«En el colegio les decían a mis hijos que me iban a matar»

Memoria riojana del terrorismo

El próximo 15 de julio se cumplen cuarenta años de la llegada de Jesús M. a Logroño: «Me fui porque ETA me condenó a muerte»

«En el colegio les decían a mis hijos que me iban a matar»
Justo Rodriguez
Pablo García Mancha
PABLO GARCÍA MANCHALogroño

Jesús M. tiene en su árbol genealógico tantos apellidos vascos que su memoria se pierde sin el más mínimo esfuerzo por los hayedos de Albiztur, Aratz-Matximenta o el de Akaitz: «Sigo hablando con mi mujer en casa en euskera para que no se nos olvide; son tantos años fuera de nuestra tierra que si no practicas al final se pierde la costumbre, por eso lo hablamos entre nosotros dos», explica sin acritud pero con cierta melancolía de sus años mozos por aquella Guipúzcoa profunda de pueblos pequeños, caseríos recónditos, bosques y de su cuadrilla de 'txapelgorris', jóvenes carlistas de boina roja que recuperaron el nombre de los mikeletes forales y que se arremolinaban para cenar y divertirse. Este año se cumplen cuatro décadas desde que vino a Logroño para esquivar las balas de la banda terrorista ETA: «Me iban a matar y ya no había vuelta de hoja», recuerda.

«Todos sabían todo de casi todos y si te colocaban el sambenito de ser de derechas pronto se transformaba en el de chivato de la policía»

«Mi familia ha sido siempre de derechas. Como lo eran la mayoría de las del pueblo. Vascos, españoles y católicos. También había nacionalistas; vascos y muy católicos. Igual que nosotros, pero del PNV y con más curas alrededor, eso sí», matiza. Jesús M., que nació en 1940, se casó en el mismo pueblo. «El padre de mi mujer tenía un taller y lo convertimos en una tienda, pero como no me gustaba estar en un sitio anclado lo que hice fue comenzar a hacer pequeños negocios vendiendo tierras, locales y pisos, hasta abrí una tienda en Beasáin después de casarme. Me convertí en corredor inmobiliario, pero sin despacho. Así que me conocía todo el mundo y ahí empezaron mis problemas, las habladurías: de qué vivirá éste, qué hace, qué dice, qué piensa. En los años setenta y ochenta en esos pueblos del Goierri (comarca guipuzcoana que engloba la cuenca alta del río Oria y la cuenca alta del valle del Urola) todos sabían todo de casi todos y si te colocaban el sambenito de ser de derechas pronto se transformaba en el de chivato de la policía. Se hablaba rápido y se disparaba con la velocidad de los demonios, como les sucedió a unos vendedores a domicilio de libros en Tolosa en 1981, que los confundieron con policías secretas y los asesinaron. Alguien se chivó a uno, otro se lo dijo al de más allá, y al final llegó la especie a un comando y mataron a los tres chavales. No se supo nunca nada de sus autores, nada. Había sido ETA, como siempre, pero los asesinos quedaron impunes, como tantas veces».

«He visto cómo han destrozado a muchas familias»

Jesús M. no quiere vivir en el rencor: «Prefiero pensar que no sabían lo que hacían, que bastante desgracia han tenido. Si me habitara la sed de venganza esto no acabaría nunca. Es terrible, pero en el País Vasco en aquellos años de plomo se vivía con normalidad la muerte y la violencia. La vida no valía nada». Jesús M. ha visto cómo han matado a amigos suyos: «El caso de José 'Txiki' Larrañaga fue tremendo. Le intentaron cazar varias veces, pero a la tercera no fallaron. Era una persona buena que ayudaba a todo el mundo. Un vasco muy vasco, de cuadrilla, de amigos de toda la vida, un hombre bueno».

También conoció a la familia de Dolores González Catarain, 'Yoyes': «Una gente estupenda, de Ordicia. La mataron delante de su hija en las fiestas del pueblo en medio de la plaza. Ella fue etarra pero se dio cuenta de que con la violencia no se conseguía nada bueno. La mataron los que eran sus compañeros».

Jesús M. tiene un recuerdo emocionado para Miguel Chavarri. «En Beasáin le apreciaba toda la gente. El alcalde siempre me decía que el riojano era un gran fichaje para el pueblo porque siempre estaba atento a todo. Me dolió mucho que lo mataran y me acuerdo de su mujer y de sus hijos. Fueron años muy duros, durísimos y como vasco me da mucha tristeza todo el daño que se hizo y que nos hicimos. Ahora miro hacia el pasado y aterroriza tanta sangre derramada para nada».

El 9 de mayo de 1978 a las tres de la mañana sonó el teléfono en casa de Jesús M. El negocio de Beasáin ardía sin remedio, alguien había lanzado varios cócteles molotov y como había muchos materiales químicos, las llamas y las pequeñas explosiones habían dado al traste con todo, a pesar de los esfuerzos de los bomberos, capitaneados por el riojano Miguel Chavarri, el jefe de los municipales del pueblo, que moriría en marzo del año siguiente asesinado por ETA de nueve balazos en su despacho. Al igual que les sucedió a los jóvenes de Tolosa, se sigue sin conocer el nombre de los autores.

