Aprender a querer bien

La responsable de la Oficina de Atención a la Víctima, Bárbara Romo. /J. RODRÍGUEZ
La responsable de la Oficina de Atención a la Víctima, Bárbara Romo. / J. RODRÍGUEZ

El proyecto 'Relaciones positivas' aborda en la adolescencia valores de igualdad y respeto | Cerca de 3.000 alumnos riojanos de 3º de la ESO participan en un programa de reflexión en las aulas sobre cómo establecer unas relaciones sanas alejadas del control y el maltrato

Teri Sáenz
TERI SÁENZLogroño

La violencia de género que padecieron generaciones pasadas se parece demasiado a la que se ejerce hoy y, de no mediar un cambio drástico, a la del futuro más próximo. Lo dicen estadísticas como la que recientemente confirma que el 27% de los jóvenes a nivel nacional asume que la violencia forma parte de una relación de pareja; lo ratifican las conversaciones que cualquier mañana se escuchan en el patio de cualquier instituto y los vínculos que se entablan entre unos y otras. No caben eufemismos. Ni vanas creencias de una bondad innata. Sólo una esperanza: que la educación vire poco a poco un rumbo inquietante.

La Oficina de Atención a la Víctima del Gobierno regional hace años que constató esa precocidad en replicar modelos de control y maltrato en las más diversas formas. La respuesta fue 'Relaciones positivas', un programa orientado a enseñar cómo construir relaciones sanas y positivas entre los adolescentes riojanos de 3º de la ESO y formar a los docentes en las claves para detectar situaciones de riesgo. Amoldados al perfil de sus destinatarios, la labor de los especialistas a pie de aula tiene mucho más de estímulo a la reflexión que de aleccionamiento. «Son charlas articuladas en seis módulos, siempre dinámicas y bidireccionales, en las que escuchamos sus impresiones y trasladamos ejemplos de qué es aceptable y qué es tóxico», resume la responsable de la Oficina, Bárbara Romo. Su experiencia recoge una concepción del amor entre los jóvenes tan naif como distorsionada.

Decálogo de una relación sana

1
Nos sentimos a gusto haciendo cosas, no hacemos siempre lo que quiera la otra persona.
2
También mantenemos nuestro espacio, por separado, con nuestras aficiones, amistades y familia.
3
No necesitamos comportarnos de manera diferente a como somos para agradar al otro.
4
Nos gusta la otra persona tal como es y no tratamos de cambiarla.
5
Cuando discutimos o tenemos problemas intentamos buscar soluciones satisfactorias para ambos a través de comunicación, negociación y respeto.
6
Respetamos los límites y las opiniones del otro, aunque no estemos de acuerdo con ellos.
7
Tenemos relaciones sexuales por deseo y mutuo acuerdo entre ambas partes.
8
No esperamos que la otra persona nos haga felices siempre o nos resuelva todos nuestros problemas.
9
Reconocemos el derecho de la otra persona a la libertad y a cuidarse por sí misma.
10
Si uno de los dos decide terminar la relación, puede plantearlo con libertad y sin miedo.

«Ellos no se plantean por lo general un ideal de pareja; ellas idealizan al 'chico malo' en el que buscan valores entre los que nunca refieren el respeto, y eso es preocupante», resume. Vanesa Royo, trabajadora social y una de las encargadas del proyecto, es aún más contundente: «Normalizan la violencia de género, entienden muchas veces los celos como una muestra de cariño, asumen que pueden controlar al otro y determinar sus hábitos, limitar sus amistades...».

¿Qué ha hecho mal la sociedad para que cundan esos clichés entre jóvenes que disponen de tanta información y, en teoría, deberían superar los errores de sus mayores? «Hay mucha información, pero menos capacidad crítica», responde Romo. Para Royo, el «cortocircuito» entre lo deseable y la realidad se produce a nivel global, en una conjunción de disfunciones de las que tampoco escapa la familia. «Se presume que en sus casas se les trasladan mensajes positivos, pero lo cierto es que aún perduran roles muy diferenciados entre el hombre y la mujer y micromachismos persistentes».

Entera toda y tuya

El resto del entorno tampoco ayuda. Basta con escuchar las letras de cantantes superventas como Pablo Alborán, Enrique Iglesias o Malú -«aunque mi vida corra peligro, soy entera toda y tuya»-; ver películas como Crepúsculo, Tres metros sobre el cielo, Titanic; prestar atención a tantos anuncios de publicidad sexista. Y sí, también las redes sociales por su capacidad de amplificación. «El móvil se ha convertido entre muchos en una herramienta no de comunicación, sino de vigilancia», coinciden las expertas.

Aunque el panorama es umbrío también se entreven luces. «Las evaluaciones confirman que las percepciones mejoran después de las sesiones y, como 'esponjas' que son a esa edad, van absorbiendo valores de igualdad, libertad, confianza, empatía...» Quizás el cambio de mentalidad sea lento, pero la semilla del respeto se siembra en cada pupitre.

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