Lo que es de César

«El arte de vencer se aprende en las derrotas» simón bolívar

Jorge Alacid
JORGE ALACIDLogroño

Al observador de la fauna política con el ojo poco entrenado tiende a sorprenderle el grado de belicosidad que distingue la vida interna de los partidos. Puesto que la imagen que suele ofrecerse de ellos se detiene casi en exclusiva en la exhibición de unidad propia de mítines y acontecimientos semejantes, todo conspira (en teoría) para sospechar que las aguas de cada partido bajan calmadas. Y que entre sus dirigentes cunde la idea de fraternidad intrínseca a quienes se hermanan en la defensa de intereses compartidos. De ahí tal vez la extrañeza que generan los procesos participativos, donde se observa el triunfo de atributos que (de nuevo en teoría) se suponían ajenos a su funcionamiento interno: la ira de los propios, o cuando menos su desafecto, daña con ferocidad a quienes sostienen un proyecto que, siendo más o menos común, dispone de una identidad personal y se aparta de la tesis mayoritaria.

El reciente proceso de relevo de Pedro Sanz al frente del PP evidencia lo antedicho. Lo cual debe entenderse no sólo como la expresión de tensiones largo tiempo soterradas, muy enraizadas en la compleja personalidad de su protagonista, sino como el florecimiento de una enfermedad de crecimiento: los partidos se hacen mayores, ingresan en la nueva política imbuidos de un liderazgo de signo autoritario y cuando prueban la democracia interna sufren urticaria y otros males. Un diagnóstico que vale también para el PSOE. Cada elección primaria, ese instrumento postizo inventado para elegir a sus jefes orgánicos y a sus candidatos, no termina de fraguar por falta de entrenamiento: en vez de un debate sereno, brilla el cainismo. El triunfador lo es por eliminación: gana quien sale indemne de esa pista americana donde aguarda en cada esquina un ajuste de cuentas.

De modo que debería recibirse como una señal de que los astros de la política se empiezan a alinear en la dirección correcta la campaña emprendida por los socialistas riojanos para seleccionar al sustituto de César Luena. Félix Caperos y Francisco Ocón, miembros del mismo partido e integrantes del grupo parlamentario socialista, no son amigos. Ni siquiera simpatizan con el mismo equipo de fútbol. Pero ambos compartirán a buen seguro las directrices básicas del PSOE, los pilares fundamentales de su programa. Se distinguen por supuesto por una ambición coincidente: quieren el mismo sillón. Que sólo dispone de una plaza, lo cual explica el tono acre que pobló su cara a cara del martes, aunque en líneas generales el debate, así como el conjunto de las primarias, se desarrolló con cierto estilo, deportividad y afán constructivo.

Enhorabuena. Uno de los dos vencerá esta tarde en las elecciones y el otro perderá. No hay que hacerse ilusiones vanas: siempre hay vencedores y vencidos cuando se recuentan las papeletas. Cuestión distinta es cómo gestionen ambos, y también sus seguidores, el día después. Pueden instalarse en el rencor y el despecho, como por ejemplo sucede en el caso recién citado de sus queridos rivales del PP, fuente de frecuentes malas noticias para su partido. Por el contrario, pueden administrar con grandeza y sentido del deber tanto la victoria como la derrota. En tal supuesto, además de apartarse de la conducta que ahora mismo caracteriza a sus adversarios populares, alcanzarán un valioso trofeo: el respeto de la ciudadanía. La antesala del Palacete.

Quién presenta (o no) la moción de censura contra el PP. Quién tiene la querella (contra Sanz) más grande. Quién quiere más a Pedro (y se aleja más de Susana). Caperos y Ocón encallaron a ratos en cuestiones menores, pero su discusión supo elevarse con similar frecuencia hacia contenidos más interesantes: la vieja controversia sobre el papel de la izquierda en un tiempo refractario a la pureza ideológica. De paso, su debate sirvió para evaluar la otra cuestión que hoy examinan las urnas socialistas: la dimensión del legado de César Luena, el líder en retirada. Sobre cuyo desempeño se pronunciarán por supuesto los votantes, pero a quien ese mismo observador imparcial mencionado en el primer párrafo de este artículo deberá reconocer al menos cierto mérito: que ha sabido marcharse. Éxito insólito y mayúsculo en la política riojana.

Quien tenga alguna duda al respecto, que pregunte en el PP.

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