Ceniceros no es Puigdemont

'El abrazo', obra del artista Juan Genovés, que se exhibe en el Museo Reina Sofía./
'El abrazo', obra del artista Juan Genovés, que se exhibe en el Museo Reina Sofía.

«España es el único lugar del mundo donde dos y dos no suman cuatro» duque de wellington

JORGE ALACID

El lunes, milagro. Pleno del Parlamento de La Rioja, la filfa de rigor poblando el orden del día y el numerito habitual de quien confunde el pleno con el Club de la Comedia cuando, de repente, Conrado Escobar toma el micrófono y enhebra un discurso de estupendo nivel. Francisco Ocón le había precedido en el uso de la palabra con otra intervención cabal y medida. Aunque hubo más prodigios: esta secuencia ocurría luego de observar cómo Podemos defendía con un entusiasmo que pareció genuino... a la Guardia Civil y la Policía.

Ocón venía de lamentar el teatrillo en que degeneran algunas sesiones parlamentarias. Ese momento tan caro a la extravagancia, siempre inapropiado pero aún menos pertinente si se discuten cuestiones sobre las que ninguna de sus señorías debería frivolizar. Al discurso de Ocón respondió Escobar haciendo de maestro benévolo, pero inflexible con las ocurrencias: la atmósfera que vive España, avisó, exige a sus representantes contenerse a la hora de montar numeritos. Porque las vicisitudes de la política riojana, con su conocida propensión al surrealismo, suelen desembocar en un paisaje paradójico: lo cotidiano acaba resultando revolucionario. Es una enfermedad común al resto de España, donde se detecta esa misma deriva hacia la exageración, el victimismo y otros pecados de similar tenor que convierten la agenda diaria en una pista americana. Así que cuando Escobar regañaba a ciertos actores de la nueva política por su vocación circense, en realidad se limitaba a reivindicar para el debate público alguna posibilidad de elevarse por encima de las naderías comunes. Y para demostrar que el Legislativo sí que sirve para algo.

Ocurre que, aunque a nadie se le escapa que la trascedencia de los debates parlamentarios tiende a cero, su auténtica dimensión sigue en realidad el modelo del método de tortura conocido como la gota malaya: quien sufre semejante calvario sucumbe a sus efectos, desde luego, pero tarda en inclinar la rodilla. Algo similar sucede en el exconvento de La Merced: dentro de sus muros se suele ignorar al ciudadano, pero, gota a gota, entre los grupos parlamentarios primero, luego los partidos a quienes representan, después la militancia que les apoya y seguidamente el votante a quien cortejan, acaban entre todos por colmar ese vaso: algunas certezas traspasan sus paredes. No demasiadas. Pero sí las suficientes.

Por ejemplo, que el Consejo de Gobierno dispone de una serie de miembros que operan como caballos retenidos. Sólo se permiten galopar de vez en cuando. Viajan al trote, mientras que por el contrario la oposición, donde las cuestiones sobre liderazgo parecen mejor ventiladas, dispone en consecuencia de una estrategia más definida y mejor ejecutada. Y otro ejemplo: la defensa de las ideas propias no debe desembocar necesariamente en el imperio del buen rollo pero tampoco tiene que impedir que los principios particulares se pongan al servicio del bien general. Y si Escobar logra abrazarse (verbalmente al menos) con Ocón, es que hay alguna posibilidad de que la convivencia no acabe degenerando en La Rioja en el cainismo, como era habitual no hace tanto. O como es norma en otras regiones de España. Y porque aunque en Podemos situaran el lunes a Ceniceros en la estela de Puigdemont, culpables ambos del delito de bajar impuestos, la realidad es más tozuda. No, Ceniceros no es Puigdemont...

...Ni Cataluña es La Rioja. Lo cual avala la frase célebre, según la cual «el pasado es un país extranjero: allí se hacen las cosas de otra forma». De donde se deduce que hoy Cataluña es el pasado. Resta saber si La Rioja abraza el futuro.

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