Días felices en el Palacete

Alegoría de la paz y la felicidad del Estado, obra de
Jacob Jordaens, propiedad del Museo Balaguer de Vilanova y Geltrú.
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Alegoría de la paz y la felicidad del Estado, obra de Jacob Jordaens, propiedad del Museo Balaguer de Vilanova y Geltrú.

«Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace», JEAN PAUL SARTRE

JORGE ALACID

José Ignacio Ceniceros atiende a Diario LA RIOJA como suele. Gentil. Con una sonrisa imborrable que no desaparecerá en momento alguno de la entrevista, ni siquiera cuando tiene que fruncir el ceño y reñir (un poco) a los periodistas. Regañinas con sordina, incapaces de nublar su semblante, como si ya le hubiera tocado la lotería que al día siguiente repartirán los niños de San Ildefonso. Para la mayoría de españoles, ese 22 de diciembre será el día de la salud: para el presidente, el de la felicidad. Pero es que todos los días son días felices en el Palacete, donde las vicisitudes presupuestarias, los contratiempos en infraestructuras o las convulsas aguas de su partido (que siguen bajando revueltas, aunque él lo niegue) se asumen como leves sobresaltos. Seísmos de baja intensidad. Por el Palacete, preocupaciones, las justas.

De modo que la entrevista avanza según ese mismo ritmo. Un apacible viaje por las entrañas de la actividad gubernamental que Ceniceros domestica mediante el gesto común de abrir las manos en acordeón y convertirlas luego, con el canto afilado, en imaginarios golpes de karate. Pero es un karateca incruento, que reparte estopa con silenciador, así a sus rivales de dentro del PP (recado a Cuca Gamarra incluido: fue ella quien «se comprometió» a no estar más de ocho años, deja caer) como a quienes le precedieron. Cuando le nombran a Richard Gere, esquiva esa bala: «Pedro Sanz tiene suerte de estar con él». De la sonrisa a la risotada.

Y más y más sonrisas, sonrisas beatíficas con un punto episcopal, propias de quien parece estar un poco de vuelta de todo. La sonrisa dentífrica de quien se reconoce de verdad dichoso. Aunque ese estado de felicidad eterna tal vez tenga que ver con la actitud de quienes prefieren construir su propia realidad y les molesta que a su alrededor revoloteen los portadores de malas noticias. Por ejemplo, el ministro de Fomento. De quien Ceniceros habla como si fuera de otro partido, un compañero de siglas ante quien sin embargo pone su perfil más combativo, adoptando una estrategia curiosa para desgranar sus palabras con aire de reproche. Habla entonces el presidente fijándose en un punto inmaterial de la estancia donde le entrevistan, un inconcreto lugar hacia donde dirige esos dardos cargados de intención. Pero son quejas en voz baja. Entre sonrisas.

A ratos, Ceniceros titubea, pero en general tiende a edificar un discurso más sólido que en otras ocasiones: ventajas de quien sospecha que su estancia en el Palacete será menos provisional de lo augurado por ciertas voces anónimas a quienes elude identificar. «Algunos se mofaban de nuestros anuncios en infraestructuras», dispara de nuevo. Sí, hubo quienes se mofaban. Se mofaban un poco de todo. Y los hay que todavía se mofan, así dentro como fuera del PP. Para todos deja algún mensaje, sin despistarse nunca. Sin salirse de la idea central. ¿Petición para el 2018? «Que seamos felices». Sonrisa de buzón de correos.

Es la frase postrera que abrocha la entrevista. El presidente se despide con la misma cortesía que al comienzo. Tiene algo de prisa. Acaba de llegar de un funeral en Pradejón, debe acudir a la Cocina Económica para el tradicional encuentro navideño y luego le esperan en Arnedo. Viajará hacia allí como viaja estos días: por esa N-232 despoblada de camiones. Una medida de la que asegura sentirse satisfecho, muy satisfecho: nueva ración de sonrisas. Y calma. Y prudencia. La receta de Ceniceros para sofocar las tempestades de cada día imita a la de Mariano Rajoy. Moverse lo justo, dejar que las aguas vuelvan por sí mismas a su cauce, inquietarse jamás. ¿La vida interna del PP? «Tranquilidad». ¿Los reproches del Gobierno vasco por el trazado del AVE? «Tranquilidad». ¿Algún consejo para someter a los espíritus levantiscos, presidente? «En la vida hay que saber pasar página».

Sonrisa final.

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