Aranceles y subvenciones

FINANZAS... DE ANDAR POR CASA

MARTÍN TORRES GAVÍRIA

A los amantes de la libertad nos gusta la globalización. Un comercio libre no contaminado con imposiciones e interferencias y un mercado sin fronteras. Pero, como todo lo bueno, es difícil de conseguir. En pleno desarrollo de la Unión Europea se produce el Brexit, Italia amaga y en todos los países aparecen populistas como Podemos defendiendo el proteccionismo y amenazando con la desintegración de la Europa sin barreras y la moneda única. La globalización es buena para los ciudadanos, sobre todo para los más desfavorecidos. Por eso la izquierda radical no la quiere, lo mismo que la ultraderecha. Esto no es opinión, es la realidad: diversos estudios económicos demuestran que la globalización reduce la desigualdad entre países y reduce la pobreza beneficiando a las rentas más bajas, sacando a millones de personas de la miseria. Solo hay un pero: aumenta la desigualdad de rentas dentro de los países. Pero esto ni siquiera es tan malo: lo único que indica es que la diferencia entre las rentas altas y las bajas es mayor y esto no nos debe importar, siempre y cuando las rentas bajas suban, dejen de ser pobres y pasen a clase media. Como en alguna otra ocasión he dicho, la gente no muere de desigualdad sino de pobreza. Se trata de quitar la miseria y la pobreza. Como para la lírica, también corren malos tiempos para la globalización y el cierre comercial de fronteras. Para echar más leña al fuego se nos une a la fiesta Trump con sus aranceles y guerras comerciales. Un arancel es un tributo que un gobierno aplica a un bien que se va a importar en su país. El amigo Trump, para mantener su frase populista «American first» (primero América), ha entablado una guerra comercial con dos de los mayores referentes económicos mundiales: China y la Unión Europea. Y el argumento tampoco es que sea malo. Él mantiene que tanto uno como otro no juegan limpio: sus mercados, el chino y el europeo, no están libres de proteccionismo. Es un juego amañado con costes irreales y que naturalmente perjudica directamente a su país. Y no le falta razón. Los chinos llevan años subvencionando la producción de acero. Por tanto, el coste de la tonelada de acero chino no es real. Con la subvención del Gobierno obtienen un precio más bajo que el coste de producción de Estados Unidos ocasionándoles una competencia «desleal». Si nos venimos a Europa ocurre lo mismo con la política Agraria Comunitaria (PAC). El amigo Trump nos ha planteado aranceles a la oliva negra de mesa por el mismo razonamiento que al acero chino. El del pelo de maíz insiste: «Si no hay subvenciones no habrá aranceles». La pregunta a hacerse es: ¿está bien o mal la actitud de Trump? Para unos hace lo correcto. Defiende primero a su país y, al mismo tiempo al mercado, sin interferencias ni proteccionismos. Pero para otros comete un grave error por no aprovecharse del proteccionismo de los bajos precios (acero, aluminio, productos agrícolas, etcétera). Esta línea de pensamiento indica que si pone aranceles solo protege a los sectores implicados (acerías, agricultores de aceitunas de mesa...), un pequeño porcentaje del PIB nacional. Pero si por el contrario acepta esos productos de bajo precio se beneficia una mayor cantidad de sectores de su país, un mayor porcentaje del PIB. Con la ventaja de que el desgaste y el coste económico lo hacen los otros, China y la Unión Europea. Todo esto está bien, pero si este 'dumping' te lleva como nación a desmantelar un sector de producción por falta de rentabilidad, ¿no te obligas a depender de ellos?

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