«Mi buen amigo Chavarri»

Jesús M. recuerda a la perfección a Chavarri: «Era buen amigo mío, se portó como un jabato ante el fuego. Fue un durísimo golpe para todos cuando lo asesinaron. Era terrible, cada semana moría alguien y todo el mundo miraba para otro lado. Nosotros ya sabíamos que estábamos fichados porque a un cuñado mío le habían quemado un coche. Y muchos fines de semana, la tienda pequeña aparecía con todos los cristales de los escaparates hechos añicos. La verdad es que no esperábamos que quemaran el establecimiento de Beasáin, pero en el fondo no nos sorprendió. Algunos nos decían a la cara que si nos quemaban la tienda era porque habríamos hecho algo. A mi mujer le hacían el vacío por la calle. Iba andando y las mismas señoras que la conocían de toda la vida se escondían en los portales cuando pasaba para no hablarle. A nuestra tienda iban esposas de guardias civiles porque les atendíamos como a todo el mundo, como a cualquiera que entrase. Chaval joven, pelo corto y acento andaluz, guardia. No fallaba. Que entraran a la tienda y se les tratase con educación y respeto ya era sinónimo para los afines de ETA de que éramos chivatos de la policía. Así me sojuzgaron, como si fuera un traidor a la patria», rememora Jesús M., que recuerda cómo las mujeres de los guardias eran rechazadas en casi todas las tiendas. «Les hacían el vacío, las convertían en fantasmas. ¡Cómo no iban a entrar en nuestra tienda!, todavía me rebelo ante todo aquello, pobres mujeres».

Y comenzaron a llegar más preocupaciones. Un primo le llamó porque quería comentarle «algo muy serio». El nombre de Jesús M. salía publicado en uno de los órganos de expresión de la banda terrorista ETA-Militar, el boletín llamado 'Zuzen' (Directo): «Aparecían en un lado de la hoja los que habían sido asesinados y en el otro, los que íbamos a ser. Y en el último puesto de la lista estaba mi nombre. Había como unas diez personas. Mi primo estaba tan asustado que incluso me llegó a preguntar si pasaba información a la Guardia Civil. ¡Yo no soy nada!, le dije. Se lo conté a mi mujer y unos días después comenzaron las llamadas telefónicas nocturnas: 'Vamos a matar a tu marido'. Una de las veces que lo escuchó se quedó caída en el pasillo, muerta de miedo, asustadísima». Pero había más formas de intimidación hacia su familia: «A mis hijos les decían en el colegio que iban a matar a su padre. Los chavales llegaban a casa y me lo contaban. Papá, ¿es verdad que te van a matar? Vivir eso era muy duro. Ahora, con el tiempo, miro hacia atrás y parece increíble, pero fue así, y el que diga lo contrario miente».

Por esa época mataron a un amigo de Jesús: «Lo cazaron como a un jabalí». Era navarro, se llamaba Jesús María Colomo, camarero del Bar del Círculo Tradicionalista de Villafranca de Ordicia y de la discoteca Sunday de Beasáin. «Era como en el oeste y la realidad es que tenía miedo por mis hijos, por mi mujer. Yo ya notaba que muchos no querían saber nada conmigo, tenían miedo porque ya estaba señalado. Ya era como un judío en la Alemania nazi; ya nos habían puesto la estrella de David en el abrigo».

«Te andan siguiendo»

Como la situación se puso tan al límite para Jesús M., un amigo preocupado por su integridad le propuso tener un contacto con alguien que tuviese algún tipo de comunicación con ETA. «Estuvimos hasta las tres de la mañana hablando con él. El personaje ya no militaba en la banda, estaba en alguna organización cercana. Me dijo claramente que me largara, que me iban a matar, que estaban las cosas muy mal, que me andaban siguiendo. Me metí en casa, estuve dos días sin salir a la calle, y un 15 de julio de 1978 aparecí en Logroño. Este año hará cuarenta que me tuve que exiliar de mi tierra. Si me hubiera quedado ahora estaría muerto, como tantos otros. Mi mujer viuda y mis hijos huérfanos. Así era el panorama que me aguardaba si me quedaba en mi tierra. Y claro, me fui».

Y por qué eligió Logroño. Algo muy sencillo. Por La Estellesa. Había un autobús que iba directo por la mañana y regresaba por la noche: «El primer año estuve muy solo y con mucho miedo. Básicamente por si les sucedía algo a mis hijos o a mi mujer. No era nada fácil trasladar a toda la familia a una nueva ciudad, y no sólo por el tema económico, que era de órdago. Había que matricular a los hijos en un colegio en La Rioja y no podían quedarse con el curso colgando. Por eso vine solo, con el alma dividida, con el miedo a flor de piel por si les pasaba algo a ellos. Las noches solitarias no se me van a olvidar nunca».

«Cuarenta años en La Rioja, que se dice pronto. Ahora soy riojano y me siento muy bien en esta tierra, donde además he hecho muchos amigos»

Al principio estuvo tres semanas en un hostal en Ausejo, hasta que alquiló una habitación en Lardero y después logró traer a su mujer y a los hijos: «Cuarenta años en La Rioja, que se dice pronto. Ahora soy riojano y me siento muy bien en esta tierra, donde además he hecho muchos amigos». Y hablando de amigos, recuerda aquella cuadrilla de 'txapelgorris': «La mayoría eran nacionalistas, íntimos amigos míos, algunos de ellos estaban tan preocupados por mi futuro que fueron a Francia para ver qué pasaba conmigo. Ninguno me trajo tranquilidad. Así no se podía vivir».

Casos como los de Jesús M.; es decir, personas que tuvieron que abandonar el País Vasco por la presión de ETA y su entorno, llegaron muchos a La Rioja. Uno de los más terribles fue el de José 'Txiki' Larrañaga: «Iba un día por la calle Belchite y lo vi. Lo llamé y nos dimos un abrazo. Había sido concejal y fundador de la UCD en Guipúzcoa. Sufrió varios atentados y se refugió en Logroño. Mantuvimos una estrecha relación y como no conducía lo llevé a su pueblo en la nochevieja de 1984 a pasar la cena con su familia». Unas horas más tarde, tres terroristas del 'Comando Goierri' lo acribillaron a balazos. «Nunca se me podrá olvidar la amistad que tenía con José 'Txiki'».

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