Un ángel de la guarda con cinturón marrón

Juan María Sáenz. :: G.R./
Juan María Sáenz. :: G.R.

Juan María Sáenz, experto en artes marciales, huye de la etiqueta de héroe tras salvar a las sanitarias agredidas en Lardero

Roberto G. Lastra
ROBERTO G. LASTRALogroño

Una noche horrible por una gastroenteritis llevó el pasado lunes hasta el centro de salud de Lardero a Juan María Sáenz. Su intervención evitó que la agresión de un paciente a una médico y a una enfermera pudiera acabar en un drama.

«No soy una héroe, sabía que el agresor no iba a poder hacer nada contra alguien como yo con conocimientos en artes marciales. Aquí, si hay algún héroe, es la enfermera, una señora mayor que entró a enfrentarse con un hombre descontrolado y enloquecido sabiendo que no tenía nada que hacer», aclara este vecino de Lardero, de 43 años, que es cinturón marrón de full contact.

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«Yo he practicado desde crío full contact, aunque ahora hago, con mi hijo, Taekwondo en el Club Ciudad de Logroño», aclara antes de rememorar lo que ocurrió a última hora de la mañana del lunes, un episodio al que aún da vueltas en su cabeza. «Cada vez que pienso lo que nos costó reaccionar...», confiesa Juan María. «Estaba allí como paciente y muy malillo tras una noche horrible. Habían curado a una niña que tenía clavada una astilla en el pie y preparó un espectáculo de gritos terrible, por lo que los chillos que oímos con el siguiente paciente tampoco desentonaron», arranca su relato, para matizar: «Yo pensé que era alguien que estaba sufriendo un ataque, jamás pensé que pudiese tratarse de una agresión, aunque luego supimos que la enfermera entró en cuanto oyó algunos ruidos porque ya conocía a esta persona por otros problemas que había provocado».

«Si hay un héroe, es la enfermera, que entró a enfrentarse con él sabiendo que no tenía nada que hacer»

«Estás en un centro médico y no piensas en abrir una puerta y entrar, pero cuando de los gritos se pasó a oír una voz que decía 'que la ahoga, que la ahoga', la chica de recepción abrió y pasamos detrás», recuerda Juan María, que aún no ha olvidado la estampa que se encontró.

«Había una persona en el suelo inconsciente, era la doctora»

«Me costó un instante reaccionar porque seguía sin sospechar lo que de verdad ocurría, pero en cuanto me fijé bien... El espectáculo era dantesco: en un rincón había una persona en el suelo inconsciente con el cuello de un rojo tan intenso que daba miedo, era la doctora, de la que no sabíamos siquiera si estaba viva o no; y junto a la mesa estaba el individuo mordiendo, con la mandíbula totalmente cerrada, el brazo terriblemente retorcido de la enfermera, a la que zarandeaba con una mirada de odio descontrolado».

Consciente de lo que ocurría, el experto en artes marciales decidió actuar: «Le aplique una llave de presión en el cuello, es una acción que duele muchísimo y que suele provocar el desmayo, pero el agresor tardó tres o cuatro segundos en abrir la boca para soltar a su víctima. Una vez que quedó libre la enfermera inmovilicé al tipo en el suelo y así lo mantuve hasta que llegó la policía mientras me decía que quería irse y que había actuado así porque no le daban la baja».

«El que tiene dos ángeles de la guarda soy yo»

Aunque rehuye de la etiqueta de héroe, Juan María sí es consciente de que evitó un posible drama. «Yo jamás he utilizado las artes marciales para defenderme a mí, pero aquí tuve que hacerlo porque era la única forma de evitar males mayores. Yo lo único que quería es enseñarle ética a esta persona», resume horas después de haberse vuelto a reunir en el centro de salud con las dos agradecidas víctimas.

«La médico y la enfermera han hecho conmigo una buena amistad, me dicen que soy su ángel de la guarda, pero yo creo que es al contrario, que el que tiene dos ángeles de la guarda soy yo. Ellas llevan toda su vida haciendo de ángeles de la guarda de toda la gente», remacha para alabar también la visita de José Ignacio Ceniceros y María Martín. «Me ha gustado mucho que vinieran aquí y que se preocuparan, sobre todo por ellas, que vean que están arropadas en una labor tan dura como la suya», concluye con humildad.

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