vida del joven de Ermua once horas después, dejaron también herida de muerte a la banda. Aquellas dos balas se le incrustaron en la médula, aunque no se enteró o prefirió no creerlo.

Razones no le faltaban. ¿Por qué iba a ser distinta la muerte de un concejal popular hijo de unos emigrantes gallegos que las de las 815 tumbas que sus pistolas y explosivos habían cavado hasta entonces? Aunque el crimen de Miguel Ángel Blanco fue de una crueldad extrema, no fue sino una adaptación de un trágico guión ya interpretado 16 años atrás, el 6 de febrero de 1981, cuando un tiro en la nuca acabó con la vida de José María Ryan, un ingeniero vizcaíno y padre de 5 hijos, 'ejecutado' ocho días después de su secuestro porque su empresa, Iberduero, le destinó a las obras de la central nuclear de Lemóniz.

Pero ETA erró. Lo que no logró ni la barbarie de aquel trágico 1987 -la masacre de Hipercor en junio y los 11 ataúdes, cinco de ellos blancos, en el atentado de diciembre contra la casa cuartel de Zaragoza- lo propició una década después el martirio de aquel joven de 29 años, economista, con un trabajo temporal y batería de un grupo de rock; un tipo sencillo, amigo de sus amigos y enamorado de su Ermua natal. La sonrisa franca de su foto en periódicos, informativos y carteles le convirtieron de inmediato en el hijo, nieto, hermano, primo o amigo de las gentes de bien que aún no habían digerido la emoción de Ortega Lara, condenado a consumirse enterrado en vida. Y el pueblo no esperó a sus políticos y se echó a la calle. Sin ira y sin rencor. Euskadi y España con ella rogaron por la vida de un chaval y, cuando la bestia cumplió su cobarde amenaza, se abrazó y lloró. Silencio y llanto frente a las pistolas, una lección que sigue grabada a fuego en la memoria 20 años después, cuando ETA ya descansa, pero no en paz.

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