Dios, patria y uranio enriquecido

«El dictador se limitó a tirar de una cuerdita y no dijo nada, pero el responsable de Nuclenor, conde de Cadagua, se explayó a gusto»

Imagen de la construcción de Garoña /EFE
Imagen de la construcción de Garoña / EFE
Pío García
PÍO GARCÍALogroño

El Gobierno español, un poco a regañadientes, acaba de decretar el cierre definitivo de la central nuclear de Santa María de Garoña (Burgos). La factoría había dejado de hervir uranio hace ya unos cuantos años, cuando se agotó su vida útil, pero el Consejo Nacional de Seguridad Nuclear había propuesto su continuidad si se acometían ciertas mejoras. Al final, el elevadísimo costo de esas obras, su menguada producción eléctrica y la contestación política y social han empujado al Ministerio a echar la persiana. Ahora queda otra tarea, también complicada: su desmantelamiento, que se prolongará durante lustros.

La historia de Garoña comenzó a escribirse el 17 de agosto de 1963, cuando Nuclenor obtuvo la autorización para instalar una central en el valle de Tobalina, a orillas del Ebro; un paraje verde, montaraz y solitario, a cuatro pasos de Miranda (23 kilómetros) y Haro (37 kilómetros).

Las obras acabaron en octubre de 1970 y su conexión a la red eléctrica se demoró hasta marzo de 1971. La inauguración oficial aún tuvo que esperar unos meses más, hasta que Franco acabara de pasar sus vacaciones en San Sebastián y cayese por ahí para destapar una placa. El dictador se limitó a tirar de una cuerdita y no dijo nada, pero el responsable de Nuclenor, conde de Cadagua, se explayó a gusto.

inauguración de la central, con Franco y López de Letona
inauguración de la central, con Franco y López de Letona / EFE

El Diario LA RIOJA del 22 de septiembre, tras las páginas dedicadas a las fiestas de San Mateo, recogía el discurso del señor conde, que no tiene desperdicio. Decía este hombre, poeta de largo aliento: «En estas tierras del Cid, cuna de Castilla y germen de la España imperecedera; en estas tierras pobres en recursos y ricas en humanos valores; en estas tierras, núcleo en definitiva de nuestra Patria y de la Hispanidad, hemos situado un núcleo de uranio al servicio de los hombres y de la paz; de la paz que nuestro Generalísimo nos ha brindado (sic) y que ha hecho posible esta obra». Luego habló el ministro de Industria, José María López de Letona, pero en ardor patriótico y entusiasmo nacional quedó muy por debajo del señor conde.

Garoña fue la segunda central nuclear española (Zorita, en Guadalajara, inauguró la lista) y el régimen aprovechó su construcción para sacar pecho: en una España desarrollista, pero todavía muy atrasada, el reactor de Santa María de Garoña era entonces «el de mayor potencia de Europa Occidental», según el ministro López de Letona. La obra costó 7.500 millones de pesetas.

Si hubo miedo entre los vecinos del lugar, a nadie se le ocurrió decirlo (y a los periódicos mucho menos publicarlo). Y quizá ni pensaran en eso: Chernóbil solo era entonces una remota ciudad soviética de la que nadie había oído hablar.

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