BIENVENIDOS A TURRUNCÚN

LA OPINIÓN - JORGE ALACID

Turruncún: «Aldea en ruinas que en 1975 fue anexionada al municipio de Arnedo, en La Rioja Baja. Está en la sierra de Préjano, entre Arnedo y Cornago. A principios del siglo XX contaba con 312 habitantes». (Wikipedia dixit). Turruncún, debe añadirse como segunda acepción, equivale a: «Presencia fantasmal que sus señorías del PSOE invocan a menudo en el Parlamento cuando quieren meterle el dedo en el ojo al Gobierno». Sobre todo, cuando reaccionan automáticamente a esa famosa mención: «La Rioja, mejor que la media». Ese sonsonete cuya autoría se endosa a Pedro Sanz resulta ser una de las pocas herencias que acepta su sucesor, José Ignacio Ceniceros. Quien ayer volvió a recurrir a la frase famosa para contragolpear al sombrío dictamen socialista: La Rioja, alertó Concha Andreu como suele, acabará convertida en Turruncún.

Es decir, el paraíso.

Pero un paraíso difunto. Ni contaminación acústica ni visual. Ni riñas de vecinos. Pleno empleo: no vive nadie, luego nadie se queja. Es esa tierra promisoria que tanto teme la oposición que acabe caracterizando al conjunto de la región, una amenaza que ayer se materializó a cuenta de los últimos datos de empleo (mejorables, según confesión propia de la portavoz gubernamental que los hizo públicos). Un pronóstico que, por supuesto, el presidente del Gobierno no compartía, como sentenció desde el atril en uno de los raros momentos vibrantes que regaló el pleno, ese raro (por delicado) intercambio de reproches con la portavoz socialista. Prueba de que la nueva política, con sus usos vaticanos, triunfa entre los muros del exconvento de La Merced es que hoy sus señorías se lanzan reproches encriptados. Así, Ceniceros le parece a Andreu que ejerce el marianismo («No el de la Compañía de María», precisó), dardo que el presidente devolvió corregido y aumentado en dirección a los bancos socialistas: «Mejor marianismo que zapaterismo». El de Rodríguez, ojo: no el de Emiliano Zapata, mítico revolucionario mexicano.

Pero el Parlamento no está para revoluciones. Prima la moderación. El ritmo tranquilo, un cauce sinuoso donde el respeto al orden establecido sirve como denominador común para sus señorías. Sube al atril Diego Ubis y ya sabe todo el hemiciclo que acabará citando a la ADER, objeto de su manía persecutoria que nunca pasa a mayores. Avanza la sesión y sólo entonces los escaños se pueblan de los diputados cuyo reloj se quedó olvidado en casa encima del piano: antes que profesionalizar su presencia en el Legislativo, tal vez bastaría con que llegaran puntuales. Y se estuvieran quietecitos en su butaca, como acostumbra Ceniceros: quien sólo se permite una rápida visita al lavabo mientras ejerce de sí mismo, la mirada mineral sin concesiones a la gesticulación que tantos partidarios tiene por el contrario entre sus filas. Sin concesiones tampoco a la ironía que por el contrario coloniza a menudo el discurso de sus consejeros, más duchos en el arte del parlamentarismo.

¿Ejemplos? Ahí ese Galiana, que invitó a sus señorías a ejercer al alimón «la virtud de la paciencia». Y ahí ese Escobar, que se permitió el lujo de elogiar a un rival socialista (Raúl Díaz, «brillante abogado», según el consejero), no sin censurarle de paso su tendencia a empuñar «pancartas que no llevan a ningún sitio».

Como el propio Parlamento. Donde nunca pasa nada: bienvenidos a Turruncún.

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