Aporofobia inabordable

JOSÉ ANTONIO DEL RÍO

Para la Fundeu, que es como el brazo armado de la Real Academia, es la palabra del año. No seré yo quien le enmiende la plana. Es más, me declaro muy fan de que la respetable fundación se proponga que antes de echar la verja al 2017 sumemos una nueva palabra al millar con el que, en el mejor de los casos, se maneja a diario el español medio. : del griego -'sin recursos', 'pobre'-, y -'miedo'- es el término que la mayoría jamás utilizará para definir el odio, el miedo, la repugnancia incluso, ante el pobre, el que no tiene recursos. O sea, eso que seguramente siente usted, pretendido lector, cuando camino de casa, ya entrada la noche, advierte en el suelo del cajero un bulto semoviente entre cartones, una manta maltrecha de tantos servicios prestados, ajada como su dueño, que reposa al lado con la esperanza de que a nadie se le ocurra ir a sacar dinero de su cajero/dormitorio a esas horas para, seguramente, dilapidarlo en un puticlub. No es pena, no es lástima ni conmiseración. Es y debería, deberíamos hacérnoslo mirar no vaya a ser que entre tanto oír críticas a las ayudas sociales; entre tanta soportar censuras a tanta ; de tanto listo de venga hombre, que el que no trabaja es porque no quiere... no vaya a ser, decía, que seamos víctimas de un episodio agudo de .

No está de más darle un nombre a las cosas. Todo lo que lo tiene se hace un hueco en nuestra mente y pervive en la memoria, escribía esta misma semana mi compradre Carlos Santamaría. Bautizadas merecen más respeto, parecen más reales. Y la término acuñado la filósofa Adela Cortina (cuyas reflexiones al respecto recomiendo buscar en Google muy encarecidamente), existe, está aquí y ha venido para quedarse.

Antes de ponerle el candado a este 2017, propongo echarle una pensada a otros fenómenos que también habitan entre nosotros. Y buscarles un nombre. Por ejemplo, una palabra que identifique que mi madre, como tantas madres, tiene que tragar con una pensión menguante y dar las gracias por una miserable subida del 0,25%; y otra a que el salario mínimo suba a 736 euros y lo vendan como si fuera el copón de la baraja cuando no pasa de ser una mierda como un trailer por la N-232; y una más a que las eléctricas se alivien cada trimestre con unos beneficios mollares pero hayan subido de rondón este año el recibo el 10%.

Hay más significados en busca de significante, pero se me acaban el espacio y el año. Otro año cabrón que, dicho sea de paso, me ha encantado vivir. (Por cierto, mi palabra del 2017 es. Si eso, otro año se lo explico).

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