Cuando se agotó la tela en Logroño

Enrique, Jesús y Agapito, ayer, ante el monumento a las víctimas del terrorismo. :: justo rodríguez

Manifestaciones, concentraciones de protesta y una modélica respuesta ciudadana: los trabajadores de la prisión nunca estuvieron solosCompañeros de Ortega estuvieron 532 días movilizados: un ejemplo de solidaridad

J. ALACID LOGROÑO.

Se agotó la tela azul en Logroño. Y también los imperdibles, esos pequeños utensilios que sujetaban a la ropa aquellos lazos. Los millares y millares de lazos que servían como símbolo de la rabia con que reaccionó la sociedad riojana al secuestro de José Antonio Ortega Lara. Lo recordaban ayer entre lágrimas tres compañeros de la prisión de Logroño. Agapito, Enrique y Jesús todavía se emocionan cuando reviven para Diario LA RIOJA aquel año y medio en que protagonizaron una movilización sin precedentes. En su estela, a lo largo de manifestaciones multitudinarias, concentraciones semanales en la cárcel y cuantas iniciativas se les fueron ocurriendo, los riojanos no sólo mostraron su apoyo a la clase trabajadora golpeada por ETA. También expresaron su hartazgo con la banda terrorista.

Y la tela, en efecto, se acabó por agotar. No había suficiente en las tiendas de Logroño para suministrar el material con que los compañeros de Ortega elaboraban aquellos lazos que adornaban sus solapas y se engarzaban también en la valla de la prisión. Niños y mayores llevaban allí su solitaria muestra de rechazo, la enganchaban en la reja y componían ese puzzle gigantesco. Tan gigantesco como aquellos dos lazos monumentales que los trabajadores del centro penitenciario colocaron en el vecino Monte la Pila. Un grito descomunal que lanzaba a los cuatro vientos su solidaria oleada de afecto hacia el compañero secuestrado. Esos dos lazos que podían ver desde sus celdas los etarras presos en Logroño.

Los compañeros de Ortega emprendieron la campaña de movilización en cuanto se confirmó el secuestro. Recuerdan bien la confusión que rodeó las primeras horas, la foto posterior del funcionario leyendo Egin como prueba de vida, la corriente de afecto mutuo que rápidamente prendió entre ellos y el resto de la sociedad riojana. Y recuerdan bien el miedo. «Se generó entre nosotros mucho miedo, ésa es la verdad», reconocen. Lo cual no impidió que protagonizaran esa clase de actos heroicos que surgen entre la ciudadanía cuando tiene que afrontar una vicisitud semejante. Desafiaron el comprensible espanto que siguió al secuestro de su compañero y decidieron plantar cara a ETA. Pronto se organizó la primera gran manifestación, miles de personas clamando contra el terrorismo en el frío invernal de Logroño, y también reaccionaron con agilidad convocando cada miércoles una protesta silenciosa en la cárcel. «Fue algo espontáneo, salió con naturalidad», observan. Por allí desfilaron ciudadanos de toda clase y condición, cuya movilización perseguía que el cautiverio de Ortega no pasara jamás a segundo plano. Apartaron de sí durante 532 días los presagios más fúnebres, cambiaron cada mañana el cartelito que servía como recuento de la tortura que sufría su compañero y permanecieron encerrados, en turnos rotatorios, durante todo ese tiempo: «Siempre hubo alguien encerrado. Los compañeros venían hasta cuando estaban de vacaciones a pasar un rato, para que no decayera nuestro ánimo».

«Entre aquella movilización y la que siguió al asesinato de Miguel Ángel Blanco se inició el declive de ETA» «Nos sentimos siempre muy acompañados. Allí no hubo política ni siglas: sólo gente corriente protestando contra ETA»

Y no. No decayó. Al revés, los tres coinciden en que aquel esfuerzo mayúsculo dotó de sentido la lucha de toda una nación contra el fanatismo etarra. «Entre aquella movilización y la que hubo luego por el asesinato de Miguel Ángel Blanco, empezó el declive de ETA», opinan. No les falta razón. Aquella «concienciación social» que mencionan ahora, los kilómetros y kilómetros de lazos, el apoyo entusiasta de mucha gente («Siempre estaremos agradecidos a los medios de comunicación», subrayan) y, por supuesto, la eficacia policial acabaron derrotando a los terroristas. «Querían que el Estado cambiara su política penitenciaria a cambio de soltar a José Antonio», recuerdan. «Chantaje puro y duro, inaceptable».

Porque, en efecto, España resistió. Y la Guardia Civil encontró a Ortega en un zulo en condiciones infrahumanas. Vuelve a reinar la emoción entre los compañeros del funcionario secuestrado mientras recuerdan cómo vivieron aquella mañana del 1 de julio de 1997, cuando se enteraron de su puesta en libertad. «Llorando, brindando, abrazándonos», rememora Agapito. «Yo estaba bloqueado», añade Jesús. Y a Enrique, que fue quien les avisó a los dos porque se había enterado de la buena nueva gracias a un periodista que llamó para entrevistarle, se le humedecen los ojos mientras expresa el ánimo general de sus compañeros: «Nos volveríamos a movilizar ante un caso igual una y mil veces». Y concluye: «Nos sentimos siempre muy acompañados por todo el mundo: allí no hubo política ni siglas. Sólo gente corriente que protestaba contra ETA».

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